Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Las dos manos de la educación


Hace poco, en un congreso de educación, invité a los asistentes a escribir su nombre con la mano que usan habitualmente y luego repetir el ejercicio con la otra. La diferencia fue evidente: aparecieron torpeza y frustración. Ese ejercicio representa una convicción que se ha hecho cada vez más profunda después de treinta años dedicada a la educación: también educamos con dos manos, pero hemos entrenado mucho más una que la otra.



La cultura del rendimiento

Una mano enseña conocimientos, desarrolla habilidades, evalúa y prepara a nuestros niños y jóvenes para desenvolverse en el mundo. Es indispensable. Pero tenemos otra mano: la que vincula, escucha, acompaña, contiene, enseña a compartir, ayuda a reparar y hace sentir al otro que tiene un lugar.

Vivimos inmersos en una cultura del rendimiento donde pareciera que aquello que podemos medir —notas, resultados, logros— fuera lo más importante. Debajo de esa superficie existen historias, emociones, heridas, miedos y vínculos que también nos definen.

Lo comprendí especialmente a través de mi hijo mayor, Andrés. Durante su nacimiento sufrió un infarto cerebral y recibimos un diagnóstico devastador. Nos dijeron que probablemente nunca caminaría ni hablaría. Andrés caminó cerca de los dos años, aprendió a leer en quinto básico, terminó el colegio, estudió una carrera, trabaja y hoy vive solo.

Su vida me enseñó algo todavía más profundo. Junto con ayudarlo a caminar, leer y escribir, tuvimos que enseñarle a convivir: esperar, compartir, ceder, agradecer, reparar y mirar también las necesidades de los demás. Entonces comprendí que enseñarle a leer y escribir fue indispensable. Enseñarle a convivir también.

El desafío

Ahí está uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: formamos niños muy preparados para competir, pero debemos preguntarnos con la misma seriedad si los estamos preparando para convivir, amar, escuchar, pedir perdón, colaborar y cuidar.

Esa educación comienza por nosotros. Nadie da lo que no tiene. Por eso necesitamos detenernos y mirar cómo estamos viviendo. En la QuiroPausa, un ejercicio que practico hace años, primero miro la palma de mi mano y agradezco lo recibido. Luego la giro y observo el dorso para preguntarme qué estoy entregando: cómo trato a los demás, qué palabras uso, qué necesito reparar.

Cada día vamos dejando algo en otros. A veces regalamos “motitas”: pequeños gestos que reconocen, contienen y sanan. Una mirada, un abrazo, una palabra de confianza. Otras veces lanzamos “shurikenes”: ironías, silencios, comparaciones o palabras que hieren.

Esa conciencia personal necesita convertirse en cultura. Una comunidad humana se construye con gestos sencillos: llamar por el nombre, escuchar, agradecer, cuidar los ritos y acompañarse en las dificultades.

Después de treinta años educando, cada vez estoy más convencida de que nuestra tarea se parece más a sembrar que a fabricar. Una semilla necesita tierra, agua, cuidado, paciencia y tiempo. Los educadores sembramos sin siempre alcanzar a ver los frutos.

Tal vez educar sea aprender a usar nuestras dos manos. Con una entregamos conocimientos y herramientas para enfrentar el mundo. Con la otra ayudamos a nuestros niños y jóvenes a descubrir que son valiosos, que necesitan de los demás y que los demás también los necesitan a ellos.

Una mano prepara para hacer. La otra ayuda a aprender a ser y a convivir.

Estate Ragazzi in Vaticano

León XIV con los niños de ‘Estate Ragazzi in Vaticano’. Foto: Vatican Media