Cuidar al corazón que falla


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En nuestro interior late de forma automática un motor que bombea sangre desde muy pronto en el desarrollo embrionario hasta nuestra muerte, que acontece cuando este compañero se detiene. A lo largo de nuestra vida, podemos cuidarlo o dañarlo. Tiene múltiples enemigos que le acechan; algunos podemos controlarlos, otros no. Es obvio que hablo de nuestro corazón, un motor que dispone de cuatro cámaras con sus correspondientes válvulas que las comunican, tuberías por donde la sangre accede y lo abandona para llevar oxígeno a los tejidos, y una circuitería autónoma que regula su funcionamiento, aunque con cierto control del ordenador central, el cerebro.



¿A qué enemigos me refiero? Al tabaco, a las drogas como la cocaína, al alcohol en cantidad excesiva y a los niveles elevados de colesterol, por lo general consecuencia de un estilo de vida sedentario y un tipo de alimentación rica en grasas y azúcares. ¿Cómo cuidarlo? Evitando aquello que lo daña, comiendo sano –sin obsesionarse con ello– y teniendo un objetivo en la vida que nos mantenga activos, con cierta ilusión y en paz con nosotros mismos. La fe puede jugar en todo esto un papel trascendental. Así expresado, es bastante sencillo, pero la realidad es más compleja porque no controlamos todos los factores de la ecuación. Aunque, como marco conceptual, puede ayudar.

Médico general

Difícil de arreglar

Gran parte de mi práctica profesional consiste en cuidar este motor cuando comienza a fallar, cuando su funcionamiento es defectuoso o insuficiente. Entonces es muy difícil de reparar y nos vemos obligados a apoyarlo con medicamentos o dispositivos para que siga funcionando. Es difícil arreglar aquello que se ha estropeado o desgastado durante años, que quizás no se ha cuidado bien. En muchas ocasiones, no por mala voluntad, a veces por descuido, o porque los seres humanos no acertamos. Querríamos hacer las cosas mejor, pero no sabemos, o no nos han enseñado, o no poseemos las herramientas necesarias.

La persona obesa que sigue comiendo en exceso no lo hace porque quiera enfermar, sino porque así compensa otros sinsabores o carencias. Lo mismo ocurre con el que fuma o el que bebe; no quiere hacerse daño, pero no puede evitarlo. La edad y el conocimiento de las propias limitaciones y defectos me ha hecho más comprensivo con los de mis semejantes, sean enfermos o sanos. Por ello, comprendo a los pacientes que no siguen mis consejos en la consulta, aunque preferiría que lo hiciesen.

Mientras podamos, cuidemos a ese amigo que está en nuestro pecho y late de forma infatigable. Y, cuando falle, ojalá podamos apoyarlo para que siga funcionando un tiempo más. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos