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Sembradoras

En el Evangelio de Juan, la samaritana es la mujer que discute con Jesús. No es, en sentido estricto, lo que se considera una mujer ejemplar. Por el contrario, es una mujer no convencional que ha tenido hasta 5 maridos. Quizá por eso Jesús la escucha y entabla con ella una relación cercana que evoluciona en un crescendo fascinante: ella pregunta continuamente y sube la apuesta, casi provocándolo. Él entra en el juego y le responde porque la respeta, hasta que, al final, se revela a ella como el Mesías.



Samaritana es también el femenino de samaritano, entendido como habitante de Samaría, un pueblo considerado impuro, al que los hebreos despreciaban y que, sin embargo, Jesús describe como bueno, caritativo y compasivo con el enemigo herido en el Evangelio de Lucas. Para nosotras, las “samaritanas” son mujeres que están fuera del sistema, capaces de hacer preguntas y de dejarse interpelar, que saben hablar a los hombres y que están abiertas al otro, a lo nuevo y al futuro. Son las que necesitan verdad, no certezas precocinadas, son emprendedoras, inteligentes, poco convencionales, directas y no sumisas.

En este número hablamos de mujeres así, espíritus libres y vivaces que desafiaron las opresiones de la cultura dominante y que afirmaron su independencia pagando las consecuencias de sus ideas, de una perseverancia que se percibía como una falta. Figuras femeninas con una notable carga de ruptura que, sin embargo, han sido sembradoras en la Iglesia y en la sociedad.

Mujeres cargadas de valor

Como Hildegarda, monja sabia y poderosa, consejera de papas y emperadores, que hábilmente se batió en duelos con las jerarquías eclesiásticas del siglo XII y un milenio después fue declarada doctora de la Iglesia; o como Mary Ward, pionera de principios del siglo XVII, acusada de herejía y encarcelada y cuyas virtudes heroicas fueron reconocidas casi cuatro siglos después.

Algunas han tenido una existencia intrincada y transgresora, cargadas de valor para vivir su destino sin descargar su peso en las espaldas de otros, como Etty Hillesum que murió en un campo de exterminio nazi; o Dorothy Day, hoy considerada una especie de “conciencia radical” de la Iglesia católica americana del siglo XX. Simone Weil, filósofa, mística y activista, sembró fecundas semillas en el campo de los derechos inalienables; del mismo modo que por el ecumenismo lo hizo Margarita Moyano, la más joven de los 23 auditores del Concilio Vaticano II.

Tratar esto de nuevo no es un mero ejercicio literario. Porque sobre algunas todavía se presentan resistencias, especialmente sobre las modernistas. Y porque algunos de los problemas que han planteado, –el diálogo entre hombre y mujer o la relación entre Espíritu y Ciencia–, exigen una nueva reflexión transversal y, quizás, más extendida y generalizada.