¿Es fácil ser Papa hoy en día?


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El videojuego

Han visto la luz hace unos días algunas de las simulaciones de un nuevo videojuego que busca colmar las aspiraciones de quienes quieren saber que se siente al ser Papa. Un juego, ‘Pope Simulator’ que está a punto de ver la luz –para la extensión del simulador del papamóvil habrá que esperar un poco más– y que busca que el jugador se meta en el cuerpo de un pontífice desde el mismo de la misma elección por parte del cónclave.



Según los fragmentos disponibles, que son parecidos a las experiencias de otro juego ‘I Am Jesus Christ’ (Yo soy Jesucristo) también del desarrollador PlayWay SA, la primera bendición desde la logia de la basílica de San Pedro tras la elección no podía faltar. Además, el nuevo pontífice debe elegir su propio escudo con el que, dicen las presentaciones, podrá aplicar su “poder blando” sobre el mundo influyendo en peregrinaciones, apelando a la paz mundial, mediando en diferentes conflictos y extendiendo la influencia del Vaticano.

El CEO de la empresa Ultimate Games, Mateusz Zawadzki, es contundente respecto a la función del papado: “El Papa no tiene ningún poder militar o económico detrás de él, pero tiene otros medios de influir en el mundo, lo que fue evidente en la década de 1980, por ejemplo, cuando el sistema comunista en Polonia se derrumbó”, decía al presentar el juego evocando claramente a su compatriota polaco Juan Pablo II. “Nuestra idea supone la posibilidad de utilizar, entre otros, el llamado poder blando, y en consecuencia influir en el destino del mundo e interferir en la política internacional”, añade.

El jugador cumplirá esa función desarrollando distintas habilidades específicas (persuasión, conocimiento, sacrificio…) que cuando se vayan agotando solo podrán recargarse con la oración que rellene su depósito de espiritualidad. Bendiciones y desarrollando la fe de los demás podrá debilitarse a sí mismo ya que las acciones papales tienen sus consecuencias, como por ejemplo los países a visitar. Y para quien esto sea mucha presión, pronto saldrá el simulador de sacerdotes –como no, con exorcismo en una cabaña incluido–.

La influencia

Las imágenes de la pandemia en el Vaticano nos han mostrado al papa Francisco muy solo demasiadas veces. Una soledad que las redes sociales y los medios de comunicación han llenado con más presencia ausente que nunca. Para los estudiosos (malévolos) de las cifras de fieles en los acontecimientos de los últimos pontífices el ver la Plaza de San Pedro desierta en una mañana de Pascua es casi un sueño –aunque las circunstancia lo vuelvan una pesadilla porque lanzan seguramente el mensaje contrario al que esperan–.

Aunque el videojuego solo contempla las guerras de poder ei influencia con la sociedad y la política, las guerras intraeclesiales darían para unos buenos argumentos y dilemas. En los últimos años, han proliferado aquellos que ahora confunden la distancia social con la soledad de los creyentes que han dado la espalda al proyecto reformador de Francisco y añoran los valores de una autopretendida tradición en la que lo evangélico se diluye en las formas históricas.

La fuerte oposición a Francisco –que desbordaría a cualquier guionista del simulador– viene de sectores minoritarios pero muy resistentes. Sus fuentes de referencia están en el ‘testamento’ del arzobispo Viganò, la carta de los cardenales de los ‘dubia’ o en la narrativa esbozada en ‘El Papa dictador’ –un ensayo que circula por algunos círculos y que no se atrevió a firmar su autor, el historiador Henry J. A. Sire–. Con gran preocupación por la disciplina canónica y una moral tradicional no siempre iluminada directamente por los valores evangélicos –mientras se enmascara una defensa al capitalismo más salvaje–, minusvaloran la fuerza de la misericordia o el acercamiento de Francisco al mundo que ha olvidado a Dios, aunque sin hacer proselitismo –¿no era esto la nueva evangelización?, podríamos preguntarnos–.

Afortunadamente, los hechos son la mejor respuesta a la combativa campaña de desprestigio que lanza el fuego amigo interno contra Francisco un día sí y otro también. Los que ahora usan la fe de la gente sencilla para generar tensión social contra las medidas preventivas adoptadas por el Papa y los obispos frente a la emergencia sanitaria, son los mismos que han hecho este pulso durante este pontificado cuando no hace tanto hacían una fuerte llamada a la obediencia (hasta la sumisión).

Sin embargo, Francisco no esta solo. Su política de comunicación del silencio ante provocaciones como la del arzobispo Viganò o la carta de los cardenales inquietos con el tema de la comunión de los divorciados vueltos a casar es frágil en algunos momentos. Pero, a veces, da sus frutos.

Los periodistas

Cuando el papa Francisco volvía de Irlanda en agosto de 2018, tras la publicación del informe de Pensilvania y la petición de renuncia que le hacía Carlo Maria Viganò, el pontífice confió en la capacidad crítica de los periodistas. “He leído esta mañana ese comunicado, lo he leído y le diré sinceramente a usted y a todos los que están interesados: lean atentamente el comunicado y hagan su propio juicio”. Y añadió: “No diré una palabra sobre esto, creo que el comunicado habla por sí mismo y ustedes tienen la capacidad periodística suficiente para sacar sus conclusiones. Es un acto de fe”. “Cuando pase algo de tiempo y ustedes tengan las conclusiones tal vez hablaré… pero yo quisiera que vuestra madurez profesional haga este trabajo. Hablamos más adelante, ¿está bien?”, concluyó.

Esa madurez profesional ha ido dando sus frutos. De forma rigurosa –frente al tono errático de ‘El Papa dictador’–, Andrea Tornielli y Gianni Valente trazaron al auténtico perfil y las contradicciones del arzobispo Viganò en ‘El día del juicio’ (Piemme, 2018) poniendo el foco en los intereses de los tradicionalistas –principalmente de Estados Unidos y Roma– contra el pontificado de Francisco. Y ahora han seguido haciendo su camino y sacado sus conclusiones más periodistas que siguen de cerca al papa Francisco. Es el caso de Nicolás Senèze, el corresponsal del diario francés ‘La Croix’ con ‘Cómo EE.UU. quiere cambiar de papa’ (San Pablo, 2020) y en estos días el corresponsal de ‘The Tablet’ Christopher Lamb con ‘The Outsider: Pope Francis and His Battle to Reform the Church’ (Orbis Book, 2020) o el periodista italiano Iacopo Scaramuzzi con ‘Dio? In fondo a destra. Perché i populismi sfruttano il cristianesimo’ (Emi, 2020).

Y un dato más. Curiosamente, en el relato que entrelazan los nombres de quienes están empeñados en precipitar el fin del pontificado; personas que se pueden comparar con las fuentes de otros trabajos periodísticos que sonrojarían la conciencia de quien se considera un “hijo fiel de la Iglesia”. Un doble juego peligroso que se puede volver en contra a cualquiera porque “no todo vale” aunque sea para destronar un Papa.