Ha concluido la Semana Santa y comenzado el tiempo de Pascua. En este lunes de la octava de pascua se hace difícil no pensar que hace un año fallecía el papa Francisco en este mismo día del calendario litúrgico. En la misma semana que falleció en su día Juan Pablo II, entrando en el domingo de la octava, renombrado de la Divina Misericordia. Tras el estreno del papa León XIV al frente de los oficios no es extraño que se hayan comentado y analizado los detalles al máximo para comprender el estilo que el Papa estadounidense y peruano trae a las celebraciones vaticanas en la que es la semana grande de la liturgia católica. Y, por lo tanto, San Pedro es una referencia considerable para los fieles de todo el mundo.
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El estilo
Ante todo, cada papa tiene que tener la suficiente libertad para dejar su carácter en las celebraciones litúrgicas. Y más en las de un tiempo como es la Semana Santa donde hay una variedad ritual y simbólica superior a las eucaristias cotidianas. No se trata de seguir o no las ríblicas, sino de expresar la liturgia con determinados acentos o subrayados. Así lo vivió Francisco –por quedarnos en lo inmediato– a pesar de las limitaciones físicas de los últimos tiempos y así parece haberlo hecho León XIV. Por ello el pontífice ha tomado sus decisiones y ha hecho su propio calendario, modificando algunos horarios y lugares sin problema, por poner solo un ejemplo visiblemente externo.
Entrando en otras opciones dentro del ritual, aunque ambos pontífices comparten una visión pastoral de cercanía y humildad, la forma en la que cada uno ha decidido abordar las liturgias de la Semana Santa muestra contrastes muy interesantes entre el acento social de Francisco o el rescate de algunas tradiciones clásicas como ha hecho León XIV. En este sentido es curioso que parte de la ropa litúrgica reutilizada por este último procede mayoritariamentes de la confeccionada durante el pontificado de Benedicto XVI –aunque este llegó a incorporar, al final, prendas litúrgicas como el fanón que no hemos visto en Prevost–. Ahora bien, en Semana Santa esta regla no se sostiene. Viendo los datos de la meticulosa web Liturgia Papal, vemos que León estrenó casulla el día de Pascua y en la Vigilia pero empleó el Viernes Santo una casulla roja confeccionada para el papa Francisco, quien la usó en 7 ocasiones. El Jueves Santo por la mañana volvió a utilizar una casulla de Juan Pablo II y empleada también por Benedicto XVI, de cuyo periodo era la empleada porla tarde en San Juan de Letrán. La cercanía de León con los oficiales de la sacristía papal, confiada a los agustinos, podría deparar más sorpresas en el futuro.
El cambio
Pero el gran cambio ha sido el de la tarde del Jueves Santo. El papa Francisco trasladó al Vaticano una tradición de su ministerio como arzobispo de Buenos Aires celebrando la misa en una cárcel y desarrollando de forma intensa el gesto del Lavatorio de los pies con los residentes, incluyendo mujeres e incuso personas de otras religiones participantes en la celebración. Más allá de las restricciones de la pandemia –donde llegó a celebrar en privado con el cardenal enjuiciado Angelo Becciu–, Francisco realizó el lavatorio de pies en cárceles, centros de refugiados y hospitales agachándose, a pesar de sus problemas de articulaciones, ante presos, mujeres, personas con discapacidad y fieles musulmanes o hindúes.
Por su parte, León XIV en su primera Semana Santa ha optado por volver a San Juan de Letrán y ajustar levemente la tradición clásica. Ha realizado el rito lavando los pies a sacerdotes, pero mayormente jóvenes. En el pasado era un privilegio para beneméritos presbíteros ancianos de la diócesis romana participar en este rito. Los de cierta tendencia han alabado la lección de humildad de León al someterse a las rúbricas identificando mejor el gesto con la institución del sacerdocio, frente al impulso de Francisco. Pero la verdad es que el mensaje para los sacerdotes se ha mantenido en continuidad total, ya que tanto Francisco como León han hecho de la misa crismal su oportunidad para ofrecer una amplia reflexión –con sendas homilías más extensas– sobre el ministerio sacerdotal.
El Vaticano ha difundido ampliamente la otra novedad, la del Viernes Santo. Más allá del cumplimiento de la rúbrica de León XIV en los oficios de la tarde descalzándose para adorar la cruz, la aparente novedad ha sido el Vida Crucis. Francisco, en sus últimos años, debido a su debilitada salud y problemas de movilidad que lo obligaban a usar silla de ruedas, presidió este ejercicio devocional desde los foros o incluso lo siguió desde Santa Marta. Así, como en el pasado la cruz de madera era portada desde el Coliseo hasta el exterior por el Vicario para la diócesis de Roma y por distintos grupos elegidos para representar los sufrimientos del mundo moderno (familias en crisis, refugiados de guerra, jóvenes, una chica rusa junto a una ucraniana…). En esta ocasión León XIV, como ocurriera en los primeros años de Juan Pablo II, con un estado físico mejor cargó personalmente la cruz durante las 14 estaciones. Benedicto XVI se estrenó con una forma híbrida llevando la cruz algunas estaciones y yendo detrás en otras.
El mensaje
Aunque hay diferencias notables como el hecho de que no hemos visto a León XIV presidiendo ninguna celebración penitencial –ya no digamos confesándose en público–, algo clásico de este tiempo; cerramos con el contenido del mensaje previo a la bendición Urbi et orbi. Más allá de que se ha recuperado la felicitación en algunos idiomas, Francisco en sus mensajes pascuales elaboraba un mapa de la geografía del sufrimiento global, denunciando constantemente la “cultura del descarte”, la crisis climática y la desigualdad económica, además de pedir la paz en conflictos muy específicos –y en muchos casos, olvidados–.
Por su parte el papa León XIV, ha mantenido ampliamente en sus intervenciones pascuales, desde la noche del sábado, con una llamada a la paz que se fundamente en el mensaje del Resucitado, como hizo en su primera intervención tras ser elegido. Pero llegado este momento clave en el que se cuela directamente en radios, televisiones y plataformas de todo el mundo, ha expresado su deseo de que los conflictos armados cesaran reclamando, por ejemplo, “que quienes tienen el poder de desatar guerras elijan la paz”. Pero se ha impuesto su perfil de constructor de moderador sin recordar directamente, ni siquiera a los cristianos de Tierra Santa que tantas restricciones han tenido estos días –lo hizo levemente en el ángelus del Domingo de Ramos–. El pontífice lamentó, con razón, que “nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes”. Pero su tono diplomático es posible que no saque del letargo a muchos ya que su mensaje no ha conseguido calar en la agenda informativa de día. Pero bueno, hay muchas vías para seguir sembrando una “paz desarmada y desarmante”. Esta solo ha sido la primera Semana Santa… ¡Feliz Pascua!
