“No habrá mantequilla si no construimos cañones”, ha afirmado el presidente de una de las grandes corporaciones armamentísticas europeas (Ángel Simón, INDRA, en el foro World in Progress, Barcelona, 1 de noviembre de 2026).
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Sin embargo, la historia nos enseña una y otra vez que, aunque las guerras se hagan en nombre de la mantequilla, el camino de los cañones solo conduce a que todos, menos los ricos, nos quedemos sin mantequilla, especialmente los más pobres. Las guerras solo las emprenden y ganan aquellos que no saben ni el precio de la mantequilla.
La contemplación de los crucificados sostiene la civilización
Si se ha iniciado y avanzado en el camino de los cañones es porque hemos olvidado la contemplación de los crucificados del mundo, el dolor de quienes sufren los abusos de la policía del ICE en Estados Unidos, porque no sentimos el insoportable grito del genocidio de Gaza y Cisjordania, los llantos de la invasión rusa de Ucrania, los sobrecogimientos de los 65 conflictos políticos abiertos en el mundo que han causado en 2025 el récord de 244.600 muertes directas, a las que hay que añadir las víctimas por las carencias de agua, servicios sanitarios y otras infraestructuras básicas.
La pedagogía de la paz necesita la contemplación de la cruz, necesita la meditación colectiva, que el pueblo adquiera de nuevo capacidades de escucha, mirada, silencio, vigilia, retiro, plegaria. Porque sin la contemplación de la Herida caemos en el aburguesamiento y acabamos legitimando la guerra y perdemos la medida de lo humano y la decencia.
El ‘Llamamiento 2026 por la Paz’ que se publicó al final del 40º Encuentro Internacional por la Paz celebrado por líderes religiosos de todo el mundo en Asís, el 25-27 de octubre de 2026, deja sentir el urgente anhelo que sintió la humanidad tras los horrores de la II Guerra Mundial.
La humanidad sufrió y contempló el infierno en la tierra por los genocidios, bombas atómicas y crímenes de guerra que por todos los lados devastaron el planeta. La Guerra Fría continuó los horrores a través de grupos terroristas y guerras abiertas en África y Asia (Corea, Vietnam, Camboya…). Sobre esa urdimbre interior de culpa responsable y conjuramiento contra la repetición de tales males, se forjó la Civilización de los Derechos Humanos.
La alianza fraguada tras esa contemplación planetaria del peor episodio de la historia está siendo amenazada y minada en sus fundamentos por la violación del Derecho Internacional, los crímenes de guerra, la persecución de los jueces internacionales que los investigan, el socavamiento de la multilateralidad, la estigmatización de personas migrantes y refugiadas ―incluso convertidas biopolíticamente en arietes de presión―, la imposición de la llamada diplomafia en vez del arte de la diplomacia, y la extensión de la cultura del poder y la guerra. En contraposición León XIV afirma decididamente que “en estos tiempos de cultura del poder, es necesario fomentar el espíritu de Asís”.
Urgencia de crear herramientas para la paz
Quienes creen que si se quiere la paz hay que armarse para la guerra o que no se puede ser herbívoros en un mundo de carnívoros (“No podemos ser herbívoros en un mundo de carnívoros. Si queremos subsistir tenemos que ser algo más. Debemos dotarnos de medios para hacer frente a esas amenazas”, sostuvo Josep Borrell en Bruselas, el 10 de octubre de 2022), escuchan con condescendencia lo que consideran buenismo, utopía imposible, buenas intenciones pero irresponsables ante los monstruos.
Sin duda es legítimo invertir en defensa, pero solo es legítima la inversión en armas que emplee el doble de esa inversión en inteligencia, diplomacia, diálogo, confraternización y pedagogía de la paz.
En el 40º Encuentro de Asís, Sudheendra Kulkarni, fundador hindú del Foro para un nuevo Sur de Asia, recordó que Mahatma Gandhi escribió en 1940 que “En estos tiempos, nos asombran continuamente los increíbles descubrimientos en el campo de la violencia. Sin embargo, sostengo que en el campo de la no violencia se harán descubrimientos aún más asombrosos, hoy inimaginables y aparentemente imposibles”.
