Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

La tentación de las utopías antisociales


Introducción. Cuando el hartazgo sueña con un mundo sin los demás

Hay un cansancio social que conviene tomar en serio. El consumismo convertido en horizonte de vida, la polarización política, la fragilidad de los vínculos, la sospecha hacia las instituciones, la mercantilización de casi todo y una democracia necesitada de reinvención para no ser fagocitada por las sombras ultras, alimentan una sensación comprensible de saturación. No es extraño que algunas personas prefieran “retirarse” hacia pequeñas comunidades autosuficiente, educar a los hijos fuera del sistema, prescindir cuanto sea posible del Estado, desconfiar de la medicina institucional, rechazar el conocimiento socialmente consensuado o refugiarse en grupos donde unos pocos creen  haber descubierto aquello que la mayoría todavía no comprende.



El fenómeno adopta formas diferentes: terraplanistas, antivacunas, therians, libertarianos individualistas inspirados en Ayn Rand, conspiracionistas, trolls catastrofistas, etc.

Películas como Captain Fantastic o la noruega Adiós, salvajes muestran las contradicciones de familias que intentan protegerse de una sociedad enferma retirándose hacia una naturaleza supuestamente más verdadera. Sin embargo, bajo experiencias distintas aparece una misma tentación: imaginar que podemos escapar de una sociedad corrompida sin reconocer cuánto de esa sociedad llevamos ya dentro.

El aislamiento promete pureza, pero olvida nuestra radical vulnerabilidad e interdependencia. Incluso quien sueña con autoabastecerse continúa necesitando saberes recibidos, cuidados médicos, herramientas, infraestructuras, intercambios y una cultura que no ha creado por sí mismo. La pretensión de autosuficiencia puede acabar reproduciendo el individualismo que pretendía combatir, transformando incluso la autenticidad en otro producto identitario.

1. El mito de la pureza: huir de la sociedad sin poder huir de nosotros mismos

Detrás de muchas de estas propuestas asoma nuevamente, el viejo mito del “buen salvaje” de Rousseau: el dogma ilustrado del ser humano originariamente bueno y que la sociedad corrompe. Hay en esa crítica algo verdadero. Las instituciones deforman; las estructuras económicas producen “sistemas que matan” (Francisco); la cultura competitiva genera desconfianza, acumulación y convierte al otro en rival.

El catolicismo ha ido admitiendo cada vez más la importancia de estos pecados estructurales, pero no niega la responsabilidad personal, porque el mal no está solamente fuera. Jesús afirma que “lo que sale del hombre es lo que lo contamina” (Mt15,11 y Mc7,15).

Pablo lo expresó contundentemente: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rom 7,19). La sabiduría cristiana llama pecado original a esta fractura, aunque durante demasiado tiempo se haya reducido esta constatación antropológica a un cuento infantil de manzanas. Nacemos dentro de relaciones heridas y, al mismo tiempo, cada uno descubre dentro de sí una libertad igualmente herida. No existe un lugar suficientemente remoto al que podamos huir de esa ambivalencia.

Por eso, estas utopías pueden reproducir aquello que condenan. Una comunidad que huye del autoritarismo puede terminar dependiendo de un líder mesiánico; quienes se retiran para preservar la libertad de sus hijos pueden convertir esa protección en otra forma de control; el conspiracionismo originado en una crítica comprensible hacia poderes reales, suele empujar al mundo hacia una otros fundamentalismos. Estas teorías resultan seductoras en tiempos de miedos e inseguridades porque dan certeza, control y pertenencia; amplificado luego por algoritmos digitales que transforman el miedo en comunidades identitarias “polarizadas”.

El libertarismo radical que denuncia burocracias invasivas o Estados ineficientes tiene preguntas legítimas, pero fantasea con un individuo autosuficiente que nada debe a nadie y desconoce que nadie se da a sí mismo la lengua que habla, la educación que posee, las carreteras por las que circula ni los cuidados recibidos cuando todavía no podía devolver nada. Ayn Rand pudo imaginar al individuo creador enfrentado a una sociedad parasitaria; pero el cristianismo empieza en otro lugar: «¿qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4,7).

