Llevaba dos semanas sin escribir, y no porque faltaran temas, sino porque, paradójicamente, habían pasado demasiadas cosas: nuevas responsabilidades, encuentros, reuniones, viajes, personas. La vida se me adelantó a las palabras, hasta que un amigo y mentor me llamó y me dijo: “No dejes de escribir”. Lo confieso: me dio un poco de pena… pero también me hizo bien.
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¿Qué ha pasado? Han sido semanas intensas. Comencé una nueva encomienda pastoral como rector en el Santuario de San Judas Tadeo, mientras continúo aprendiendo a servir desde la Vicaría Episcopal de Pastoral y en otras responsabilidades que me permiten acompañar distintos procesos de nuestra Iglesia. Entre celebraciones, reuniones, encuentros y nuevos rostros, he tenido que aprender otra vez a acomodar tiempos, prioridades y energías. Y en medio de todo eso, estos últimos días me regalaron una experiencia particular: acompañar a los obispos de México durante su Semana de Formación Permanente.
Estamos acostumbrados a ver al obispo presidiendo una celebración, enseñando, tomando decisiones, visitando comunidades o acompañando a sacerdotes y fieles. Pero estos días pude contemplar también la otra cara: quien acompaña también necesita ser acompañado.
Me ha resultado profundamente significativa la imagen de nuestros obispos sentados nuevamente como alumnos: escuchando, tomando apuntes, haciendo preguntas, conversando entre ellos, rezando juntos. También descansando, haciendo deporte y compartiendo la mesa.
El lema de estos días lo expresa muy bien: ‘Servidores con esperanza: discernimiento, cuidado y comunión en el ejercicio episcopal’. Tres palabras que, en realidad, sirven para cualquier vocación.
Discernimiento, porque ninguna responsabilidad nos dispensa de seguir preguntándonos por dónde quiere Dios que caminemos. La experiencia ayuda, pero también puede convertirnos en personas que funcionan automáticamente. Discernir significa conservar la capacidad de escuchar.
Cuidado, porque durante estos días se ha hablado abiertamente de estrés, aislamiento, equilibrio emocional y prevención del burnout. No es un asunto menor porque a veces hemos confundido entrega con desgaste y generosidad con no tener límites. Pero para cuidar a los demás también necesitamos aprender a cuidarnos.
Y comunión, porque nadie debería cargar solo con una misión, ni siquiera un obispo. Tal vez especialmente un obispo.
La agenda de esos días incluyó además temas que hablan de una Iglesia que necesita mantenerse despierta ante su tiempo: ‘Magnifica humanitas’, inteligencia artificial, alfabetización digital, nuevas generaciones y acompañamiento vocacional. La formación permanente no consiste simplemente en actualizar conocimientos. Es aceptar humildemente que uno nunca termina de aprender a servir
Hay una Iglesia muy humana detrás de las fotografías oficiales y de las celebraciones solemnes. Una Iglesia formada por hombres que también se cansan, preguntan, necesitan amigos, deben aprender cosas nuevas y buscan comprender mejor el mundo al que han sido enviados. Quizá esa sea una de las imágenes que quiero guardar de estos días.
Lo que vi esta semana
Obispos que, por unos días, volvieron a ocupar el lugar del discípulo.
La Palabra que me sostiene
“Vengan ustedes solos a un lugar apartado, para que descansen un poco“. (Mc 6,31).
En voz baja…
Quien piensa que ya no necesita aprender ni ser acompañado quizá ha comenzado, sin darse cuenta, a caminar solo.

