Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Un nuevo mundo por descubrir el 12 de octubre


Cada 12 de octubre regresamos a una discusión que nunca ha sido solamente histórica. Bajo nombres distintos —descubrimiento, encuentro, conquista, hispanidad, resistencia—, discutimos qué hacemos hoy con una herencia que contiene lengua, cultura, mestizajes y fe, pero también violencia, desposesión, explotación y subordinaciones cuyas consecuencias no terminaron cuando se arriaron las últimas banderas imperiales expulsadas —en parte— por guerras de la independencia.



El problema es que la memoria se convierta en munición identitaria: de un lado, quienes necesitan transformar la colonización en una epopeya civilizadora y casi providencial; del otro, un indigenismo ideológico que simplifica cinco siglos en un combate entre inocencia absoluta y maldad absoluta. Ninguna de esas narraciones ayuda a reconciliar. Una canoniza a los vencedores; la otra encierra a las víctimas dentro de su propia herida.

Una pregunta menos cómoda

La Doctrina Social de la Iglesia ofrece otro camino porque parte de una pregunta menos cómoda: ¿qué exige hoy la dignidad de quienes siguen padeciendo las consecuencias de aquella historia?

En 2023, dos dicasterios vaticanos repudiaron expresamente la llamada “Doctrina del Descubrimiento” por no pertenecer a la doctrina católica y reconocieron que determinadas bulas papales no expresaron la igual dignidad y los derechos de los pueblos indígenas, además de dejarse usar para justificar actos inmorales de dominación.

Importa la revisión histórica, pero todavía más la conversión moral que implica: la Iglesia no puede defender su pasado a costa de quienes fueron dañados bajo símbolos cristianos. Pedir perdón no destruye la Tradición; la purifica de aquello que nunca debió confundirse con el Evangelio.

El derecho de definir al conquistado

Enrique Dussel describió 1492 como el comienzo no solo de un “descubrimiento”, sino también de un “encubrimiento del Otro”. No se trata de leyendas rosas o negras, sino en revelar el mecanismo por el cual el conquistador se atribuye el derecho de definir al conquistado: atrasado, bárbaro, infiel, incapaz, necesitado de tutela. Es una modernidad que proclama emancipación mientras legitima violencia en nombre de la civilización.

La objeción de Dussel es incómodamente actual porque el colonialismo no desaparece cuando una colonia obtiene bandera e himno; puede sobrevivir en relaciones económicas asimétricas, extracción de materias primas, endeudamiento, subordinación tecnológica o políticas que globalizan los beneficios mientras nacionalizan cuidadosamente los daños. Las permanentes crisis en países que “han sido” colonias no es porque sus habitantes sean sub-humanos o se equivocan de “ideologías”.

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Aquí conviene distinguir culpa y responsabilidad. Nadie es culpable de lo que hicieron sus antepasados por el mero hecho de haber nacido siglos después. Es históricamente absurdo atribuir retrospectivamente a los Estados actuales una identidad compacta que ni siquiera existía entonces. Pero tampoco podemos declararnos moralmente ajenos a las consecuencias.

Forma parte de la conciencia de una nación

Angela Merkel, refiriéndose a las atrocidades nazis, expresó esta diferencia al recordar que la responsabilidad de mantener viva la memoria de los crímenes históricos no termina y forma parte de la conciencia de una nación. La idea de que siempre seremos también lo que hicimos no significa transmitir culpabilidades biológicas, sino comprender que las sociedades heredan instituciones, riquezas, privilegios y relatos, pero también heridas, silencios y obligaciones.

La parábola del buen samaritano ofrece una de las mejores claves cristianas para leer el 12 de octubre. El samaritano ni siquiera había asaltado al hombre que yacía junto al camino. No había causado la herida. Podría haber alegado que aquel daño no le correspondía.

Sin embargo, Jesús desplaza la pregunta desde la culpabilidad hacia la responsabilidad: se acerca, ve, se compadece, cura, carga con el herido y compromete sus propios recursos para que pueda recuperarse. La fraternidad comienza cuando dejamos de usar nuestra inocencia para justificar la indiferencia.

El núcleo de un patriotismo samaritano

Este es el núcleo de un patriotismo samaritano: amar la propia historia sin convertirla en ídolo, agradecer sus bienes sin ocultar sus víctimas y comprender que una nación madura no requiere proclamarse inmaculada para poder quererse.

Esto vale para la evangelización. Hubo misioneros que defendieron a los pueblos originarios, aprendieron sus lenguas, denunciaron abusos y se enfrentaron a los poderes coloniales; desde Montesinos y Las Casas hasta innumerables santos que las hagiografías pietistas descafeinaron. Negarlo sería tan injusto como negar la violencia ejercida bajo la cruz.

Pero, por respeto al Evangelio, no podemos llamar “gran misión” a un proceso histórico en el que fe, Corona, intereses económicos y superioridad cultural quedaron demasiadas veces entrelazados. Evangelizar no es hispanizar, europeizar ni civilizar según un molde único. Cuando la fe necesita la espada, deja de anunciar al Crucificado y se pasa al bando de los crucificadores.

Un indigenismo convertido en ideología cerrada

Tampoco ayuda un indigenismo convertido en ideología cerrada, que transforma la memoria en resentimiento hereditario, idealiza las sociedades precolombinas como si desconocieran la violencia y la dominación o considera cualquier mestizaje una contaminación. La teología no necesita fabricar inocentes perfectos: pide contemplar la historia desde quienes cargan con sus cruces.

La opción por los pobres no es una teoría de pureza étnica, sino una clave evangélica para preguntarnos quién paga el precio de nuestros modelos de “desarrollo”.

Las migraciones no se explican sin este mar de fondo. Europa y las antiguas potencias coloniales no pueden beneficiarse históricamente de materias primas, mercados, ventajas financieras o cadenas productivas desiguales y después declararse inocentes de las estructuras que imponen.

No toda pobreza del Sur es responsabilidad del Norte

No toda pobreza del Sur es responsabilidad del Norte: existen también élites locales corruptas, autoritarismos y graves responsabilidades propias. Pero tampoco es moralmente admisible privatizar los beneficios y externalizar los daños, rebautizándolos como simples “efectos colaterales”.

Muchos migrantes recorren hoy, en sentido inverso, rutas económicas abiertas durante siglos. No llegan para cobrarnos una deuda histórica: buscan instintivamente una vida que sus países colonialmente pauperizados por el “primer mundo”, no pueden ofrecerles.

El 12 de octubre nos desafía aconvertir una trinchera de orgullos y resentimientos en una escuela para reconciliar la memoria. Reconciliar no significa olvidar, maquillar la historia ni distribuir culpas retrospectivas, sino conocer la verdad, escuchar a las víctimas, reparar cuanto todavía pueda repararse y establecer relaciones diferentes.

Una Iglesia que pide perdón por sus complicidades colonialistas

Una España capaz de examinar críticamente su historia no se hace menos España; una América Latina que reconoce sus heridas sin convertirlas en destino no renuncia a su dignidad; y una Iglesia que pide perdón por sus complicidades colonialistas no pierde autoridad: empieza a recuperar credibilidad evangélica.

El futuro no se construye exigiendo gratitud a los descendientes de quienes fueron conquistados ni transmitiendo odio a los descendientes de quienes conquistaron. Se construye cuando todos aceptamos hacernos responsables de este mundo.

Tal vez allí comience el verdadero “nuevo mundo” que aún nos queda por descubrir: no una tierra disponible para ser poseída, evangelizada por la fuerza o explotada, sino una humanidad de prójimos que aprende, al fin, a no pasar de largo ante las heridas de su pasado.