MARTES
Casi hasta el último suspiro tarareando a Marisol. “Hola, hola, hola, no vengas sola…”. Casi hasta la última caricia asintiendo con la cabeza que sí, que nos vamos a merendar a El Corte Inglés. Que paga ella. Como hizo siempre. Con un café descafeinado de sobre. Con dos sobres. Y con generosidad derramada en cada mirada. En cada palabra.
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JUEVES
Arranca la Cena del Señor. “Todos somos sacerdotes”. Lo dice con naturalidad el celebrante. Poco después, se arrodilla ante el altar. Y ahí están los discípulos. Una viuda. Una divorciada vuelta a casar. Una niña y su madre. Un desempleado. Una misionera. El agua cae de la jofaina. Se derrama con la misma justicia y derecho sobre unos que sobre otros.
VIERNES
Lo de católico practicante cada vez me interpela más. No sé si el que más practica es el que más se arrodilla. O el que más practica es el que más se conmueve cuando lleva a sus hombros a un Cristo yacente. O quien se retuerce cuando ve que se denigra a quien está acartonado bajo el soportal del cajero. ¿Quién mide el grado de catolicidad? O quién se atreve a medirlo para establecer categorías de pureza. Al atardecer de la vida.
SÁBADO
Alguien me manda las imágenes de los Reyes en Carabanchel del día anterior. Escapada sin avisar. Ya es una costumbre que aparezcan por sorpresa donde no hay multitudes. Semana Santa de barrio. Sin más.
LUNES
Pudiera ser que, durante la negociación del acuerdo antiabusos, alguien dejara caer alguna advertencia tan desafortunada como tácita sobre las exenciones fiscales a los donantes del viaje papal. Pudiera ser, que no quiere decir que lo sea.
MARTES
El hombre propone y Dios dispone. Los organizadores del viaje plantean y quien decide, acepta o no. Y no será por sugerencias. Yago de la Cierva deja caer que, para la Jornada Mundial de la Juventud, se llegó a sugerir que Fernando Alonso condujera el papamóvil durante un trayecto. “Pusieron el grito en el cielo. Nos dijeron: ‘¡De ninguna manera!’”, comenta el coordinador general de entonces y de ahora. “Yo defendí esa idea, yo dije: ‘Yo creo que sabe conducir, creo que el Papa no corre peligro’”. No hubo manera. Quizás ahora podría ser el propio León XIV quien llevara el volante. Le gusta. Y se defiende.
