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José Lorenzo, redactor jefe de Vida Nueva
Redactor jefe de Vida Nueva

¿Tiempo de descompresión?


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Los obispos, ya de calle, se van marchando hacia los autobuses. A los pies del altar dejan al nuevo titular recibiendo los parabienes de la multitud. Antes de salir, una última mirada a ese prodigio de luz y sencillez que es la catedral de Palma de Mallorca y encendidos elogios a la capilla del Santísimo Sacramento.

“¡Una maravilla!”. “¡Qué belleza!”, comentan algunos, absolutamente ajenos a las críticas que cosechó en su momento la obra de Miquel Barceló. O, antes que por su obra, por el hecho de que se le encargase a un artista sin fe y que no tenía pelos en la lengua a la hora de hablar de los curas. El obispo, Teodor Úbeda, aguantó firme las presiones e incluso pidió ser enterrado en la capilla, como una manera de protegerla también cuando él ya no estuviese.

No alcanzó a verla finalizada aquel pastor valenciano, pero hoy se le reconoce esa sensibilidad y visión de modernidad en su apuesta de diálogo entre el arte –también el de un descreído– y la fe, nada extraña en un pastor que bebía del Concilio y que pretendieron que lo pagase desterrándolo a una isla, tal era el concepto. No fue el único caso. Echarren voló de Madrid a Canarias.

En la pasada Plenaria de la Conferencia Episcopal, los obispos hablaron de Cataluña sin tirarse los móviles a la cabeza en un ejercicio de diálogo… Y de escucha, dicen en Añastro. Dieron su opinión y recibieron las de otros. Hay palabras de futuro y otras que regresan a un pasado que algunos, un puñado, tienen muy presente.

Se escuchan esos parlamentos que suenan a antiguo, pero la mayoría mira hacia arriba, adelante, conscientes de que el camino es difícil, que a menudo no saben por dónde tirar, que les ignoran, aunque lo habitual es el desprecio, pero quieren ir al paso de sus contemporáneos. Querer escuchar al mundo no es pecado. Ya no.

Hay obispos jóvenes que oyen esas voces como un eco del pasado. Saben que las coordenadas han cambiado y son incapaces de no conmoverse, también, con ese Jesucristo de Barceló –apenas insinuado en la capilla catedralicia– que ya nadie considera un irrespetuoso ectoplasma. Empiezan a intuir que viven tiempos de descomprensión y que, como los turistas que no dejan de fluir a fotografiar la ‘catedral bajo el mar’ del artista mallorquín, valoran que la Iglesia deje espacio a la modernidad.

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