Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

PISA (II): poslectura, populismos y democracia en la cultura de la simplificación


Los resultados de PISA son una mala noticia social: dificultades para comprender textos extensos, mantener una atención sostenida, relacionar informaciones y elaborar razonamientos complejos. La sociedad “posletrada” está modificando la manera de acceder al conocimiento, y esto cambia nuestra forma de relacionarnos con la verdad, con la autoridad y con quienes piensan de manera diferente.



No conviene exagerar ni idealizar el pasado. Leer muchos libros nunca inmunizó a nadie contra el fanatismo y sociedades altamente alfabetizadas produjeron totalitarismos, guerras y barbaries. Tampoco las redes sociales causan todos nuestros males. Han democratizado la palabra, permitido acceder a conocimientos antes reservados a minorías y dado visibilidad a personas que difícilmente hubieran podido hacerse escuchar.

Pero la democracia no necesita autómatas, sino ciudadanos que se piensen antes de reaccionar.

Leer es también aprender a esperar

La lectura profunda exige disciplina. Cuando comenzamos un libro no sabemos todavía adónde nos llevará. Tenemos que aceptar durante un tiempo el argumento de otro, seguir su razonamiento, recordar lo dicho veinte páginas antes y quizá revisar una opinión que llevábamos años considerando evidente. Leer es una escuela de humildad.

El informe PISA muestra dificultades para la atención prolongada, integración de informaciones y reflexión. No es vocabulario, sino capacidades para construir pensamiento crítico, no eslóganes emocionales.

La cultura digital funciona con otra lógica. El ‘scroll’ empuja a decidir rápidamente: me gusta o no me gusta, estoy a favor o en contra, comparto o rechazo. Y el algoritmo aprende enseguida qué emociones consiguen retenernos.

No es difícil comprender por qué la indignación posee ventaja sobre el matiz. Explicar necesita tiempo; enfurecer y polarizar puede conseguirse en diez segundos.

La democracia necesita personas capaces de metabolizar la complejidad

Una democracia no es solo votar. Requiere una conversación pública en la que aceptemos que el adversario puede tener alguna razón, que los problemas admiten diferentes perspectivas y que ninguna persona dispone por sí sola de toda la verdad.

Eso requiere hábitos intelectuales y morales: escuchar, argumentar, contrastar, distinguir un hecho de una opinión. Reconocer que existen personas que saben más que nosotros sobre determinadas cuestiones. Rectificar cuando aparecen mejores razones.

La lectura no produce automáticamente estas virtudes, pero las ejercita. Nos obliga a convivir durante un tiempo con una voz que no es la nuestra.

No solo es preocupante la ignorancia de siempre, sino una especie de ignorancia militante que sospecha del que sabe: el científico «está comprado». El periodista «manipula». El historiador «cuenta su versión». El profesor «adoctrina». El experto «pertenece al sistema». Y también, dentro de la Iglesia, el teólogo puede resultar sospechoso precisamente porque introduce distinciones donde nosotros queríamos una respuesta sencilla.

La crítica a la ‘auctoritas’ es necesaria y saludable. Ni la bata blanca, ni la cátedra, ni la sotana convierten automáticamente a nadie en propietario de la verdad. Pero hemos podido pasar de cuestionar razonablemente la autoridad a considerar que toda autoridad intelectual es sospechosa por definición. Una opinión formada en pocos segundos puede sentirse equivalente a una investigación de años.

Democratizar la palabra ha sido un progreso. Democratizar ficticiamente el conocimiento hasta suponer que todas las afirmaciones poseen idéntico valor es un problema.

El populismo conoce nuestras emociones

Aquí aparece la conexión con los nuevos populismos. Su éxito no puede explicarse despreciando a sus votantes como personas ignorantes. Sería irresponsable. Detrás de muchos de esos votos existen problemas reales: precariedad, inseguridad, desigualdad, pérdida de expectativas, miedo ante cambios culturales acelerados y sensación de abandono por parte de las instituciones.

