Las generaciones nuevas muestran sed de Misterio, deseo de trascendencia, quieren redescubrir la consagración de la Creación. Buscan la tradición no por repetir fórmulas que, a veces, no tienen más de cien o ciento cincuenta años de existencia, sino porque en el fondo anhelan lo eternal.
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La búsqueda de espiritualidad es un movimiento cíclico en la historia de la humanidad. Sucedió, tras las decepciones con el Imperio español, tras la generación de las revoluciones ilustradas o después de los campos de concentración de la II Guerra Mundial. Y lo es ahora en un mundo llevado al extremo por el hipercapitalismo y el imperio tecnocrático que prometía comunicación y ha multiplicado las soledades y abandonos.
Buscar a Dios en estos tiempos de superconsumismo corre el riesgo de forzar a que la imaginación y la emoción simulen lo que el alma no necesita. La cultura actual simula el amor vendiendo melodrama, la cursilería da forma incluso a los relatos de terror y al mayor poder del mundo. Nos inunda la cursilería y hay un riesgo de ‘cursimisticismo’, con formas desencarnadas e intimistas de mala poesía y falso lirismo, ojos en blanco, lenguajes ridículos, fetichismos y nuevos ‘relicarismos’, dirigido todo al contentamiento y la sumisión.
Oramos para amar
Mejor dejarse de lo que santa Teresa de Jesús llamaba “boberías”. Sin amor no hay oración, y oramos para amar. A todos. En los pobres Dios nos espera.
Cada vez que a uno de estos mis hermanos más pequeños se lo hicisteis –vestir, alimentar, liberar, dar hogar, educar, consolar, acompañar…–, a mí me lo hicisteis. Mt 25,35 es la gran vía mística que nos ofrece Jesucristo: la mística corporal de la herida, el cuerpo místico de los pobres. En esa vía inmediata estamos uniéndonos a Dios no desde el mundo de las ideas, sentimientos o imaginaciones, sino mano a mano, cuerpo a cuerpo. No es cursi, es carne.
