David Jasso
Vicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

Cuando el papa enferma, nosotros…


Estamos acostumbrados a ver al Papa de pie, saludando multitudes, celebrando la Eucaristía, recorriendo países, pronunciando discursos, recibiendo personas y recordándonos, una y otra vez, que no podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás.



Pero en estos días la imagen es distinta ya que el papa León XIV ha tenido que ingresar a un hospital, someterse a una intervención quirúrgica y comenzar un proceso de recuperación. Según las informaciones difundidas, la operación ha salido bien, aunque todavía habrá que esperar los resultados médicos que permitan conocer mejor su situación.

Y entonces sucede algo que merece nuestra atención: el hombre que nos ha pedido rezar por los enfermos, ahora necesita que recemos por él. Vivimos en una sociedad que suele asociar el liderazgo con la fortaleza, la seguridad, el control y la capacidad de resolverlo todo. Nos cuesta aceptar que quienes tienen grandes responsabilidades también se cansan, enferman, necesitan ayuda y deben detenerse.

Y esto no sucede solamente con el Papa, ocurre con nuestros padres, con quienes dirigen nuestras instituciones, con los sacerdotes, con quienes cuidan a los enfermos y hasta con esa persona de la familia que siempre está disponible para todos. A veces nos acostumbramos tanto a que alguien nos sostenga, que olvidamos preguntarnos quién lo sostiene a él. La enfermedad tiene esa extraña capacidad de recordarnos que, antes que cualquier responsabilidad, somos personas. También el Papa.

Hay una escena en los Hechos de los Apóstoles que estos días adquiere un significado especial. Pedro había sido encarcelado por Herodes. Mientras permanecía bajo custodia, la comunidad cristiana oraba insistentemente a Dios por él (cf. Hch 12,5). Es una imagen preciosa de la Iglesia naciente donde Pedro era una referencia para aquella comunidad, pero no estaba solo ni era autosuficiente, necesitaba de los demás. Así, aquellos primeros cristianos comprendieron que la comunión también consistía en sostener a quien los sostenía.

El papa León XIV, a su llegada al Gemelli para ser operado del pulmón

El papa León XIV, a su llegada al Gemelli para ser operado del pulmón. Foto: EFE

Han pasado casi dos mil años y la escena, con circunstancias muy distintas, vuelve a decirnos algo. Hoy el sucesor de Pedro atraviesa un momento de fragilidad y una Iglesia extendida por todo el mundo se une para pedir por su salud.

Pero creo que hay una enseñanza todavía más profunda. No deberíamos necesitar que enferme el Papa para recordar que todos necesitamos ser cuidados. Mientras seguimos las noticias de su recuperación, hay miles de personas que atraviesan situaciones semejantes sin que nadie conozca sus nombres: enfermos que esperan resultados, familias que viven la incertidumbre de un diagnóstico, personas que enfrentan tratamientos prolongados y cuidadores que llevan meses sin descansar.

Quizá nuestra oración por León XIV pueda abrirnos los ojos para reconocerlos también a ellos. Porque rezar por el Papa no tendría que ser solamente una expresión de afecto hacia su persona, sino también una oportunidad para renovar nuestra sensibilidad ante el sufrimiento humano.

En estos días, seguramente escucharemos nuevos informes sobre la salud del Santo Padre. Habrá preguntas, preocupación y deseos de conocer su evolución. Ojalá sepamos acompañarlo con discreción, respeto y esperanza, sin convertir su enfermedad en motivo de especulaciones.

Porque cuando el Papa enferma, nosotros rezamos, pero también podemos aprender algo que él mismo nos ha enseñado: cuidar a quien necesita ser cuidado.

Lo que vi esta semana

Al papa León XIV entrando por su propio pie al hospital.

La palabra que me sostiene

San Judas Tadeo, intercede por la salud del Papa.

En voz baja

Oremos por nuestros enfermos.