La cuestión es qué hacemos con esos miedos. El populismo convierte problemas complejos en relatos sencillos. Si algo va mal, debe existir un culpable fácilmente identificable. El inmigrante, la élite, Bruselas, los progresistas, los conservadores, los empresarios, los funcionarios, la globalización o cualquier otro grupo pueden ocupar ese lugar según la tribu desde la que se construya el relato.

El mecanismo es antiguo. Lo novedoso es su velocidad algorítmica. Ya no necesitamos vivir juntos para ser tribu. Basta con compartir indignaciones. Y, cuanto más emocional sea nuestra pertenencia, más difícil resulta que un dato contrario modifique nuestras convicciones: parece cuestionar quiénes somos y a qué grupo pertenecemos.

Del terraplanismo al teoplanismo

Los terraplanismos contemporáneos tienen otra relación con la verdad. Su sistema transforma cualquier objeción en confirmación: si los expertos contradicen mi teoría, eso demuestra que conspiran.

También la religión puede desarrollar teoplanismos: reducir la complejidad de Dios, la Iglesia y la Tradición a una superficie plana de certezas. El algoritmo reproduce el fundamentalismo religioso. Premia «la Iglesia siempre enseñó esto» antes que una explicación sobre el desarrollo histórico de una doctrina; funciona mejor «este Papa está destruyendo la Iglesia» que un proceso de discernimiento; proporciona más reacciones la condena contundente que admitir matices.

Podemos leer incluso la Biblia de manera posletrada. Cuando tomamos un versículo, lo separamos de su contexto y lo manipulamos. Pero la Escritura misma se resiste a esa operación. La Biblia es biblioteca, memoria, narración, poesía, ley, profecía, sabiduría, evangelio y cartas. Contiene siglos de experiencia creyente y necesita interpretación.

Jesús tampoco ofrecía eslóganes

Jesús utilizó frases memorables, imágenes y parábolas capaces de atravesar siglos. Pero no las empleaba para clausurar la realidad, sino para abrirse a ella.

«¿Quién es mi prójimo?», pregunta alguien esperando quizá una definición. Jesús responde contando la historia del buen samaritano y termina devolviendo la pregunta: «¿Quién se hizo prójimo?».

Restauración libros

Restauración de libros antiguos por las monjas benedictinas de Viboldone. Foto: Adriano Carafòli

Las parábolas obligan a pensar. Descolocan. Introducen al oyente dentro del problema. Jesús no entrega consignas porque pretende algo más difícil: transformar nuestra mirada.

También la tradición bíblica conoce el silencio, la espera y el discernimiento. Job discute con Dios. Los salmos contienen preguntas sin respuesta inmediata. Los discípulos entienden lentamente. María «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Son imágenes necesarias para nuestra época.

Recuperar el derecho a pensar despacio

La solución no es culpar a los jóvenes, demonizar pantallas o sermonear contra TikTok. Ellos no inventaron el mundo digital en el que los hemos educado. Tampoco podemos responder a los populismos llamando ignorantes a sus seguidores. Necesitamos comprender qué hay detrás.

La respuesta tendrá que ser educativa, cultural, política y también espiritual. Necesitamos una reformulación ética del entretenimiento que nos dispersa. Necesitamos escuelas que vuelvan a enseñar a leer textos completos, medios que no conviertan toda discusión en espectáculo, universidades que recuperen confianza social y comunidades cristianas donde sea posible preguntar sin ser inmediatamente clasificado como amigo/enemigo.

Necesitamos también redes sociales diferentes, pero, mientras llegan, tendremos que aprender a habitarlas siendo críticos. Defender la lectura profunda puede convertirse así en una pequeña forma de resistencia democrática.

PISA avisa de algo más importante que dificultades escolares. Estamos perdiendo hábitos culturales que hicieron posible pensar juntos sin tener que pensar todos lo mismo.

Para los cristianos, además, no es una tarea ajena al Evangelio. Creemos en una Palabra que pide ser escuchada antes de ser proclamada y en una Verdad que no necesita convertir al otro en enemigo para afirmarse. Creemos en el diálogo fe-razón-emoción.

En tiempos de gritos, consignas y certezas instantáneas, detenerse, escuchar, leer, pensar y discernir puede llegar a ser una forma profundamente cristiana de cuidar la democracia y también nuestra humanidad.