Editorial

El éxtasis sanjuanista

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El 14 de diciembre se abrió el jubileo sanjuanista con dos efemérides de referencia: los trescientos años de la canonización y el centenario de la declaración como doctor de la Iglesia de san Juan de la Cruz. Se trata de un año de gracia de especial significatividad, no solo para España, sino también para todo el orbe católico. La universalidad de Juan de Yepes trasciende cualquier frontera geográfica y temporal. Los cinco siglos de distancia con el místico abulense se reducen al adentrarse en cada uno de sus poemas, en cada una de sus decisiones vitales para saber que, lejos de ser un hombre del pasado, es un referente del presente para cualquier cristiano de a pie.



Así lo comparte el prepósito general de los carmelitas descalzos, Miguel Márquez, en una entrevista con ‘Vida Nueva’, en la que desmitifica los errados estereotipos que sobrevuelan sobre el misticismo, para señalar que tanto Teresa de Jesús como Juan de la Cruz no eran “ni prepotentes, ni narcisistas, ni egocéntricos”. Su santidad radica en ser hombres y mujeres que “están entrañados en lo real”. “No hay un verdadero misticismo si no es profundamente humano”, comparte el religioso placentino sobre sus predecesores en el Carmelo, para tumbar también esa idea de que su relación directa con Dios suponía un alejamiento de la realidad o de los problemas de lo cotidiano. Ellos hacen suya la encarnación de Jesús de Nazaret, el ser uno de tantos, y su vulnerabilidad. Ahí está la obra cumbre del santo jubilar, esa Noche oscura que habla de la búsqueda del sentido de la vida de cualquier persona, de saber encontrar la luz en medio de las penumbras.

San Juan de la Cruz, las Edades del Hombre

Es ahí donde se encuentra otra de las lecciones magistrales que ofrece hoy el carmelita reformador: saber encontrar en la escucha orante una respuesta a la adversidad, no desde un apego a las seguridades, sino abierto a las sorpresas que Dios nos tiene reservadas. En un tiempo convulso en la esfera internacional, con una polarización que también se ha colado en las estancias eclesiales, el santo y doctor no ofrece recetas basadas en levantar muros de contención, en fórmulas de una religiosidad que prime las respuestas de brochazo o en dejarse atrapar por discursos nostálgicos ideologizantes.

Maridaje entre fe y caridad

San Juan de la Cruz se sentía libre y, como tal, sabía en quién descansar, de quién se podía fiar, no para encerrarse en sí mismo o establecer comunidades aisladas de la realidad, sino casas de puertas abiertas al viento fresco del Espíritu, pero también al hermano que necesita cobijo. Y todo, bajo una máxima que habla del éxtasis que solo puede nacer del maridaje entre fe y caridad, que se revaloriza a medida que se cumplen aniversarios de su santidad y su doctorado: “Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece”.