¿Qué puedo hacer si todavía tengo miedo de ir a misa?


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La carta

Hemos conocido en estos días una carta que el cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha escrito a los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo sobre la vuelta a la normalidad litúrgica a medida que van pasando los principales estragos de las pandemia del coronavirus. “Tan pronto como las circunstancias lo permitan, es necesario y urgente volver a la normalidad de la vida cristiana, que tiene como casa el edificio de la iglesia y la celebración de la liturgia, especialmente la eucaristía”, escribe textualmente el cardenal en uno de los fragmentos que los medios vaticanos han difundido.



En España, durante los meses más duros de la pandemia –Semana Santa incluida– la mayoría de las diócesis comunicaron a través de diferentes fórmulas la suspensión del precepto dominical. Entonces, las alternativas y la creatividad pastoral se reforzó. Se multiplicaros las transmisiones de misas por redes sociales, Trece programó la eucaristía del papa Francisco en San Marta con dos pases diarios, las televisiones autonómicas y nacionales no interrumpieron sus celebraciones en directo los domingos –aunque fuera con el mínimo personal–… En YouTube quedan los datos –y el libro– de la misa de los jesuitas de la parroquia del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja de Madrid o las transmisiones del Urbi et orbi especial y de la Semana Santa desde el Vaticano. Solo por poner algunos ejemplos.

Las transmisiones

Ahora bien, Sarah nos advierte, recurriendo a la teología del templo cristiano frente al pagano, que “ninguna transmisión es equiparable a la participación personal o puede sustituirla. Por el contrario, estas transmisiones, solas, hacen que se corra el riesgo de alejarnos del encuentro personal e íntimo con el Dios encarnado que se nos ha entregado no de forma virtual, sino real”. Desde luego que la proliferación de experimentos y transmisiones en precario pueden ser objeto de una oportuna revisión, pero ¿tiene menos valor a los ojos de Dios la experiencia que tantos cristianos han sentido estos meses en los que nuestras casas han sido templo y altar de los sacrificios personales y sociales desde los que, con nuestro encierro, hemos protegido a los más vulnerables de su enfermedad?

Al igual que las videollamadas no sustituyen la presencia de un familiar querido, la misa en la pantalla no es por sí misma constructora de la comunidad eclesial; pero, ¿acaso no sentimos tantos, en tantos rincones del mundo, algunos con diagnóstico incierto, que estábamos caminando bajo la lluvia con Francisco en aquella Plaza de San pedro vacía?

La vuelta

Con la llegada del verano, las diócesis, siguiendo indicaciones de la Conferencia Episcopal volvieron a restaurar el precepto dominical con oportunos decretos. Gobiernos y autonomías desgranaban fases y normas que no han permanecido muy estables. Por su parte, no sin presiones, los obispados han regulado cuestiones mínimas de higiene y de aforo; trastocándose dichos planes cada vez que una región o comarca han sufrido los temibles rebrotes. Casi han desaparecido las cartas a los obispos pidiendo inconscientemente que “nos devuelvan la misa”. Mientras unos se quejan de lo difícil que es realizar la comunión en la boca, no sé si se ha sido del todo contundente al mandar un mensaje de tranquilidad a quienes tienen miedo –y riesgo real– de volver a participar en la misa desde el banco de siempre.

Sarah pide un “retorno rápido y seguro” a la misa en su carta. El precepto dominical de por sí entiende que las razones sanitarias o de enfermedad suponen una dispensa inmediata; pero ¿se ha difundido seriamente este mensaje? ¿Se ha puesto el mismo empeño que en la transmisión del aforo de un templo o en el uso de la mascarilla en la iglesia? ¿Es seguro para todos, volver a misa? A lo mejor para todos no y no solo por cuestión de limpieza de espacios.

La Conferencia Episcopal Española ha sido clara y clarividente al describir la situación de las residencia de ancianos durante estos meses. Su papel también puede ser profético en el debate bioético del reparto de la administración de la vacuna que está por llegar. De la misma manera, hay que invitar a todos aquellos que están en situación de riesgo a que se queden en casa y vivan su fe sin pensar que Dios les pedirá cuentas por que en medio de la pandemia arriesgaron su vida contagiándose innecesariamente.