Kulkarni reconoce que la humanidad todavía no hemos madurado suficiente ni estamos a la altura para poder comprender el alcance de esas palabras. El Encuentro 2026 de Asís, organizado por el querido Movimiento de San Egidio, apunta en esa dirección: la urgente necesidad de descubrir y desarrollar nuevos descubrimientos para la cultura y pedagogía de la paz.
Servir a la dignidad humana es la más elevada adoración
El Gran Imán Nasaruddin Umar, Presidente de la Asamblea Internacional de Imanes de las Mezquitas del Mundo, reconoció en Asís que “el camino que tenemos por delante no es fácil. Las voces de la ira y la división resuenan con fuerza. La paz está perdiendo terreno y se vuelve impotente ante las armas y los ejércitos”.
Nasaruddín Umar ha hecho una solemne declaración: “Como musulmán practicante, quiero dejar claro que cualquier enseñanza que fomente el odio es una traición a Dios”. Esta afirmación de paz radical se suma a la declaración pontificia de León XIV que anula la existencia de ninguna posible guerra santa: “No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!” (Videomensaje al 40º Encuentro Internacional de Asís).
El Gran Imán propone que parroquias, mezquitas, sinagogas, templos y otros lugares de culto se conviertan en escuelas de la paz. Narra que en su mezquita ya es una realidad: “En la Mezquita Istiqlal de Yakarta, ya estamos trabajando en esta dirección. Abrimos nuestras puertas para brindar espacios seguros. Enseñamos a nuestros fieles que servir a la humanidad es la forma más elevada de adoración”.
Mirar al cielo
En otra de las reflexiones del Encuentro 2026, intervino Katsuko Tanaka, superviviente (‘hibakusha’) del bombardeo atómico estadounidense de Hiroshima. Cuenta que cuando explotó la bomba, “levanté la vista y vi un destello cegador. Era como un millón de luces. Todo se volvió blanco. No podía ver… Me cubrí la cara con el brazo derecho. El calor me quemó la cabeza, el cuello y el brazo derecho… De repente, todo se oscureció, como de noche. Una nube de polvo caliente y arenoso se elevó en el aire y tapó el sol… Mi madre estaba viva, pero no me reconoció. Tenía el pelo quemado. Estaba cubierta de ceniza y mi ropa hecha jirones… Esa noche estuve al borde de la muerte… Todos mis amigos de la escuela primaria que habían estado cerca del epicentro murieron”. Y se pregunta: “¿Por qué sobreviví? Esta pregunta me ha atormentado toda la vida”.
Sin embargo, Tanaka guarda otro recuerdo que contrasta con aquella infame jornada de muerte y destrucción como jamás se había producido en la historia de la humanidad: “Me gustaría compartir otro recuerdo de aquel día. Tras el bombardeo, levanté la vista. El cielo estaba azul, tan hermoso como el día anterior. Aunque solo era una niña, ese cielo azul me dio esperanza para el mañana y el coraje para vivir. El cielo azul que vi aquel día sigue en mi corazón. En el cielo no hay límites… Por favor, no renunciemos a un mundo sin armas nucleares. Y por favor, no vuelvan a crear otro hibakusha”.
Mirar al cielo es mirar a lo santo: al bien, la belleza, la verdad y el amor, que siempre es más fuerte que la muerte. Sin mirar al cielo, vamos hacia la guerra. Si nuestra civilización no adora lo santo, cae en la cultura del crudo poder de la violencia. Por eso nos recuerda León XIV que el camino de la paz es el camino de la oración y que la oración es escuela de diálogo.
El servicio a las personas humanas es la forma más elevada de adoración, afirma el Gran imán Umar. Es necesario recrear la sacralidad en toda nuestra civilización, dar un reconocimiento de sagrado a la dignidad de la persona humana, y mover las disposiciones y capacidades internas y públicas hacia lo sagrado.
La Civilización debe avanzar no solo a la recuperación de los marcos jurídicos, éticos y procedimentales de los Derechos Humanos, sino que debe consagrarse a la dignidad humana y la santidad del Bien, la Belleza, la Verdad y el Amor. Nuestro mundo necesita la Consagración de la Primavera.
