En uno de estos últimos domingos tuvimos ocasión de escuchar el evangelio en el que uno de los hijos le dice al padre que va a ir al campo a trabajar y no lo hace mientras que su hermano recapacita después de negarse a ir y acaba trabajando en las tierras familiares. En mi parroquia, el sermón del oficiante giró en torno a la enseñanza que podemos sacar de esta lectura en nuestro comportamiento cotidiano.
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El comentarista del “Evangelio Popular 2026” de PPC, ese pequeño librito en el que podemos leer el evangelio de cada día y un comentario realizado por especialistas, había encontrado esa misma mañana otra enseñanza que me ha hecho pensar.
Ser católico está de moda en determinados ambientes. Muchas personas lucen signos externos de su catolicidad en los que muestran a los demás, de una manera palpable a primera vista que ellos van a ir a trabajar la viña de Dios Padre. Las personas han perdido el miedo a mostrar que son católicas.
Ya no es algo que hay que esconder como ha sucedido en algún tiempo anterior. Es cierto que esto no sucede en todos los lugares ni en todos los ambientes, pero se ha producido un cierto cambio. Creo que esto es positivo para todos, pero corremos el peligro de que muchos de estos católicos que van con la cruz por delante, se comporten como el primer hijo de la parábola.
Postureo externo
¿Cuántas muestran en sus vestimentas y en sus expresiones que son católicas, pero cuando tienen que querer al hermano, cuando tienen que priorizar a los más desfavorecidos, cuando tienen que ser misericordiosas, cuando tienen que aplicar criterios cristianos a su toma de decisiones no lo hacen? Sé que esta pregunta es imposible de contestar pero nos lleva a la reflexión.
Porque trabajar para construir el Reinado de Dios en la tierra que es a lo que estamos llamados todos, no se logra diciendo que voy a hacerlo, o vistiendo determinados complementos que proclaman a los demás lo que queremos ser, sino poniéndose manos a la obra y bajando al barro del campo del padre para ensuciarnos las manos y los pies.
Cuando se lee esta parábola, todo el mundo (cristianos o no cristianos) consideran que la posición adecuada es la del hermano que acaba trabajando, no del que dice que va a hacerlo. Esto creo que debe ser una llamada de atención para todos nosotros. Lo que tradicionalmente se ha denominado ir con la cruz por delante, puede no ser la posición más adecuada para anunciar el evangelio, mostrar su luz y no esconderla bajo el celemín.
Porque lo que aprecia todo el mundo no es que se diga, sino que se haga. Los signos externos y las declaraciones de nuestra catolicidad o cristianismo no sirven para el anuncio si no vienen acompañadas de un verdadero testimonio de que el amor es lo que nos mueve. Lo que espera el mundo de nosotros no son personas que exhiban con signos externos que trabajan en el campo, sino cristianos que, sin lucirse de sus creencias, se remanguen para trabajar y muestren que su fe es lo que les mueve a hacerlo.

