Incentivar ¿para qué?


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Una de las ideas más generalizadas entre mis alumnos es la necesidad de incentivos para potenciar que los trabajadores hagan lo que la empresa pretende. Para profundizar algo más en este hecho, vale la pena recordar la definición de incentivo según el diccionario de la RAE: “estímulo que se ofrece a una persona, grupo o sector de la economía con el fin de elevar la producción y mejorar los rendimientos”. La definición es clara y nos aporta dos ideas subyacentes que tenemos que tener en cuenta.



La primera es que su objetivo es siempre mejorar el rendimiento. El incentivo tiene como fin lograr que los beneficios se incrementen, esa es su motivación principal. La segunda idea es que las personas, grupos o sectores, necesitan de estos estímulos para sumarse al objetivo final. Existe una desconfianza previa a que lo hagan de una manera autónoma, se considera que sin el incentivo es difícil conseguirlo.

Ofrecer un incentivo

El incentivo piensa siempre en un mundo en el que cada persona, institución o colectivo persigue únicamente, sus propios fines. Por ello, la empresa pretende obtener el máximo de beneficios posible, mientras que sus trabajadores, directivos, colaboradores, proveedores o instituciones relacionadas con ella intentan alcanzar unas metas diferentes. Si estas metas no son compatibles con las de la empresa, la única manera de “convencer”a los otros para que colaboren en la consecución de los fines económicos es ofrecerles un incentivo.

Esto supone basarse en un escenario en el que se descarta la posibilidad de acuerdo, de concordancia, de aunar voluntades, de trabajar en conjunto en pos de objetivos comunes. La colaboración, la cooperación son escenarios totalmente alejados del mundo de los incentivos, porque se supone todos se mueven, únicamente, para la consecución de sus propios objetivos.

El incentivo está, pues, alejado de aquellos que pensamos que es posible construir equipos y compartir valores para realizar una acción conjunta en la empresa que no precise de estímulos, que es posible dirigir equipos en los que todos persigan la misma meta. El incentivo potencia empresas confrontadas, atomizadas, de personas que solo buscan sus propios objetivos. Ante ello, hay que decir que es posible crear empresas que sean lugares de colaboración, en las que todos sus componentes persigan un objetivo común sin necesidad de ser incentivados. Buscar sendas para lograrlo y olvidarse de la política de incentivos es una de las metas de la empresa actual.