Mi blog postsinodal


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Esperaba hacer en este blog postsinodal un balance de propuestas “valientes”, “osadas” y “sin miedo” como eran las que según el Documento preparatorio y el Instrumentum laboris deberían salir del Sínodo de los Obispos para la Región Amazónica. Obviamente con mirada de mujer. Por eso la lectura del documento final entregado al Papa en la última reunión general el sábado 26 de octubre me dejó sin palabras. No hubo propuestas “valientes”, “osadas” y “sin miedo”. Fue, más bien, un parto de los montes, porque después de haber hecho ruido durante el camino sinodal, al final las mujeres fueron silenciadas. Apenas algún premio de consolación.

Lo cual no significa que, desde otras miradas, el documento final no sea un magnífico diagnóstico de la realidad amazónica y una convincente invitación a buscar nuevos caminos de conversión pastoral, de conversión cultural, de conversión ecológica y de conversión sinodal, es decir, a cambiar de perspectiva y a cambiar paradigmas. Sin embargo, no hubo cambio de perspectiva ni cambio de paradigma respecto al lugar de las mujeres en la Iglesia en los “nuevos caminos para la ministerialidad eclesial”, que es uno de los apartados del documento, como tampoco en el titulado “La presencia y la hora de la mujer”. No hubo propuestas “valientes”, “osadas” y “sin miedo”.

El lugar de las mujeres en el documento final del Sínodo

Porque, en últimas, no hubo conversión a la hora de hablar del lugar de las mujeres en la Iglesia. A pesar de reconocer que las comunidades amazónicas “han desarrollado una rica ministerialidad” (DF 39) que –no lo precisa el documento– ha sido casi siempre ejercida por mujeres. Y de afirmar que una Iglesia con rostro amazónico necesita “formas organizativas para el ejercicio de la sinodalidad […] potenciando la participación de las mujeres” (DF 92) y que “es urgente que se promuevan y se confieran ministerios para hombres y mujeres de forma equitativa” (DF 95). A pesar, también, de proponer para la Iglesia en la Amazonía la invitación de Francisco en Evangelii gaudium a “ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia” (EG 103), recordando que “la Iglesia desde el Concilio Vaticano II ha resaltado el lugar protagónico que la mujer ocupa dentro de ella” (DF 99).

Y a pesar de pedir “que la voz de las mujeres sea oída, que ellas sean consultadas y participen en las tomas de decisiones y, de este modo, puedan contribuir con su sensibilidad para la sinodalidad eclesial”, precisando que “es necesario que ella [la mujer] asuma con mayor fuerza su liderazgo en el seno de la Iglesia, y que esta lo reconozca y promueva reforzando su participación en los consejos pastorales de parroquias y diócesis, o incluso en instancias de gobierno” (DF 101). Como si la forma de asumir un liderazgo consistiera en ocupar puestos o cargos en la organización eclesiástica: pero los reclamos no son burocráticos.

El Papa Francisco, en la clausura del Sínodo de la Amazonía

El Papa Francisco, en la clausura del Sínodo de la Amazonía/EFE

En el párrafo siguiente, que se ocupa de la violencia física, moral y religiosa de la cual son víctimas las mujeres y, al mismo tiempo, de fortalecer los lazos familiares a las mujeres migrantes, los padres sinodales reconocen “la ministerialidad que Jesús reservó para las mujeres” y que “es necesario fomentar la formación de mujeres en estudios de teología bíblica, teología sistemática, derecho canónico, valorando su presencia en organizaciones y liderazgo dentro y fuera del entorno eclesial”, concluyen: “aseguramos su lugar en los espacios de liderazgo y capacitación”.

Pero a renglón seguido, como gran cosa, piden “revisar el motu propio Ministeria quedam, para que también mujeres adecuadamente formadas y preparadas puedan recibir los ministerios del lectorado y el acolitado, entre otros a ser desarrollados”, uno de los cuales es el ministerio instituido de “la mujer dirigente de la comunidad”, que piden los obispos, teniendo en cuenta que en la Amazonía, “la mayoría de las comunidades católicas son lideradas por mujeres” (DF 102).  Que no es una propuesta “valiente”, “osada” y “sin miedo”.

Hace eco a la que sonaba como una propuesta valiente del cardenal Claudio Hummes cuando en la Primera Congregación General se refirió a la escucha sinodal: “Siendo hoy muchas las mujeres al frente de las comunidades amazónicas, han reclamado que su servicio sea reconocido y fortalecido mediante la creación de un ministerio para las mujeres que están al frente de las comunidades”. Habría sido de esperar que fuera reconocido como ministerio ordenado –propiamente como diaconado– pero se quedó en ministerio instituido. Propiamente lo que antiguamente se llamaba una orden menor.

Tampoco fue “valiente”, “osada” y “sin miedo” la siguiente propuesta del documento final: “nos gustaría compartir nuestras experiencias y reflexiones con la Comisión y esperamos sus resultados”, refiriéndose a la “Comisión de Estudio sobre el Diaconado de las Mujeres” creada en 2016 por el papa Francisco, fundamentando la propuesta en que “en las múltiples consultas realizadas en el espacio amazónico, se reconoció y se recalcó el papel fundamental de las mujeres religiosas y laicas en la Iglesia de la Amazonía y sus comunidades, dados los múltiples servicios que ellas brindan” y que “en un alto número de dichas consultas, se solicitó el diaconado permanente para la mujer” (DF 103).

