Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Arrodillarse, un símbolo universal del siglo XXI


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Las masivas protestas que han puesto a cuarenta grandes ciudades de Estados Unidos en toque de queda por primera vez en la historia se identifican por un símbolo que se está haciendo universal: arrodillarse. Ha traspasado las fronteras y vemos cómo decenas de miles de personas se arrodillan en plena calle en Canadá, Inglaterra, Francia o Hong Kong. La frase “No puedo respirar” que el mundo ha oído exclamar a George Floyd con su cuello bajo la rodilla de un policía de Minneapolis no queda circunscrita a él. El país entero clama “No puedo respirar”. Somos toda la humanidad la que clamamos “No podemos respirar” en este mundo en plena destrucción ecológica -la quema del Amazonas se ha acelerado durante la pandemia-, en este mundo de capitalismo extremo, no podemos respirar en este mundo de populismos autoritarios, no podemos respirar en un mundo que deja morir a sus ancianos sin asistencia vital. No podemos respirar. 



¿Por qué se arrodillan quienes protestan contra los crímenes y discriminaciones racistas en Estados Unidos, con motivo de la muerte de George Floyd? Se arrodillan, en primer lugar, como un acto de plegaria. Esa plegaria común en plena calle es un gesto de la ciudadanía activa y en lucha por la vida, porque todas las vidas importan. Es una plegaria interconfesional, plural, inclusiva, a la que se unen incluso no creyentes. Todos nos arrodillamos ante algo que nos trasciende y nos acoge, que para unos culmina en un Dios que nos abraza y para todos es la fraternidad universal, la dignidad humana, que cada vida es única y sagrada. 

Vulnerables e interdependientes

Quien se arrodilla hace una oración o se dispone a sí mismo a esa trascendencia de la humanidad como una única familia de libres, únicos e iguales. Arrodillarse es signo de que uno depone sus arrogancias y ambiciones, sus particularismos y privilegios. Quien se arrodilla se humilla, porque nos sabemos vulnerables e interdependientes, es un acto de humildad. Y también expresa disposición al otro, querer servir al prójimo. Cuando uno se arrodilla se muestra manso y pacífico ante el otro, expone su cuerpo, es el puesto del servidor. Sabe que su libertad y autonomía solo tiene sentido dentro de la fraternidad humana, de la solidaridad intergeneracional, de la unidad que formamos en el cosmos. 

Varios manifestantes en Washington contra el asesinato de George Floyd. EFE

Varios manifestantes en Washington contra el asesinato de George Floyd. EFE

En las impresionantes manifestaciones que han estremecido toda la piel de Estados Unidos, hemos visto cómo la ciudadanía se arrodillaba ante la policía. No estaba haciendo un acto de sumisión, sino mostrando su voluntad de paz, mostrando respeto y también respondiendo a la violencia con silencio. Recuerda a aquel cristo ante Poncio Pilato, que calla y deja desnudo todo el poder imperial. Nos ha sobrecogido cómo la propia policía y la guardia nacional han hincado su rodilla ante la gente, ante los afroamericanos que sufren la más marcada desigualdad del planeta. Policías abrazados a ciudadanos de rodillas juntos, los bomberos, los políticos demócratas, alcaldes, gobernadores, se han arrodillado ante ese crimen, ante la muerte de ese hombre cuya vida no importó. Arrodillarse dice que toda vida importa y que deponemos nuestras fuerzas ante la más vulnerable de ellas.  

Memoria y compromiso

Los sanitarios que todavía luchan en los hospitales por salvar vidas en medio de la pandemia del coronavirus, también han salido a las puertas de los hospitales a ponerse de rodillas por la muerte de George Floyd, para hacer memoria y no olvidar su muerte, para orar por su alma, pero también para comprometerse ellos, ante los cuales deberíamos hacer los demás una genuflexión por su entrega, por lo que de verdad hay que salvar.  

Concrentración en memoria de George Floyd en París. EFE

Concrentración en memoria de George Floyd en París. EFE

Arrodillarse era criticado por algunos como un acto indigno en el que el sujeto hace dejación de su autonomía y orgullo, en el que el creyente se hacía sumiso y rendía su libertad ante un Dios. Ahora es redescubierto por gente de todas las religiones, razas y edades como un signo sublime en el que se pone de manifiesto lo más sublime del ser humano. El hombre de rodillas culmina lo humano porque, sin dejación de libertad ni dignidad, pone su vida, su tiempo y su poder al servicio de los hermanos, rinde tributos a las víctimas, sabe que hay algo que nos trasciende y hace pleno. El hombre que es capaz de arrodillarse ha ido mucho más allá de aquel paso que nos hizo ponernos hace un millón de años en pie.  Ahora es un gesto que repiten millones de jóvenes en Estados Unidos y el mundo 

Protesta contra la muerte de George Floyd en Madrid. EFE

Protesta contra la muerte de George Floyd en Madrid. EFE

La humanidad necesita arrodillarse para estar más cerca de la tierra, para agradecer y cuidar, para manifestar respeto y sentir profundamente. La genuflexión es el más radical acto de protesta y transformación. No era algo olvidado en el pasado: ahora es uno de los signos universales del siglo XXI.