En estos meses he procurado seguir algunas pistas pastorales que León XIV va dejando en sus discursos, encuentros y gestos. No para encontrar una nueva “estrategia pastoral”, sino para descubrir qué acentos pueden ayudarnos a vivir hoy el Evangelio. Y hay uno que comienza a repetirse con fuerza: volver a la persona concreta.
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Hace unos días, en Rímini, el Papa habló del “realismo de la misericordia” y pidió mirar a los demás, incluso a los adversarios, a los ojos y encontrarnos con ellos en la verdad. Luego, al recibir a una organización que acompaña a personas con discapacidad intelectual, volvió sobre la misma intuición: reconocer en la vida de los más débiles y vulnerables la mirada de Cristo que nos interpela. ¡No parece una coincidencia!
En ‘Magnifica humanitas’, León XIV había advertido desde el comienzo sobre el peligro de construir un mundo en el que la humanidad “pierda su rostro”. Y después formuló uno de los principios fundamentales de la encíclica citando Redemptor Hominis de Juan Pablo II: la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” (‘Magnifica humanitas’ No. 50). Su dignidad no depende de sus capacidades, su productividad, sus riquezas o su función social. Esta afirmación tiene enormes consecuencias pastorales.
También nosotros podemos terminar convirtiendo a las personas en números: asistentes, grupos, sacramentos administrados, destinatarios, jóvenes, familias, pobres, alejados. Necesitamos datos, estructuras, programas y planeación. Sería ingenuo prescindir de ellos, pero ninguno de ellos sustituye el encuentro.
Los datos pueden decirnos dónde está la gente, pero sólo el encuentro puede decirnos quién es. Quizá por eso la proximidad que León XIV propone no sea simplemente un método pastoral. Es algo mucho más profundo: una manera cristiana de conocer la realidad. Antes de clasificar, mirar; antes de organizar, escuchar; antes de diseñar respuestas, descubrir a la persona que tenemos delante.
‘Magnifica humanitas’ lo expresa de manera especialmente bella al hablar de la Encarnación: Dios no salvó al mundo desde lejos. El Verbo se hizo carne, se acercó, compartió nuestra fragilidad y entró en nuestra historia. Y por eso, incluso en tiempos de inteligencia artificial, “el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado”. (Magnifica Humanitas No. 233).
Tal vez allí haya una sencilla clave pastoral para nuestro tiempo: no renunciar a los sistemas, pero impedir que los sistemas nos oculten los rostros. Porque al final la Iglesia no acompaña estadísticas sino personas.
Lo que vi esta semana
Una insistencia creciente de León XIV: la dignidad humana sólo se comprende plenamente cuando deja de ser una idea y adquiere un rostro.
La Palabra que me sostiene
“Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”. (Mt 25,40).
En voz baja
Antes de preguntarnos cuántos llegaron, quizá deberíamos preguntarnos: ¿a quién encontramos?
