Sí. Es una idea forzada, descontextualizada, un “imposible” y pura “teología ficción”.
Pero, como la imaginación es libre y, estos días de Navidad la contemplación del Santo Patriarca no resulta extraña, quizá tenga sentido.
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El buen político
Pues eso… si por cosas de la Historia de la Salvación al castísimo esposo de María le hubiese tocado gobernar en alguna esfera pública –que en la privada lo haría seguro como “padre de familia” de la época– se me ocurren algunos aprendizajes de su forma de ejercer.
Por un lado, parece claro que San José mantendría un perfil “bajo” en lo referente a su notoriedad pública; no se le vería cómodo siendo centro de atención, acumulando presencias sociales para ganar votos o prodigándose en medios y redes sociales. Más bien, optaría por una actuación muy discreta, casi pasando desapercibido, pero sin por ello dejar de tomarse muy en serio su misión y sus objetivos.
En segundo lugar, creo que el electo san José habría superado con creces la dura frustración de que las cosas muy a menudo no salen como uno/a las planea. Sería ejemplo de que, a pesar de las aparentes grandes derrotas, no tiene por qué perderse la esperanza de que todo tenga sentido y de que, al final, se imponga el bien.
Además, José sería modelo del “político soñador”; el que se deja impulsar por sus “sueños” por más utópicos e inverosímiles que parezcan, porque en los sueños que uno tiene se esconden semillas muy poderosas de una vida plenamente realizada.
También intuyo que el “hombre del silencio” viviría con fuerza eso de “hacer lo que me toca hacer en cada momento, de la mejor manera”, asumiendo la responsabilidad del “pasito a pasito” -o “partido a partido”- sin siquiera atisbar el horizonte último al que todo conduciría.
Buscar lo justo
Sería un gobernante que, sin duda, buscaría lo justo en cada decisión que tuviese que tomar, sin dejarse vencer por las tentaciones habituales del propio interés o de la manipulación social, etc. No en vano, el Evangelio lo califica como “justo”.
En penúltimo lugar, también creo que sería un gobernante “práctico” -algo difícil de combinar pero no imposible con lo de “soñador”- y tenaz. Su oficio era el de artesano-constructor (traducción más adecuada del griego “téktōn”, más que “carpintero”) y, por lo tanto, estaría acostumbrado a buscar soluciones a problemas concretos, invirtiendo en ello el tiempo que hiciera falta.
Finalmente, si algo puede destacar por encima de cualquier otro rasgo en la figura del padre putativo de Jesús es que fue un hombre de Dios. Un hombre que se dejó llevar por lo que Dios le fue inspirando y cuyo obrar se alineó con la voluntad del buen Padre-Madre, aunque hubiera cosas difíciles de entender y más de una lucha interna. De ahí que concluir que, de haber sido concejal, diputado o parlamentario… su máxima habría sido tratar de hacer siempre lo que creyese más de Dios… resulta bastante plausible.
Pero no lo fue…
Respiremos juntos después de este ejercicio de fantasía porque no, san José no fue político (al menos, no político partidista; aunque ya sabemos que casi todo actuar humano tiene consecuencias políticas). Es más, de haberlo sido, no habría caído tan “simpático”. Ese es el sino de toda persona que decide dar “el paso”: ganarse antipatías por un lado u otro.
En su lugar, san José fue el buen protector del Niño Jesús –de quien este aprendería muchas cosas de la vida– y el fiel esposo de María, que encontraría en él refugio, consuelo, apoyo y afecto.
Por eso, esta vez –y sirva de felicitación de Navidad– termino este post con otro ejercicio de imaginación, más bonito aún: el pregón que, vestido de san José, mi hijo proclamó en la fiesta de su cole antes de las vacaciones. Nos gritó cosas como: “¡¡El alma hay que abrir!! ¡¡Que os llene la vida!! ¡¡Haceos felices!! ¡¡Compartid en paz!!”.
Y terminaba. “Así, cada año… Jesús volverá a vuestro hogar”.
…También al de los/as políticos/as.
Ojalá.
