Estoy elaborando un formulario y, al llegar al apartado correspondiente al sexo, escribo dos opciones: femenino y masculino, sin embargo, casi automáticamente aparece o se me sugiere una tercera categoría: “otro”. Algo aparentemente tan sencillo como una casilla termina provocándome una pregunta mucho más profunda: como católico y desde una institución que se reconoce católica, ¿qué antropología estoy expresando cuando elaboro nuestros documentos?
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No se trata simplemente de borrar una palabra porque incomoda ni de negar la existencia de personas que comprenden su identidad de una manera diferente. La pregunta es anterior: ¿puede una institución confesional utilizar categorías coherentes con la comprensión del ser humano que fundamenta su propia identidad? La respuesta comienza en aquella afirmación que atraviesa la antropología bíblica: “Dios creó al hombre a su imagen… varón y mujer los creó” (Gn 1,27). El Catecismo recuerda que “El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios” y, al mismo tiempo, “En su ser-hombre y su ser-mujer reflejan la sabiduría y la bondad del Creador” (CEC 369).
El cuerpo también habla de quiénes somos
Desde aquí comprendo que marcar femenino o masculino no es, para la antropología cristiana, solamente registrar una característica biológica. La persona no “tiene” simplemente un cuerpo como si este fuese algo exterior a su verdadero yo: “La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual” (CEC 362), y la unidad entre cuerpo y alma es tan profunda que ambos constituyen “una única naturaleza” (CEC 365).
Por eso, “la sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma” (CEC 2332), hasta llegar a una afirmación especialmente significativa: “Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual” (CEC 2333). San Juan Pablo II lo expresa desde la vocación al amor: el ser humano es “espíritu encarnado” y está llamado a amar en su “totalidad unificada” (Familiaris consortio, 11). Por tanto, reconocer la corporeidad sexuada no significa caer en un biologicismo, sino comprender que cuerpo, espíritu, afectividad, relación y vocación forman parte de la misma persona.
Sexo y género: distinguir sin separar
Esta reflexión adquiere todavía mayor actualidad frente a la cuestión contemporánea del género, el Papa Francisco ofrece un criterio particularmente equilibrado cuando afirma: “el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar” (Amoris laetitia, 56). Y más adelante reconoce que en la configuración de lo masculino y femenino intervienen también elementos culturales, familiares, educativos y biográficos (Amoris laetitia, 286).
La Iglesia, por tanto, no propone una visión simplista de la persona, el documento “Varón y mujer los creó” de la Congregación para la Educación Católica propone precisamente recuperar una antropología capaz de integrar cuerpo, diferencia sexual, relación y complementariedad. Asimismo, “Dignitas infinita” recuerda que “el cuerpo humano participa de la dignidad de la persona” y posee significados personales vinculados también con su condición sexual “de ahí que toda operación de cambio de sexo, por regla general, corra el riesgo de atentar contra la dignidad única que la persona ha recibido desde el momento de la concepción” (n. 60). La corporeidad no constituye entonces un dato insignificante del que podamos prescindir al pensar quién es la persona.
Identidad católica: claridad y acogida
Regreso entonces a mi formulario y comprendo mejor la cuestión, si una institución se define como católica, puede considerar coherente que sus categorías ordinarias sean femenino y masculino porque estas expresan la antropología que institucionalmente declara profesar, pero aquí es necesario ser rigurosos: el Magisterio no ha establecido una norma que diga que un formulario católico debe tener solamente dos casillas, ni la aparición administrativa de la palabra “otro” significa automáticamente adhesión a una determinada teoría antropológica.
Debemos distinguir entre registrar administrativamente una situación personal, reconocer pastoralmente que existen experiencias diversas y asumir institucionalmente una determinada concepción antropológica, precisamente por ello, antes de incorporar automáticamente una tercera categoría, una institución católica puede preguntarse qué significa esa categoría, qué pretende registrar y si su formulación expresa o modifica la antropología sobre la cual está construido su proyecto educativo, la cuestión deja así de ser “¿ponemos o quitamos una casilla?” para convertirse en otra mucho más seria: ¿cómo hacemos visible nuestra identidad católica también en las pequeñas decisiones institucionales?
Claridad en lo que creemos, respeto hacia toda persona
Y aquí aparece quizá el desafío pastoral más importante, defender una antropología cristiana jamás puede convertirse en permiso para despreciar, humillar o excluir a quien se comprende de otra manera. Dignitas infinita recuerda que “toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto”, evitando “todo signo de discriminación injusta” (n. 55). Desde esta convicción y a modo de recomendación institucional, considero coherente que una institución de identidad católica mantenga en este tipo de formularios las categorías “varón” y “mujer”, sin incorporar automáticamente una tercera categoría denominada “otro”, porque así expresa la antropología creacional que reconoce como fundamento: “Dios creó al hombre a su imagen […] varón y mujer los creó” (Gn 1,27).
Esta opción no debería entenderse como negación de la existencia, experiencia o dignidad de quienes se identifican de manera diferente, sino como expresión de la comprensión antropológica que la institución profesa, en definitiva, podemos mantener con claridad aquello que creemos y, simultáneamente, acompañar con respeto a toda persona: la fidelidad a una antropología cristiana no debería necesitar negar la dignidad de nadie; del mismo modo, acoger a todos no exige que una institución católica deje de expresar que, desde su fe, reconoce la creación del ser humano como varón y mujer.
Por Marcial Riveros Tito. Teólogo y Contador Público
