Crónica breve de un viaje


En mi época de estudiante universitario, pasé casi seis meses en la ciudad de Leicester, en los Midlands, la Inglaterra profunda, tan distante y distinta de las ciudades turísticas. Fue en 1978 y 1980. El país y el mundo eran muy diferentes, también yo lo era. Aprendí inglés, medicina y conocí un país que se alejaba del imperio hacia un destino incierto.



He vuelto unos días este verano a visitar al amigo que me alojó entonces, hoy convertido en un anciano. He encontrado una ciudad diferente, un país diferente y he reflexionado sobre mi propio recorrido vital, 46 años después. De estudiante de medicina a médico en la frase final de su vida profesional; de adulto joven, a casi jubilado.

La ciudad ha perdido su carácter

La ciudad ha perdido casi todo su carácter. Han desparecido las antiguas tiendas (como en casi todas las ciudades), que fueron referencia de generaciones enteras, sustituidas por cadenas y franquicias que puedes encontrar en cualquier otro lugar. Donde había clásicos “tea rooms”, ahora hay cafeterías industriales, casi todas idénticas, de escasa personalidad.

Quizás la catedral fue el mayor desengaño: un lugar de culto ha devenido en una suerte de parque temático, muy estético pero que en nada invita a la oración y el recogimiento, al encuentro con Dios. Es curioso.

Médico general

He visitado los parques por los que caminé y corrí de joven (antes de que las rodillas dijesen “basta”), las calles por las que iba a la universidad (que ha doblado o triplicado su tamaño); he recorrido los caminos contiguos a los canales que se dirigen a los “Foxton locks”, el ingenioso sistema de esclusas mediante el que las barcazas que se dirigían desde el norte hasta Londres superaban las diferencias de nivel.

Un país que se esforzaba en modernizarse

He recordado a un joven que despertaba a la vida, que descubría un mundo que en Inglaterra se revelaba más extenso y abierto que la España en que vivíamos, pocos años después de la muerte de Franco; un país que se esforzaba en modernizarse, en medio de tensiones hasta hoy no resueltas, que sufría un terrorismo de izquierdas que se prolongó durante décadas y sembró calles y plazas de sangre y de dolor.

Un país cuyos campos también ardían en verano; una catástrofe que, a tenor de lo que veo, no ha hecho sino empeorar.

Mi amigo reparte su tiempo entre Inglaterra y una casa que compró en el Levante español, buscando el sol y el calor que faltaban en su país de origen. Mejoró su español, enviudó, pasaron los años, recuperamos una relación por teléfono y correo electrónico, que ha cristalizado en mi visita de este mes. Ahora toca, al modo ignaciano, “reflectir y sacar provecho” de lo vivido durante esos días.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país.