Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

El verdadero propósito


Últimamente se ha vuelto muy popular hablar de tener un propósito de vida como una de las claves para alcanzar plenitud y bienestar. Sin embargo, para muchas personas, descubrirlo se transforma en todo un desafío. No saben dónde buscarlo, se frustran y comienzan a sentirse incluso al debe frente a esta nueva exigencia existencial.



En una reunión de mujeres en la que participé esta semana, cerca de veinte reconocían no tener idea de cuál podía ser su propósito. Algunas lo decían casi con culpa, como si a cierta edad una debiera tener perfectamente claro para qué vino al mundo.

Tener un sentido de vida, un motor interno que nos permita levantarnos cada mañana con entusiasmo y alegría, es sin duda fundamental. Sin embargo, incluso algo tan profundo como esto se ha ido contaminando con la lógica del hacer, del producir y del rendir. Y vale la pena detenerse ahí.

Durante la primera mitad de la vida, el propósito de muchas personas suele estar puesto en alcanzar una posición económica, profesional y social, formar una familia, construir seguridad y sacar adelante proyectos. Todo esto responde a necesidades vitales importantes: pertenecer, afirmarnos, encontrar nuestro lugar y desenvolvernos en el mundo.

Período de transición que llamamos madurescencia

Pero, con los años, especialmente durante ese período de transición que llamamos madurescencia, muchos de esos propósitos comienzan a debilitarse. Los hijos crecen, los roles cambian, el cuerpo también, algunos logros pierden importancia y ciertas identidades que nos sostuvieron durante décadas ya no alcanzan para explicar quiénes somos. Entonces aparece un vacío que no siempre sabemos cómo llenar.

Algunos no alcanzan a reconocer la oportunidad que la vida les está ofreciendo para encontrar un sentido más profundo, trascendente y eterno, y se afanan en seguir sosteniendo fines que comienzan a quedar atrás, como la juventud, la imagen, el éxito o el poder sobre los demás. El paso del tiempo y la vulnerabilidad pueden convertirse entonces en enemigos insoportables.

Cuando nos aferramos demasiado a esos personajes que hemos construido para desenvolvernos en el mundo, podemos volvernos rígidos, ansiosos, obsesionados con controlar o demostrar. Tal vez porque todavía no hemos logrado dar ese salto hacia un propósito más profundo, que nace menos del personaje que hemos construido y más del ser esencial que somos.

La sociedad del rendimiento en que vivimos

El problema no radica solamente en nuestras propias heridas o inseguridades, sino también en la sociedad del rendimiento en que vivimos. Hemos aprendido a medirnos por lo que hacemos, conseguimos, producimos y mostramos. Por eso muchos continúan buscando su propósito en algo externo: en tener más, verse mejor, conseguir una posición o cumplir una meta. Incluso quienes buscan algo más noble, suelen hacerlo desde el hacer y no desde el alma.

Mirada

Las mujeres de aquella reunión, por ejemplo, buscaban su sentido de vida en la familia, en la profesión o en algún proyecto que todavía no habían logrado descubrir. Pero, antes de ser madres, profesionales, esposas, cuidadoras o emprendedoras, eran seres humanos llamados a la vida por algo todavía más profundo: llegar a ser plenamente aquello que estaban llamadas a ser.

Tal vez ahí esté una de las claves. Los roles y responsabilidades pueden confundirnos con respecto al propósito verdadero que debería ordenar nuestra vida y ayudarnos a construir nuestra propia felicidad y también la de los demás.

Lo que llena el alma es dejar un legado de amor

Más que dejar un legado de obras, empresas, cargos, productos o éxitos, lo que finalmente llena el alma es dejar un legado de amor que impregne todo lo anterior. Que nuestras obras terminen siendo la expresión visible de una manera única y preciosa de ser, aquella que Dios creó para embellecer con diversidad su jardín.

Nuestro propósito, entonces, no tendría por qué transformarse en otra carga sobre una espalda muchas veces ya saturada de deberes, exigencias y deudas. Puede tener mucho más que ver con conocernos profundamente, aceptar el claroscuro que somos y atrevernos a entregar esa originalidad al entorno.

Tener un propósito que nos levante cada mañana quizás no consista en agregar una nueva tarea a la lista, sino en florecer cada vez con mayor autenticidad.

Una de las grandes oportunidades de la segunda mitad de la vida

Hemos sido creados por amor y para amar y, como templos vivos del Espíritu Santo, estamos llamados a ir despejando todo aquello que fue ocultando ese amor en nosotros. Quizás ese sea uno de los grandes desafíos y también una de las grandes oportunidades de la segunda mitad de la vida.

Unas personas serán esencialmente sabias; otras, artistas; otras, cuidadoras; otras, líderes; otras, reflexivas, creativas, contemplativas o capaces de escuchar. Y luego está todo el sinfín de combinaciones únicas e irrepetibles que el Padre soñó para cada uno.

El propósito de una artista, por ejemplo, quizás no sea dejar una enorme colección de obras, sino regalar su mirada creativa y su sensibilidad hacia la belleza en cada lugar donde esté. El propósito de una persona cuidadora quizá no pueda medirse por cuánta gente alcanzó a cuidar, sino por esa disposición permanente a estar atenta a las necesidades de quienes la rodean.

Qué dejamos de nosotros en cada gesto

Lo que hacemos importa, pero tal vez importa todavía más desde dónde lo hacemos y qué dejamos de nosotros en cada gesto. Que el rendimiento no termine desviando nuestra brújula existencial.

Quizás el verdadero propósito no sea descubrir qué gran cosa vinimos a hacer, sino reconocer cuál es ese acento único que Dios puso en cada uno y atrevernos a entregarlo al mundo. Florecer en amor y en servicio, cada uno desde su propia originalidad, puede ser mucho más que suficiente para encontrar la plenitud que tanto buscamos.