Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

¿Ser o no ser? No es tan fácil la cuestión


Cuando Hamlet se hizo esta pregunta, se encontraba en una encrucijada existencial de enorme profundidad, enfrentado a la incertidumbre de vivir y al dilema de existir. La pregunta que Shakespeare puso en sus labios es de una profundidad que puede sobrepasarnos, pero que emerge como un grito cuando tomamos conciencia de cuán oculta puede haber permanecido nuestra identidad y, con ella, nuestra libertad para elegir quiénes queremos ser.



Cuando nacemos, todos vivimos un proceso de inculturación en el que aprendemos modos de relacionarnos, pertenecer y sentirnos amados. Al mismo tiempo, la cultura y la sociedad nos transmiten normas y cánones sobre lo que está bien y lo que está mal, que van moldeando nuestra manera de ser. Si todo transcurre relativamente bien, después de una adolescencia a menudo convulsionada, comenzamos a tener un primer borrador de nuestra identidad.

Hasta llegar a reconocer con mayor claridad quiénes somos.

Luego, a través del ensayo y el error, vamos puliendo ese dibujo durante la adultez, hasta llegar a reconocer con mayor claridad quiénes somos. Se espera que, a esas alturas, sepamos qué sentimos, qué pensamos, qué queremos y que seamos capaces de ejercer nuestro criterio con autonomía y libertad.

Sin embargo, muchos niños y adolescentes crecen en contextos familiares, religiosos, políticos o culturales tan autoritarios, rígidos o violentos que sus verdaderas identidades quedan ocultas durante años, a veces incluso toda la vida, bajo las cadenas de los traumas y de las estrategias biológicas y psíquicas que desarrollaron para sobrevivir.

Sus cerebros se convierten en antenas detectoras de peligro y se adaptan hasta extremos insospechados para mantenerse a salvo. En esas circunstancias, ser o no ser deja de ser una opción real, porque no existen las condiciones necesarias para discernir, elegir y desplegar la propia identidad. Quedan así mucho más vulnerables a la manipulación, el abuso y las mentiras de quienes ostentan el poder.

La formación de la conciencia religiosa

Lamentablemente, la formación de la conciencia religiosa tampoco queda exenta de esta realidad. Algunos líderes religiosos, que no son más que lobos disfrazados de ovejas, van anulando la identidad de sus fieles más vulnerables, dictaminando cómo deben vivir y erigiéndose en jueces del bien y del mal. Incluso se atreven a apropiarse de su destino eterno, ejerciendo abusos y atrocidades que, lamentablemente, ya conocemos.

Abrazo Pareja

No obstante, Dios y su amor son mucho más grandes. No hay que perder la esperanza, porque la identidad y la libertad pueden recuperarse. Es un trabajo lento y arduo, lleno de cimas y simas, pero que permite ir rompiendo las cadenas del sometimiento y del miedo para descubrir ese tesoro escondido que, quizás durante toda una vida, ha estado esperando ser encontrado.

Sensibilidades, gustos, necesidades, pensamientos, ideas y posturas propias comienzan a emerger como una primavera en cámara lenta. Cada decisión libre trae consigo un florecimiento precioso. La sorpresa se convierte en cómplice de la alegría y la vida empieza a vivirse desde la paz y el gozo de ser quien Dios soñó para cada uno.

Sus identidades más preciosas y únicas permanecen escondidas

Por múltiples razones, difíciles de explicar en pocas palabras, hoy muchas personas no saben quiénes son, qué piensan, qué quieren ni qué tienen para aportar al mundo. Sus identidades más preciosas y únicas permanecen escondidas bajo formas de relacionarnos que nos han deshumanizado y masificado, dejándonos a merced de la manipulación y de los intereses de unos pocos.

Ser o no ser deja de ser una pregunta presente en la vida cotidiana, dominada por el hacer, el producir, el consumir y, muchas veces, simplemente el sobrevivir. Como discípulos del Señor, estamos llamados a vivir en la verdad de ser quienes Él pensó y creó con tanto amor. ¡Despabilémonos! Ayudemos también a otros a despertar de los engaños, las imposiciones y los miedos que quizás aceptamos como el precio necesario para sobrevivir.

Dios es un Dios de amor y libertad. Cualquier otro rostro que nos enseñen o nos muestren en su nombre, si contradice ese amor y esa libertad, no es el verdadero rostro de Dios.

Quizás, entonces, la pregunta de Hamlet recobre todo su sentido. Ser o no ser no es una cuestión sencilla cuando hemos pasado la vida intentando ser lo que otros esperaban de nosotros. Pero tal vez el primer acto de libertad consista, precisamente, en atrevernos a descubrir quiénes somos y comenzar, por fin, a vivir desde esa verdad.