¿Tiene la pobreza en el mundo rostro de mujer?


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El documental

Uno de los muchos repostajes de estos días, de Javier López Astilleros en uno de los blogs de Público, se acercaba a la realidad de la trata de mujeres en Oriente Próximo. Se abre el trabajo con una cita de Unicef en la que señala que “se estima que una de cada tres mujeres en el mundo será violadas o sufrirán abusos a lo largo de su vida”. A partir del dato se narra la realidad de empleadas del hogar a las que una mafia retira el pasaporte y como son compradas con un permiso de matrimonio que les obliga a no poder cambiar de empleo o descansar algún día a la semana. Explotación laboral que no es incompatible con la sexual y es que muchas acaban compartiendo hogar con un maltratador.



“La realidad es que el rostro de la pobreza es femenino, y su geografía son los hogares y los hoteles” se lee en el reportaje en el que se presenta el documental ‘Maid for sale’ que es una denuncia que lucha para acabar con esta red de venta de trabajadoras del hogar. “Es una chica muy guapa, de verdad! Puedes levantarla a las cinco de la tarde, que no se va a quejar”, dice uno de los proxenetas en el documental producido por la BBC en el que se muestran como estos anuncios circulan libremente por internet.

Chicas que huyen de la devastada Siria, las mujeres más pobres del mundo rural de los países del Golfo que se ocultan con las inversiones turísticas o tecnológicas del dinero del petróleo, las supervivientes de un sinfín de tragedias en Indonesia o aquellas venidas de África… conforman esta red de abuso sistemático. “La esclavitud no es una excepción, más bien una regla en un feroz y despiadado mercado de deseos y abusos nunca satisfechos, cuyo principal combustible es la mujer”, concluye el documentalista López Astilleros.

Los datos

Con motivo de la celebración del 8 de marzo, Cáritas no ha pasado la ocasión de recordar las situaciones de pobreza y exclusión que viven muchas mujeres en el mundo. Y es que las mujeres siguen siendo las víctimas más estacadas de múltiples violencias tanto sexuales como físicas, laborales y psicológicas como “consecuencia directa de esta desigualdad estructural” que aún está tan presente en tantas sociedades.

Yendo a los datos al respecto, recuerda que “las mujeres ostentan mayores tasas de pobreza que los hombres” en España según el informe del Relator Especial de Naciones Unidas sobre la Extrema Pobreza y los Derechos Humanos, Philip Alston. En el documento se “especifica que las mujeres registran tasas más altas de pobreza relativa, carencia material severa, baja intensidad de empleo y pobreza extrema”. Ya había asegurado el VIII Informe Foessa, que “el riesgo de pobreza aumenta un 20% más en los hogares sustentados por mujeres y más aún en hogares monomarentales, donde se suman las dificultades derivadas de la conciliación”.

Esto se observa también en lo referente a la brecha de desigualdad que sigue existiendo en el ámbito del empleo. “Según datos de Eurostat, España tiene la segunda tasa más alta de desempleo femenino en la Unión Europea”, advierte Cáritas. El Informe Foessa, afirma que “el 95% de las personas que cuentan con trabajo a tiempo parcial para poder dedicarse al cuidado son mujeres, lo que supone no sólo un freno en sus carreras laborales, sino el acceso a empleos con salarios y pensiones más bajos”.

Además, “la desigualdad de género es, en no pocas ocasiones, el motivo que empuja a las mujeres a empezar un proyecto migratorio”. A eso se suma, que “las consecuencias de las violencias en las mujeres a las que acompañamos cada día en todo el país a través de nuestra red de recursos de apoyo y escucha tienen un efecto desgarrador: graves dificultades de acceso a una vida digna y escasas oportunidades de elegir su propio proyecto vital por las barreras que impiden su desarrollo personal y laboral”, señalan desde la experiencia que se vive cada día en los centros de Cáritas.

La experiencia

Hace unos hacíamos en el colegio en el que estaba una actividad de sensibilización sobre la realidad más cercana de la pobreza. Los chicos que querían pasaban una noche en el colegio durmiendo entre cartones, nada de camas o sacos de dormir. Cada uno durante el día trataba de buscar en las diferentes tiendas algunos cartones que pudieran hacer la noche de invierno un poco más llevadera. Los de frigoríficos o de bicicletas eran los más cotizados. La experiencia está publicada en el libro de Xulio César Iglesias Blanco titulado ‘Buenas prácticas en pastoral escolar’ (PPC, 2016).

Con la ayuda de algunos chicos mayores teníamos un juego de rol para conocer las historias de quienes estaban en el albergue de Cáritas de la localidad y con los que colaborábamos en alguna campaña tratando de conseguir mantas, ropa de abrigo o útiles de aseo… Una forma de familiarizarse y de pensar en las necesidades de quien vive en la calle poniéndose en su mente.

Como preparación a la noche también veíamos juntos y comentábamos la primera de las ediciones del programa ’21 días’ con Samanta Villar que se llamaba precisamente ’21 días entre cartones’. Una escena llamaba siempre la atención de los alumnos y lo comentaban siempre cuando al día siguiente hablaban de la experiencia de dormir entre cartones a sus compañeros de clase. Es un momento cuando, tras no ver mujeres pasando la noche en la calle, un grupo de chicos que están de fiesta por una de las calles cercanas a las Plaza Mayor de Madrid, por el simple hecho de hacer una gracia le dan unas patadas a los cartones en los que duerme la presentadora. Solo por el hecho de ser una mujer, perciben una debilidad… La vida en la calle es el doble de dura para una mujer sintecho.

Ante hechos así, habría que recordar las palabras del papa Francisco en su homilía del pasado 1 de enero, cuando denunciaba que “toda violencia infligida a la mujer es una profanación de Dios”. O hace un año, cuando el 7 de enero de 2019 en el Discurso de Año Nuevo al cuerpo diplomático, el pontífice recordaba que “ante el flagelo del abuso físico y psicológico causado a las mujeres, es urgente volver a encontrar formas de relaciones justas y equilibradas, basadas en el respeto y el reconocimiento mutuos, en las que cada uno pueda expresar su identidad de manera auténtica”.