Por qué nuestra ocupación nos define como personas


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La semana pasada hablaba de cómo es más importante para la realización personal el trabajo que desarrollamos y la ocupación que nos permite tener un aprecio por aquello que somos que la simple consideración de consumidores. Esto es así porque el consumo, a pesar de los esfuerzos de la publicidad para convencernos de lo contrario, no nos aporta recursos para mejorar como personas, tan solo bienes y servicios que necesitamos para cubrir nuestras necesidades y apetencias.



No sucede lo mismo con el trabajo. Este tema fue tratado exhaustivamente por Juan Pablo II en la encíclica ‘Laborem exercens’ donde podemos encontrar unas claves que nos ayudan a comprender por qué nos define más como personas nuestra ocupación que nuestro consumo.

Salario digno

La primera es que el trabajo es el camino más directo para lograr los ingresos que necesitamos para consumir. Es decir, no podemos ser consumidores si antes no hemos sido trabajadores y hemos realizado una actividad que nos ha permitido obtener una renta. Nuestros ingresos tienen que ser suficientes para poder adquirir una cantidad mínima de bienes y servicios que nos permitan tener una vida digna. Por ello la Doctrina Social de la Iglesia insiste tanto en que el salario tiene que ser digno para todos.

Pero existen dos aspectos más para tener en cuenta a la hora de encontrar los motivos por los cuales nuestra ocupación nos define como personas. El primero es la dimensión objetiva del trabajo. Juan Pablo II se refiere a esta como aquella parte de nuestra ocupación que nos permite colaborar con otros para construir el bien común, para hacer que la sociedad funcione correctamente.

profesiones, coronavirus

Porque con nuestro trabajo producimos bienes y servicios que son buenos para nosotros, para los nuestros y para los otros. Sin esa labor de muchas personas que se dedican a curar a otros, a producir muebles, a realizar instalaciones eléctricas, a recoger la basura, a comercializar productos, etc. La vida sería definitivamente peor.

La otra dimensión del trabajo a la que hacía mención Juan Pablo II es la subjetiva. Se refiere esta a que el trabajo también nos permite ser más y mejor personas. Se trata de una actividad en la que podemos perfeccionarnos, en la que podemos aprender a convivir con los demás, a aportarles lo positivo que tenemos, en la que podemos aprender a ser más sabios.

Las dimensiones objetiva, subjetiva y la capacidad para obtener unos ingresos que permitan una vida digna, son las que hacen que nuestra ocupación tenga mucha más importancia para nuestra realización personal y nuestro perfeccionamiento como personas que nuestra condición de consumidores.