La alternativa no es dejar de criticar la sociedad, sino en criticarla sin fantasear con nuestra inocencia. Así la disconformidad puede convertirse en compromiso transformador en lugar de evasión maniquea.

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Imagen de un establecimiento en Toledo. Foto: EFE

2. Del gueto al Reino: una esperanza que permanece dentro de la historia

El cristianismo primitivo ofrece ejemplos disruptivos. La Carta a Diogneto describe a los cristianos como personas que no poseen ciudades propias ni lenguas extrañas, que comparten la vida ordinaria de los demás ciudadanos y, sin embargo, introducen dentro de ella una forma nueva de existencia. Viven en el mundo sin identificarse completamente con sus lógicas; obedecen las leyes y, al mismo tiempo, intentan superarlas mediante una vida de amor; son comparados con el alma que habita el cuerpo.

No construyen un búnker cristiano.

Evocan las imágenes de Jesús: sal de la tierra, no sal guardada en un frasco; luz del mundo, no lámpara escondida para evitar que el viento la apague. Jesús afirma paradógicamente que «quien ama su vida la perderá» cuestionando cualquier espiritualidad de supervivencia hermética.

La propuesta cristiana no crea territorios moralmente puros desde los cuales contemplar el naufragio ajeno. Es samaritana y no abandona la sociedad para preservar su pureza mientras atraviesa sus caminos rescatando víctimas que los otros han aprendido a no ver.

Aquí aparece la diferencia entre utopía y Reino de Dios. La utopía sueña con un espacio inexistente de contradicciones; el Reino vive bajo la tensión cristiana del “ya, pero todavía no”. Algo ha comenzado en Jesucristo, pero la historia continúa atravesada por pecado, gracia, libertad, conflicto y conversión. El creyente no necesita restaurar un pasado perfecto porque sabe que ninguna época histórica coincide con el Reino ni tampoco imaginar una naturaleza incontaminada ya que ella también espera “cielos nuevos y tierra nueva” (Ap 21).

Esto vale también para la Iglesia. Ella misma ha conocido la tentación del refugio, de la Cristiandad protegida por murallas, del poder político que garantice su blindaje o de clericalismos que preservan piadosamente a los fieles de un mundo peligroso. También necesita permanentemente conversión. El Vaticano II recuperó admirablemente esa conciencia cuando hizo suyos «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» de los seres humanos, especialmente de los pobres y de cuantos sufren (Gaudium et spes, 1). La Iglesia no se salva huyendo de la historia, sino aprendiendo a discernir en ella.

Conclusión. No escapar del mundo, sino “misericordearlo”

El hartazgo contemporáneo denuncia heridas reales. Nuestra sociedad produce soledad, consumismo, desigualdad, postureo y competición. Pero la respuesta cristiana no debe fabricar islas de inocentes mientras la humanidad se hunde. Tampoco en añorar cristiandades desaparecidas ni refugiarse en grupos que confunden identidad con aislamiento.

El realismo cristiano comienza reconociendo que aquello que criticamos fuera atraviesa también nuestro corazón. Precisamente por eso necesitamos gracia, misericordia, comunidad y conversión, no fantasías de autosuficiencia.

Jesús no fundó una comunidad de supervivientes, sino un pueblo enviado. Su Reino no nos permite resignarnos al sistema, ni desentendernos de sus víctimas. La conciencia crítica madura cuando deja de preguntarse únicamente cómo protegernos de una sociedad enferma y comienza a preguntarse cómo ayudar a los heridos en sus caminos.

Quizá sea ésta la utopía específicamente cristiana: no un lugar sin conflictos ni vulnerabilidad, sino comunidades reconciliadas con su propia fragilidad como para permanecer abiertas, compartir, discernir y comprometerse. Porque la salvación evangélica no consiste en encontrar un rincón donde nadie pueda contaminarnos, sino en descubrir que Dios nos espera precisamente allí donde la humanidad necesita ser “samaritaneada”.

Un hombre camina delante de un establecimiento en Toledo. Foto: EFE