¿Por qué la pandemia ha invisibilizado a las víctimas de la trata de personas?


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La jornada

Este 8 de febrero se celebra la séptima edición de la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, una iniciativa eclesial que ha ido tomando más peso en la conciencia de los católicos. “Una jornada en la que recordar y pedir especialmente por todas esas personas que han sido y son víctimas de la trata y por el cese de esta lacra”, según los promotores.



En este año, buceando en las propuestas de ‘Fratelli tutti’, el lema es ‘Economía sin trata de personas’, ya que en la propuesta de fraternidad universal que el pontífice propone en su tercera encíclica no hay resquicio para la trata de personas. La memoria (y el testimonio como esclava) de la religiosa sudanesa santa Josefina Bakhita es en momento idóneo para que en este día la oración de la comunidad cristiana acompaña los impulsos que la Iglesia realiza en este sentido, algo que el papa Francisco se propuso en 2015 al establecer precisamente esta jornada.

“En el mundo de hoy persisten numerosas formas de injusticia, nutridas por visiones antropológicas reductivas y por un modelo económico basado en las ganancias, que no duda en explotar, descartar e incluso matar al hombre … todavía hay millones de personas privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud”, escribió Francisco en ‘Fratelli Tutti’ (núm. 22 y 24).

La acción

El guante lo ha recogido el obispo presidente de la Subcomisión Episcopal de Migraciones y Movilidad Humana, Juan Carlos Elizalde, subraya en su mensaje que “está claro que las mujeres y los niños son el principal objetivo de este trafico, sobre todo por su marginación, por su falta de recursos materiales y porque pertenecen, en mayor número, a los sectores sociales que son “invisibles”. También son víctimas potenciales aquellas personas que proceden de familias empobrecidas y con pequeños ingresos en las zonas rurales y urbanas marginadas, especialmente las mujeres que se dedican a la agricultura a pequeña escala, la venta ambulante, las jornaleras, limpiadoras y otros trabajos y servicios no cualificados”.

“Como Iglesia, estamos llamados a generar espacios de acogida y de encuentro para quienes son víctimas de la trata, de acompañamiento de procesos de recuperación y de inclusión”, es la invitación de María Francisca Sánchez, secretaria de la Subcomisión Episcopal de Migraciones y Movilidad Humana. Y es que “la trata de personas no es un fenómeno aislado, sino un problema de todos y de la sociedad. El agravio a la dignidad del ser humano y la violación de sus derechos fundamentales es un grito que clama al Dios de la vida, que escucha a sus hijos y les ofrece su auxilio y protección”.

El compromiso eclesial no es nuevo, recuerda Sánchez, que “son numerosas las congregaciones religiosas y los proyectos del ámbito eclesial cuya misión es el acercamiento a los lugares donde pueden encontrarse las posibles víctimas, así como su la atención en los recursos residenciales y centros de día, donde se les ofrece un acompañamiento integral de su proceso para facilitar su recuperación”. Para ello, en esta jornada se celebrarán vigilias y incluso un maratón de oración con la participación del propio papa Francisco.

El testimonio

La pandemia ha recrudecido la precariedad de las víctimas de la trata. Los testimonios se acumulan. Por citar solo alguno, entre los materiales publicados en España para la jornada, se recoge la experiencia de Katya Palafox Gómez, voluntaria del Proyecto Villa Teresita –de las Auxiliares del Buen Pastor– de Pamplona y coordinadora Trata de Personas de la diócesis de Pamplona-Tudela. “Es la hora del baño y Emma, de 2 años, ríe dentro de la bañera; al salir, se escapa de su madre quien insiste en ponerle el pijama. Después de esta escena tan familiar, nos reunimos en el salón cuatro mujeres y dos niños pequeños: todos ellos de orígenes e historias muy distintos y, sin embargo, comparten una escena realmente común a todos. Nuestras vidas son distintas, algunas con pasados realmente difíciles y con la huella de una enfermedad que ha generado miedo o incertidumbre”, relata con inusitada cotidianidad. Y continúa contando:

En este clima de tarde invernal, nos disponemos a hablar desde la experiencia vivida. Esta conversación se da desde la amistad, desde el amor fraterno.

Mary es una mujer de 36 años originaria de Nigeria que lleva 22 años en España. Las preguntas que le hacemos son: ¿quién es Mary? y ¿qué nos cuentas sobre ella, y no sobre su vida? Mary nos contesta con una sonrisa y una mirada que desborda alegría y esperanza: “estoy muy feliz de estar aquí y tener a mi hija (mi vida es otra desde que me he encontrado con Villa Teresita, me siento feliz y amada, yo he cambiado”. Me sonríe traviesa y le respondo: “Bueno…” –la razón del uso de este marcador discursivo se debe a que hemos tenido que trabajar duro en su proceso de adaptación que conlleva un continuo ir y venir–. “¿En qué has cambiado?”. Su respuesta es férrea: “Cuando supe que estaba embarazada y tuve la oportunidad de tener a mi hija Emma sentí una emoción muy fuerte, mucha alegría. Ella ha sido mi salvavidas: me ha devuelto las ganas de vivir. Por ella quiero esforzarme, quiero que tenga otra vida, distinta a la mía, que tenga otras oportunidades; quiero que aproveche lo que la vida le da”.

Concluye Palafox, “el pasar la tarde con Mary nos hace ver que todos queremos prácticamente lo mismo. Se nos presenta, por tanto, un reto que es el aprender a mirar hacia el futuro con esperanza”. Santa Josefina Bakhita, ruega por nosotros.