Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

La prioridad nacional es la dignidad humana


Vivimos una época de múltiples conocimientos científicos, recursos económicos y capacidades tecnológicas, y, sin embargo, cada vez parece más difícil ponerse de acuerdo en lo esencial: la dignidad humana como prioridad absoluta de toda sociedad.



Cuantos más discursos sobre seguridad, crecimiento económico, competitividad y patriotismo, mayor degradación de la convivencia.

Males estructurales

Se justifican guerras sin agotar caminos diplomáticos; se alimentan polarizaciones que convierte al adversario en enemigo; se promueven patriotismos excluyentes y xenófobos; se exalta una falsa meritocracia que concentra privilegios en unas pocas élites y se culpabiliza a los pobres de su situación, ignorando las profundas injusticias estructurales que condicionan sus vidas.

Pero ninguna nación será verdaderamente grande si sacrifica la dignidad de las personas en nombre del poder, la identidad, la seguridad o el beneficio económico.

La dignidad humana frente a los nuevos ídolos de nuestro tiempo

Seguir a Jesús es también desenmascarar los nuevos ídolos que amenazan la convivencia democrática y la fraternidad humana. La indiferencia es complicidad.

El primero de ellos es la normalización de la guerra, una involución moral que acepta cada vez más el recurso a la fuerza sin mediación pacífica de los conflictos. Se olvida que toda guerra representa un fracaso de la humanidad.

A ello se suma la expansión de los patriotismos salvajes, que reducen el amor legítimo a la propia nación a una ideología excluyente y tribal. El patriotismo se degrada en una identidad cerrada que necesita chivos expiatorios para justificarse.

También se nos hace creer en una peligrosa falsa meritocracia, que oculta las profundas desigualdades de partida y legitima la acumulación desproporcionada de riqueza y poder en manos de pocas élites.

Del culto al “triunfador” nace la aporofobia, es decir, el rechazo a los pobres. La pobreza deja de interpretarse como una injusticia colectiva y se culpabiliza como un fracaso exclusivamente individual.

Se responsabiliza a los más vulnerables de su situación mientras se invisibilizan las condiciones sistémicas que generan exclusión: la precariedad laboral, la desigualdad educativa, la especulación económica y la competencia deshumanizadora.

Frente a estos retrocesos, es urgente re-centrar la dignidad humana como el principio organizador de la sociedad.

Invertir en dignidad significa invertir en educación, vivienda, sanidad, trabajo digno, cultura, acogida de migrantes, protección de la infancia, cuidado de los mayores y fortalecimiento de las instituciones democráticas.

Porque el verdadero progreso no consiste en acumular riqueza, sino en ampliar las posibilidades de una vida digna para todos.

La Iglesia también debe centrarse en la dignidad humana redimida por Cristo

Esta exigencia ética no se dirige únicamente a los poderes políticos y económicos. La Iglesia también necesita conversión para que el don de la ‘Magnífica humanidad’ sea también una construcción permanente.

Ha sido significativo que León XIV, continuando con la autocrítica desde Juan Pablo II, haya reconocido públicamente que “la Iglesia no siempre estuvo a la altura de sus propios principios evangélicos”.

Esta afirmación no debilita a la institución; la fortalece. La verdad no destruye a la Iglesia; la purifica y la hace creíble. Esto no siempre sucede “automáticamente”, ya que los malos hábitos del encubrimiento, soslayar acontecimientos vergonzosos o exaltar otros desproporcionadamente es parte del sesgo clerical que “fariseiza” toda religión.

Nathalie, responsable de Cáritas de la parroquia de Zarzaquemada (Leganés)

Nathalie, responsable de Cáritas de la parroquia de Zarzaquemada (Leganés)

A lo largo de la historia, en nombre de la religión, se han cometido graves atropellos contra la dignidad humana: las cruzadas, las expulsiones de poblaciones enteras, las inquisiciones, la quema de herejes y brujas, las imposiciones culturales, la connivencia con conquistas, las colonizaciones y esclavitudes, los abusos de poder y, en tiempos más recientes, los encubrimientos sistemáticos de abusadores.

Hacerse el distraído ante estas etapas de involución evangélica, es más contraproducente que cualquier amenaza externa.
Pero no basta con “pedir perdón”. La credibilidad exige cambios estructurales profundos.

Una de las reclamaciones que requieren una revisión valiente es la hiper-sacralización del ministerio ordenado. Durante siglos se ha construido una imagen idealizada del clérigo, revestido de una autoridad intocable, que en ocasiones ha favorecido relaciones de dependencia, silencio y falta de rendición de cuentas.

En este debate aparece la cuestión del celibato obligatorio, una disciplina eclesiástica que no es esencial a la fe cristiana. El problema no reside en el valor espiritual del celibato libremente asumido, sino en convertir una disciplina humana en un elemento de superioridad moral o espiritual.

Tal es así que, cuando un sacerdote se casa, recibe una sanción no escrita de por vida, se lo degrada ante los fieles y se le impide seguir colaborando oficialmente en la obra de la evangelización, desperdiciando un inmenso capital humano, para preservar el orden clerical vigente.

Cuando se transmite la idea de que el ministro ordenado es superior por su condición célibe, se genera una cultura de autosuficiencia e inmunidad crítica que impide revisar estructuras y favorece dinámicas de abuso.

Toda institución que se considera incapaz de equivocarse y convertirse, termina alejándose de la verdad.

La Iglesia será creíble cuando esté junto a las víctimas; no cuando se autoproteja, sino cuando se deje reformar por el Evangelio; no cuando se considere perfecta, sino cuando practique la humildad.

Conclusión: la dignidad humana como proyecto común de futuro

La gran tarea de nuestro tiempo consiste en recuperar la centralidad de la persona humana. No se trata de una aspiración ingenua ni de un ideal abstracto. Se trata de una decisión profundamente política, ética y espiritual.

Allí donde la dignidad humana es respetada, florecen la paz, la justicia y la esperanza. Allí donde es ignorada, crecen la violencia, el miedo y la deshumanización.

La pregunta decisiva para las naciones y la religión es sencilla: ¿estamos poniendo verdaderamente a la persona en el centro?

La respuesta no se medirá por la belleza de los discursos, sino por la capacidad de proteger a los más vulnerables y a los perjudicados por órdenes injustos.

Porque, si la política, la economía, la tecnología o la religión no respetan la dignidad humana, sus palabras son propaganda vacía. Pero, cuando colocan a la persona en el centro, son instrumentos de esperanza donde la seguridad no se construye con armas, sino con justicia; donde el patriotismo no excluye, sino que acoge; donde la riqueza se comparte y donde la fe sea un servicio humilde, inclusivo y liberador.

Así construiremos una sociedad verdaderamente humana donde la dignidad pasará de ser palabra solemne para convertirse en la arquitectura moral de una nueva civilización.