La abadía
En la tradición litúrgica del rito romano destaca la abadía benedictina de San Pedro de Solesmes, situada en Francia. Sus orígenes hay que buscarlos en el año 1010, cuando fue fundada como un priorato dependiente de la abadía benedictina de Le Mans gracias a la iniciativa de Godofredo, señor de Sablé. A lo largo de los siglos, el monasterio sobrevivió a periodos convulsos como la Guerra de los Cien Años, pero la vida monástica fue suprimida y los edificios secularizados en 1790 durante los estragos de la Revolución Francesa. Su verdadero renacimiento y su posterior fama mundial ocurrieron a partir de 1833, cuando el joven sacerdote Prosper Guéranger adquirió el antiguo priorato, se instaló allí con tres compañeros y restauró la orden benedictina en Francia. Bajo su liderazgo, Solesmes fue elevada al rango de abadía y se convirtió en el gran epicentro del movimiento de renovación litúrgica y de la preservación y restauración del canto gregoriano.
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Su ritualidad ha sido centro de experiencias intensas como la que relata la filósofa Simone Weil de los oficios de Semana Santa de 1938. Entonces, Weil padecía de unas migrañas agudas que la atormentaban y mantenía una correspondencia con el escritor católico George Bernanos, con los horrores de la Guerra Civil española como trágico telón de fondo. En el ambiente de retiro que le proporcionó el monasterio, la pensadora dedicó su tiempo a meditar profundamente sobre la desgracia, el sufrimiento y la realidad del mal, concluyendo que la crueldad humana solo es posible cuando previamente se ha destruido el sentido de la dignidad en los demás.
A pesar de sus terribles dolores físicos y de encontrarse ante los ritos sagrados de una religión que no era la suya –aunque había vivido algo similar en 1935 contemplando en Portugal una procesión de pescadores–, la experiencia en Solesmes tuvo un impacto luminoso y transformador en su espíritu. Weil quedó cautivada por el misterio del canto gregoriano, afirmando haber “encontrado una alegría interior pura y perfecta en la inaudita belleza del canto y las palabras”. Además, durante esos días entabló amistad con dos jóvenes británicos con los que leyó poesía metafísica y ‘El rey Lear’ de Shakespeare, nutriendo su reflexión sobre la fractura del ser humano a causa del dolor. En aquella Semana Santa la belleza literaria y musical que Weil experimentó en la abadía no fue solo un ideal estético, sino un sentido de orden, amor y armonía; una luz de eternidad y gratitud que sirve como escudo espiritual frente al cinismo y la mentira del mundo.
La carta
Ahora, el abad de Solermes Dom Geoffroy Kemlin, cuyo lema es ‘Fratres in unum’, ha enviado una carta al papa León XIV en la que propone una solución integradora destinada a “poner fin a la querella litúrgica que perturba a los fieles” en países como Francia, Estados Unidos, Inglaterra y Alemania. El religioso ha comentado y difundido esta carta a partir de la emisora RCF. Es curioso que desde la abadía cuyo movimiento litúrgico fue clave para entender los pasos del Vaticano II ofrezca ahora un punto de encuentro que evite la marginación de las comunidades tradicionalistas sin alterar la liturgia moderna –algo que, se podría suponer, implica ensombrecer lo que ha surgido del concilio–.
En su misiva, el abad realiza su propio diagnóstico de la situación actual. Frente a las acusaciones habituales, Kemlin rechaza la idea de que la mayoría de los fieles apegados al rito antiguo de San Pío V utilicen la misa como un estandarte político o identitario. Desde su posición como ferviente defensor del rito de Pablo VI, el religioso asegura que estas personas prefieren la liturgia tradicional porque “viven en él una experiencia espiritual fuerte y auténtica, que no logran vivir con el nuevo misal”. Según Kemlin, ha llegado el momento de mirar esta realidad con lucidez y entender que la imposición forzada de un rito sobre el otro no es un camino viable para la unidad.
Para el abad, el núcleo del problema radica en que ambas liturgias no son simplemente intercambiables. Los dos ritos presentan “diferencias notables en cuanto a la ‘unción’ litúrgica, a las formas de entrar en la oración y entrañan antropologías diferentes” –a lo que hay que añadir la diferente visión eclesiológica–. Por este motivo, Kemlin descarta frontalmente la idea sugerida por algunos sectores de modificar o mezclar el actual misal de Pablo VI para hacerlo más parecido al antiguo. Advierte que una medida de este tipo descontentaría a todas las partes involucradas y solo serviría para generar nuevas fracturas, creando el riesgo real de acabar teniendo tres misales distintos en lugar de dos.
La solución
La solución concreta que la abadía pone sobre la mesa del pontífice consiste en la coexistencia pacífica bajo un mismo paraguas oficial. En concreto, Kemlin sugiere “insertar en el ‘Missale Romanum’ el antiguo ‘Ordo Missae’ […] dejando al mismo tiempo el nuevo ‘Ordo Missae’ sin cambios”. De esta forma, la Iglesia latina pasaría a tener un único Misal Romano y un solo calendario, pero con dos formas litúrgicas reconocidas e integradas en un mismo documento. Lo que propone es, podríamos decir, un remiendo.
Ahora bien, para que esta integración sea verdaderamente conforme al Vaticano II, el abad propone que el rito antiguo incorporado sufra unas adaptaciones mínimas. Estas incluirían la apertura al uso de lenguas vernáculas, la posibilidad de la concelebración y la inclusión de las cuatro plegarias eucarísticas modernas para quienes deseen utilizarlas. De implementarse esta iniciativa, la abadía confía en que se lograría acoger a los fieles más tradicionales sin ofender ni alejar a quienes están apegados a la reforma litúrgica moderna, recordando que la vocación histórica de Solesmes siempre ha sido estar al servicio de la Santa Sede y de la unidad de la Iglesia.
