Estas semanas es difícil no escuchar esa expresión –’La Roja’– y pensar en el Mundial de fútbol y la participación en él de nuestra selección nacional. Sin embargo, me he encontrado con otra ‘Roja’ que nada parece tener que ver con aquella.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
En la entidad en la que trabajo desarrollamos un proyecto de liderazgo juvenil. A lo largo del mismo acompañamos a jóvenes en procesos de encuentro con la realidad, reflexión, y crecimiento personal y comunitario. Siempre con la mirada puesta en que, en un futuro próximo, sean germen de transformación social y política hacia un modelo más justo, humano y solidario.
Pues bien, el fin de semana pasado han tenido la oportunidad de conocer una institución Fundación Escuela de Solidaridad en la que conviven cerca de 200 personas de 40 nacionalidades diferentes y una diversidad difícilmente igualable. Y, la mayoría, procedentes de contextos de exclusión o vulnerabilidad.
Es admirable lo que, en medio de las muchas dificultades –entendibles–, está consiguiendo Ignacio Pereda, su fundador, y su equipo. Entre otras cosas, porque el planteamiento es que todas las personas que allí residen vivan en régimen de “fraternidad-comunidad”.
Para mí, en términos cristianos, es de los lugares que he conocido más cercanos a ese “Reino de Dios” que estamos llamados a construir en medio de nuestras fragilidades humanas.
Pues bien, dicha Fundación ha adquirido hace muy poco, un edificio cercano que estaba ruinoso, para rehabilitarlo y seguir construyendo espacios para acoger aún más gente. Lo más llamativo de esta adquisición es que antes era… un “club de alterne”. La “Casa Roja” la llamaban (que de ese color sigue pintada).
En nuestra estancia algunos chavales pudieron ayudar a quitar escombros y derruir tabiques. Y, en algún momento, todo el grupo fuimos a ver cómo avanzaban las tareas.
La “visita” fue acompañada en todo momento por una sensación de escalofrío, que algunas jóvenes intentaron describir como un “dolor inexplicable y una profunda sensación de tristeza”. De modo particular cuando deambulamos entre lo que queda de las habitaciones del piso superior, con algunos enseres, trozos de cama, cuartos de baño destrozados, etc.
Esta es la “otra” Roja que estos días sí que me tiene “robado el corazón”.
Mercado de personas
Porque las preguntas que surgen –como sucedió a los jóvenes– son muchas. ¿Cómo son posibles lugares así, donde se permita seguir ejerciendo la “explotación más antigua del mundo”? ¿Cómo nuestras instituciones permiten mercadear con personas, que son continuamente abusadas en su cuerpo y su espíritu?
El mismo papa León XIV en su reciente estancia en España ha hablado en varias ocasiones y con dureza de este drama, afirmando cosas como “también hoy existen monstruos (…): mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido”.
Sé que esta cuestión es compleja y difícil de abordar, pero, aun así, no me cabe en la cabeza que nuestra sociedad todavía no haya conseguido evitar que violencias como esta se sigan cometiendo con total impunidad.
Como siempre, creo que gran parte es cuestión de voluntad y de prioridades políticas.
Hoy, termino este post triste. No es la primera vez.
Me dejo contagiar de las frías sensaciones que recorrían a los y las jóvenes que visitábamos aquel lugar.
Aunque también con un punto de esperanza. Como no puede ser de otra manera.
En el último tramo de la visita, nos subimos a la terraza. Con unas vistas impresionantes de la vega de Granada y Sierra Nevada, posiblemente otrora el único espacio que tuvieron las muchas mujeres que por allí pasaron para respirar y sentir algo de belleza.
Allí, nos cogimos todas de los hombros, en círculo, y nos conjuramos para hacer lo poco o mucho que esté de nuestra mano para que el mundo esté cada vez más del lado de las víctimas, de los vulnerables y descartados. Para que el Amor que se viva sea del bueno –también “amor político”–.
Lo hicimos mirando hacia arriba… disfrutando al mismo tiempo del nombre que en la Fundación ahora le han puesto aquel lugar, y que también es un brindis a un futuro de esperanza, la de transformar un lugar de dolor en una casa de amor auténtico: la Casa del Cielo.