Ahora bien, ¿por qué los padres sinodales no pidieron claramente el diaconado femenino? Así lo había reclamado en una rueda de prensa monseñor Erwin Kräutler: “dos tercios de las comunidades indígenas en la Amazonía son coordinadas por mujeres. ¿Entonces qué hacemos? Tenemos que hacer cosas concretas y sueñan con el diaconado femenino. ¿Por qué no?”

Pero el diaconado femenino no pasó de ser un sueño. Al fin y al cabo lo que el Documento preparatorio y el Instrumentum laboris pedían en cuanto al reconocimiento al rol de las mujeres era “identificar el tipo de ministerio oficial que puede ser conferido a la mujer, tomando en cuenta el papel central que hoy desempeñan en la Iglesia amazónica” (DP 14; IL 129, a, 3).

Y este fue el que los obispos propusieron. Como hombres de Iglesia, no se atrevieron a pedir la ordenación de mujeres para el diaconado. Por eso no lo plantearon como ministerio ordenado sino como ministerio instituido. Con lo cual las mujeres que, en la práctica, ejercen el diaconado en la región amazónica seguirán ejerciéndolo sin tener el reconocimiento oficial ni contar con la gracia sacramental, sencillamente por ser mujeres, mientras los hombres, por ser hombres, sí pueden contar con ella –con la gracia– para ejercer el servicio diaconal.

Todavía hay alguna esperanza

La esperanza –una última esperanza– es la exhortación apostólica postsinodal que Francisco anunció que publicaría antes de finalizar el año. De este documento depende que la posibilidad de replantear y reformular formas de ministerialidad definidas en otros contextos y de recuperar “aspectos de la Iglesia primitiva cuando respondía a sus necesidades creando los ministerios oportunos (Cf. Hch 6,1-7; 1 Tim 3,1-13)” (IL 129), como  lo proponía el Instrumentum Laboris.

La esperanza es que Francisco se atreva a dar un paso significativo. En el discurso de clausura del Sínodo y a propósito de los nuevos ministerios, Francisco acogió “el pedido de re-llamar a la comisión o quizás abrirla con nuevos miembros para seguir estudiando cómo existía en la Iglesia primitiva el diaconado permanente”. Recordó que los integrantes de la comisión llegaron a un acuerdo, que entregó los resultados a la Unión General de Superioras Generales que fue la que le pidió hacer la investigación y anunció que iba “a procurar rehacer esto con la Congregación para la Doctrina de la Fe, y asumir nuevas personas en esta Comisión”. Además dijo que recogía el guante, que las mujeres habían puesto por allí pidiendo ser escuchadas. Y esta es la esperanza. Que las mujeres sean oídas de verdad y acogidos sus reclamos.

También anotó en el discurso que lo que se dice en el documento acerca de la mujer queda “corto” y precisó “que todavía no hemos caído en la cuenta de lo que significa la mujer en la Iglesia y por ahí nos quedamos solamente en la parte funcional, que es importante, que tiene que estar en los consejos […]. Pero el papel de la mujer en la Iglesia va mucho más allá de la funcionalidad. Y eso es lo que hay que seguir trabajando. Mucho más allá”. Así es, papa Francisco, mucho más allá. Porque las voces de la escucha sinodal y los reclamos respecto a la situación de las mujeres en la Iglesia no se refieren a “pequeñas cosas disciplinares”, en palabras de Francisco en el mismo discurso. Van mucho más allá. Se refieren al reconocimiento del carisma de liderazgo y servicio de las mujeres al mismo nivel del reconocimiento que se hace del carisma de liderazgo y servicio de los hombres a quienes se confía un ministerio.

En el documento papal queda la esperanza de que las que habrían podido ser propuestas “valientes”, “osadas” y “sin miedo” no queden archivadas como tantas otras de obispos, de conferencias episcopales, de organizaciones de mujeres que desde hace más de 50 años han tropezado con estructuras eclesiásticas patriarcales que no han logrado reconocer la nueva presencia de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia.

Y a propósito de la oración del fariseo

Mientras oía el pasado domingo la hermosa homilía del papa Francisco en la misa de clausura del Sínodo de los Obispos para la Región Amazónica en la basílica de San Pedro yo pensaba en el lugar de las mujeres en la Iglesia. La homilía se refería a la oración del fariseo y la oración del publicano, como también a la del pobre que caracteriza el libro del Eclesiástico.

Mientras seguía la homilía, en la figura del fariseo cuya actitud el Papa condenaba se me representaba la jerarquía eclesiástica que “como el fariseo respecto al publicano, levanta muros para aumentar las distancias, haciendo que los demás –en este caso, las demás– estén más descartados aún. O también considerándolos inferiores y de poco valor”. Y se me figuraban las voces de las mujeres que no se escuchan y son silenciadas cuando, a propósito de la oración del oprimido a la que se refiere el Eclesiástico, comentó: “cuántas veces, también en la Iglesia, las voces de los pobres no se escuchan, e incluso son objeto de burlas o son silenciadas por incómodas”.