Quizás porque, cuando somos concebidos y nacemos, no tenemos memoria para recordar lo que sentimos al pasar de la inexistencia a la vida, rápidamente se nos hace obvio estar vivos y nos afanamos en sobrevivir en el baile relacional al que llegamos.
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Al morir, si bien tenemos conciencia y lenguaje, tampoco contamos con los recursos de comunicación para compartir con quienes se quedan qué se siente al cruzar ese umbral que nos conduce al misterio del hogar definitivo.
Con toda su belleza, fragilidad y crudeza
Antes, la vida y la muerte se enfrentaban con toda su belleza, fragilidad y crudeza, permitiéndonos atisbar algunas pistas de ese tránsito sagrado y ordenar la existencia conforme a ese principio y ese final.
Hoy, sin embargo, ambos acontecimientos están maquillados con muchas capas de consumo, higiene y cierto eufemismo de marketing que distorsionan dos hechos inevitables de la existencia humana.
Por eso, más allá de los intereses comerciales, ideológicos, políticos y valóricos que se mueven en torno al nacimiento y la muerte (intentando controlarlos, esconderlos o convertirlos en vivencias sin sangre, dolor ni temor), hoy quiero conversar con ambos y ver cómo nos interpelan respecto del modo de vida que estamos llevando.
Un regalo, un privilegio y una tremenda oportunidad
Ser concebidos tal cual somos no es, para una mirada creyente, un acto fortuito ni solamente el azar arbitrario de unos cromosomas que se entrelazaron. Es un regalo, un privilegio y una tremenda oportunidad que tenemos todos los nacidos para descubrir y desplegar una forma única de reflejar a Dios en la creación.
Este es un gran misterio que se va develando con aciertos y errores, con heridas y cuidados, con presencias y ausencias que van confirmando una identidad y una misión. Cada día es una tensión creadora que pone a prueba nuestros dones y vulnerabilidades, y permite ir fortaleciendo músculos que solo existían como potencial.
Llegamos a un tejido humano complejo, lleno de vínculos con cosas, lugares, ideas y personas que van dando carne y hueso a nuestra vida espiritual. El camino es difícil para todos y nadie queda exento de sufrimientos y desamores, de inseguridades y traumas que pueden ir puliendo esa materia trascendente que vino a experimentar su originalidad y a tomar conciencia de ella.
El sufrimiento por sí mismo no siempre nos mejora
Aunque también hay que decirlo: el sufrimiento por sí mismo no siempre nos mejora. Puede quebrarnos, endurecernos o encerrarnos. Son el amor, el acompañamiento, la fe y el trabajo interior los que pueden transformar algunas heridas en una mayor sensibilidad hacia el dolor de los demás.
Tampoco podemos olvidar que, para llegar hasta aquí, algo o alguien tuvo que cuidarnos. Para algunos, ese amor no vino de quienes debían entregarlo. Puede haber llegado a través de una abuela, una profesora, una amistad, una comunidad, un lugar o incluso un objeto que nos dio seguridad.
De alguna manera, ese abrazo divino se materializó en algo o en alguien; de lo contrario, no estaríamos respirando ahora mismo ni leyendo esta columna.
Aprender a amarnos mejor y servir a los demás
Y así como la vida misma nos ha cuidado y amado hasta hoy, debemos retribuirla amando y cuidando a los demás. No es fácil. Es un entrenamiento exhaustivo y permanente que exige aprendizaje, generosidad, flexibilidad, autoconocimiento, empatía, observación y escucha atenta para aprender a amarnos mejor y servir a los demás en su propio periplo existencial.
Si a eso hemos venido, ¿por qué casi todos nos afanamos en búsquedas tan diferentes y gastamos la vida en tantas tonteras mundanas que terminan haciéndonos sufrir?
Conseguir amor y validación es un anhelo universal, pero seguimos caminos tan disímiles y errados que cuesta entender lo cabezaduras que podemos llegar a ser. Pertenecer a una comunidad y tener un propósito son combustibles diarios para atravesar los claroscuros de la existencia. Lo corrobora la experiencia, el sentido común y también buena parte de la investigación contemporánea sobre el bienestar humano.
Estamos traicionando el sentido de la vida
Sin embargo, una parte importante de la humanidad parece embarcada en el individualismo, el hedonismo, la competencia, el rendimiento, la apariencia y el trabajo sin descanso. Estamos traicionando el sentido de la vida y deshuesando el alma, que ya no encuentra espacio para manifestarse.
En vez de descubrir y aportar el tono único y maravilloso que cada uno es, para algún día poder morir en paz, vivimos afanados en rendir, triunfar, tener y aparentar. Terminamos peleándonos por dominar y controlar a los demás, controlar la realidad y evitar a toda costa el sufrimiento.
Por eso tenemos a la muerte tan maquillada y nadie quiere mirarla cara a cara. Espanta, conmueve y deja de cumplir su función de brújula vital. Los cementerios parecen parques; las enfermedades se viven únicamente como tragedias; los dolores, como fracasos; y de la vulnerabilidad casi nadie quiere hablar.
Vivimos como si nunca fuéramos a morir
Vivimos como si nunca fuéramos a morir y ya hay quienes prometen la inmortalidad. Pero si, sabiendo que vamos a morir, somos capaces de vivir como estamos viviendo, ¿cómo sería nuestra existencia si creyéramos que nunca tendrá un final material?
Recordar la muerte no significa vivir obsesionados con ella. Significa permitir que su certeza ordene nuestras prioridades y ponga cada preocupación en su verdadera dimensión.
La muerte puede preguntarnos, antes de que sea demasiado tarde, a quién debemos perdonar, qué conversación seguimos postergando, por qué gastamos tanto tiempo intentando demostrar nuestro valor y qué parte de nosotros todavía no se atreve a amar.
El paso misterioso hacia el encuentro con Dios
Para los cristianos, además, la muerte no es simplemente un retorno a una dimensión invisible ni la desaparición de la persona. Es el paso misterioso hacia el encuentro con Dios y la esperanza de la resurrección. Esa esperanza no le quita importancia a esta vida: la vuelve todavía más sagrada.
Quizás la muerte sea una maestra incómoda, pero necesaria. Al recordarnos que nuestro tiempo es limitado, nos invita a dejar de aplazar lo esencial. Tal vez, vivir bien consista en llegar al final habiendo aprendido a amar un poco más, habiendo cuidado la vida que se nos confió y permitiendo que los demás también pudieran desplegar la suya.

