Enrique Lluc
Doctor en Ciencias Económicas

¿La IA puede fallar?


Era domingo y habíamos llegado esa mañana al Monasterio donde nos encontramos laicos y consagrados de la familia carismática en la que vivo mi fe una semana al año. Como miembros del equipo organizador estábamos preparándolo todo para la llegada de nuestros hermanos durante la tarde y tocaba parar porque era la hora de la comida.



Paseaba por el magnífico claustro del siglo XV que allí se encuentra desplazándome hacia el lugar al que íbamos a comer las personas que ya habíamos llegado, cuando me abordó una pareja que había entrado en el monasterio. La barba blanca de él, sus ropas, la poca tersura de la piel de sus rostros junto con sus sonrisas mostraban que, o bien estaban disfrutando de una de sus últimos paréntesis laborales en verano, o bien vivían ya en el jubiloso estado en el que muchos entran cuando se encuentran en la séptima década de su vida.

Me saludaron muy educados y me preguntaron por el restaurante. Les informé que no había tal en el monasterio, que allí se celebraban eventos como bodas, pero que no se daba servicio de comidas. Afirmaron haber estado alguna vez en algún evento, pero insistieron en que habían visto información del restaurante y que, además, daban un menú familiar los domingos que era muy apreciado por los comensales.

Mensaje Movil

Les volví a decir que no era allí, que no había restaurante, que debían haber confundido la información de otro lugar. Que sí querían nosotros íbamos a comer y les invitábamos (preveíamos más personas de las que finalmente habían llegado para la organización y sabía que iba a haber comida de más). Les aclaré que era comida de rancho, no selecta como de restaurante, pero que no obstante estaba buena y que estaríamos encantados de que aceptasen la invitación.

La pareja sacó el móvil de su bolsillo afirmando que habían visto la información en Internet y que estaban seguros de que no se equivocaban, que había un restaurante allí que daba un menú interesante de domingo. Creo que vieron mi cara de perplejidad por su insistencia y me mostraron el móvil para que viese cómo lo que yo les decía era incorrecto.

Escepticismo

Miré la pantalla y allí estaba una información que les había dado un programa de IA en la que decía que el monasterio tenía un restaurante que ofrecía un menú familiar los fines de semana que tenía buenas puntuaciones. Ahí me salió mi deformación educativa o paterna, no se cual de las dos fue o si se trató de una combinación de ambas.

Les miré con toda la amabilidad posible y les dije que la información que me mostraban era de una IA y que estos sistemas fallan mucho, que al menos un 20% de sus respuestas son incorrectas. Me miraron con cara de escepticismo, parecían decir que cómo podía poner en duda lo que su móvil les decía. Les volví a invitar a comer con nosotros, pero con la misma amabilidad del principio agradecieron la invitación y dieron la vuelta para volver a su automóvil. Tuve la impresión que todavía pensaban que yo me equivocaba y que realmente existía ese restaurante del que hablaba su móvil.