José Beltrán, director de Vida Nueva y bloguero Notas al pie
Director de Vida Nueva

Remolones en Añastro


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VIERNES 5. Fin de la Asamblea Plenaria. Cambio de registro contra los abusos. Aplauso inaudible. Lamentablemente. Porque la polémica alcalaína barre con todo ante los focos. Quizá se podría haber pospuesto el lanzamiento de la iniciativa contra la pederastia unos días después para evitar el colapso mediático y que fuera opacada como así ha sido. Quizá. Una pena que el arranque episcopal quedara difuminado. Al menos salió adelante. Y eso que algún obispo remolón dejó caer ante sus hermanos que era mejor lanzar un simple “seguimos trabajando en ello” y esperar a la ratificación de Roma. Esto es, a la reunión de noviembre. Pero aquellos que saben que el tiempo juega en contra se empeñaron en que saliera adelante ya. Y ahí está. Mandato solicitado.

DOMINGO 7. Bernardino nunca quiso ser noticia. Llevó la máxima del periodismo al extremo: manda el mensaje, no el mensajero. Sin adornos ni espectáculos. Exento de manipulaciones. Con la sencillez que él mismo impregnaba en sus clases de las que fui alumno sin imaginar lo que vendría después. Alejado de aspavientos. Leonés de esa España hoy vacía, conocía Vida Nueva como si la hubiera fundado. Cocinero antes que fraile, o lo que es lo mismo, auxiliar de redacción, redactor y redactor jefe antes que director. Meritocracia del humilde, que le valió el respeto de todos en sus trece años en PPC.

Después vendrían otros medios, pero el profesor Bernardino siempre sería el de Vida Nueva. Con todos los aplausos y los sinsabores que pagó en primera persona. Lanzando preguntas que no han caducado: “¿Ha llegado el momento de vivir una Iglesia casi de catacumba? ¿Habrá que hacerse perdonar todo el boato prepotente de antaño? ¿Será mejor la vergonzante retirada a cuarteles de invierno y que se olviden de que existimos para conseguir que olviden que hasta ayer mismo lo fuimos casi todo?”.

Las loas las esquinaba y los ataques se los colocaba a la espalda como si no pesaran. Sin victimizarse. Huía del foco. Tanto que quiso y supo escaparse de celebrar los 3.000 números de su revista. Sabía que no vendría. Porque no quería ni tan siquiera ser negrita o pie de foto. No fue un desplante. Simple coherencia vital. Pero estuvo presente. A través de sus letras. Con un artículo en el que recordaba cómo desembarcó en la revista. Presencia y ausencia. El periodista invisible, que sabe que él no cuenta, sino su palabra la que permanece, la del poeta Bernardino.

LUNES 8. Si hay vida después del atasco, hay vida después de la muerte. Espero.

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