Es la clave de lectura que subyace a todo lo que, con mayor o menor acierto, escribo desde mi experiencia de médico cristiano: las personas estamos hechas a imagen y semejanza de Dios. Esa afirmación está en la raíz de nuestra fe y debe inspirar una praxis profesional.
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Como he explicitado otras veces, carezco de la formación necesaria en teología y filosofía para escribir desde esos campos sobre los enfermos que atiendo. Por fortuna, hay en esta revista quien sabe y puede hacerlo. Yo reflexiono desde la fe y narro lo que vivo día a día en las salas de hospitalización y la consulta donde atiendo pacientes que, en ocasiones, parecen haber perdido todo lo que les definió. Me refiero a las personas con demencia u otras patologías que han afectado al funcionamiento del cerebro.
Atiendo a pacientes que no hablan
Atiendo a pacientes que no hablan, no se relacionan, han perdido el control de sus esfínteres. En las fases terminales, incluso el instinto de alimentarse. Diríase que el hombre o la mujer que conocimos ya no existe. Sin embargo, su dignidad permanece, porque es anterior al raciocinio, a la expresión verbal, a una concepción basada en el ser humano como ser pensante o actuante. Más allá de todas esas capacidades, mientras hay vida, queda una persona vulnerable y enferma que nos está pidiendo que le cuidemos.
Es la imagen especular del recién nacido, en el otro extremo cronológico de la existencia. De igual modo que el enfermo con demencia depende de los cuidadores para todo, ocurre con la persona que acaba de llegar al mundo, si bien en este caso, lleno de posibilidades, de potencialidades. Mientras que el cuidado del niño ilusiona, el del anciano suele agotar.
Una llamada a la santificación
Sin embargo, supone una llamada a la santificación, al sacrificio, a una entrega gratuita, consciente de que no se va a recibir agradecimiento o reconocimiento alguno. Se cuida para cumplir un deber. Tenemos la posibilidad de devolver a la madre, al padre, al hermano o a la hermana el cariño que nos dieron, el tiempo que nos dedicaron, las oportunidades vitales que nos otorgaron con su esfuerzo.
Esa es la motivación que debemos buscar en la atención a pacientes que carecen de curación, cuyos cuidados pueden parecernos fútiles y que tanto desgastan a las familias.
Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país.
