Mientras avanza el Mundial, millones de personas seguimos los resultados, analizamos alineaciones y discutimos sobre quiénes tienen más posibilidades de llegar lejos. Sin embargo, más allá de la emoción deportiva, el fútbol sigue ofreciéndonos lecciones que van mucho más allá de una cancha.
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Quizá por eso nunca he visto el fútbol únicamente como un espectáculo. Durante años formó parte importante de mi vida profesional y hoy, desde el ministerio sacerdotal, sigo descubriendo que muchas de las cosas que ayudan a construir un buen equipo también ayudan a construir una comunidad cristiana.
Una de las primeras lecciones es que nadie juega solo. Los reflectores suelen concentrarse en quien anota el gol decisivo, pero cualquier aficionado sabe que detrás de cada victoria hay entrenadores, auxiliares, preparadores físicos, utileros, médicos, suplentes y compañeros que hicieron posible ese momento. Algo semejante ocurre en la Iglesia, ya que con frecuencia admiramos a quienes tienen responsabilidades visibles, pero la vida de una comunidad se sostiene gracias al trabajo silencioso de catequistas, voluntarios, ministros, consagrados, sacerdotes y tantos fieles que sirven generosamente sin esperar reconocimiento. La pastoral no es una competencia de protagonismos sino un trabajo de equipo.
Otra enseñanza importante tiene que ver con la constancia. Ningún jugador llega al Mundial únicamente por talento, ya que detrás de cada partido existen años de entrenamiento, sacrificios, disciplina y perseverancia. También la vida espiritual requiere algo semejante, pues la fe no se improvisa sino que se fortalece en la oración cotidiana, en la escucha de la Palabra, en los sacramentos y en la fidelidad de cada día.
También hay que decir que vivimos en una cultura que busca resultados inmediatos y sin embargo, tanto en el deporte como en la vida cristiana, los procesos siguen siendo importantes. Lo que sucede en el momento decisivo suele ser fruto de muchas decisiones pequeñas tomadas durante mucho tiempo.

El obispo auxiliar, Francisco Javier Acero, bendice el estadio Banorte-Ciudad de México. Foto: Arquidiócesis de México
Hay además una lección más que me parece especialmente valiosa para la Iglesia de hoy. Un equipo no existe para permanecer eternamente en el vestidor. Se prepara para salir a la cancha. Algo parecido sucede con la comunidad cristiana. Corremos el riesgo de sentirnos cómodos dentro de nuestras estructuras, reuniones o actividades internas. Pero la misión de la Iglesia no consiste en quedarse resguardada, sino en salir al encuentro de las personas, especialmente de quienes más necesitan cercanía, esperanza y acompañamiento. El Evangelio siempre se juega en campo abierto.
Quizá por eso el fútbol sigue despertando tanto interés. En el fondo refleja muchas de las dinámicas fundamentales de la vida humana: el esfuerzo compartido, la capacidad de levantarse después de una derrota, la alegría de alcanzar una meta común y la importancia de confiar en los demás.
Mientras seguimos atentos al Mundial, tal vez convenga recordar que algunas de las lecciones más importantes no aparecen en el marcador. La Iglesia también puede aprender de la cancha.
Y quizá una de las enseñanzas más necesarias para nuestro tiempo sea esta: no basta tener buenos jugadores; hace falta aprender a jugar juntos.
Lo que vi esta semana
Equipos formados por personas muy distintas que persiguen un mismo objetivo.
La palabra que me sostiene
“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu“. (1 Co 12,4).
En voz baja
La comunión no consiste en que todos hagamos lo mismo, sino en que cada uno aporte lo mejor de sí para una misión compartida.
