¿Aportan confianza y esperanza los medios de comunicación de hoy?


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Una jornada

El Vaticano II nos ha dejado un auténtico rosario de jornadas eclesiales. Los cincuenta años que están cumpliendo alguna de las que van acumulando mayor solera dan testimonio de ello. A medida que, en el inmediato postconcilio, se iba creando este nuevo calendario, comparable al de la ONU con sus días internacionales, se iban poniendo en el centro de la arena eclesial temas relevantes que hasta el momento podían haber quedado ensombrecidos.

Así, los púlpitos y los foros de las asociaciones eclesiales más sensibles a cada uno de los contenidos de las jornadas han acogido todo tipo de carteles, temas, mensajes papales, reflexiones de la comisión episcopal de turno…

Aunque, a medida que ha pasado el tiempo, las parroquias se sienten sometidas a un vaivén de “jornadas de…” que las ha obligado a ceñirse a las fundamentales: el DOMUND, la colecta de la Iglesia diocesana, el día del seminario, puede que también la jornada del enfermo… dejando apenas un sitio en la puerta para el poster de la última campaña que las delegaciones de cada diócesis envían puntualmente.

Puede que una de estas jornadas que viven cierta discreción, más allá de los ámbitos más sensibles, sea la de las comunicaciones sociales. El próximo domingo 28 de mayo, día de la Ascensión del Señor, es el día en el que se plasmó el compromiso por el mundo de la comunicación del Vaticano II.

El decreto ‘Inter mirifica estableció precisamente que “debe celebrarse cada año en todas las diócesis del orbe, a juicio de los obispos, una jornada en la que se ilustre a los fieles sobre sus deberes en esta materia, se les invite a orar por esta causa y a aportar una limosna para este fin”.

Precisamente, la historia de este documento refleja la oposición que sufrió la cuestión comunicativa. La redacción del texto no se asignó a ninguna de las comisiones, se repartieron folletos en contra haciendo que los moderadores llamasen a todos al orden, fue el documento con mayor número de votos en contra aunque obtuvo los dos tercios necesarios…

Francisco, durante la rueda de prensa en el avión tras el viaje a Egipto

Un mensaje

Cada año, en el día de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas católicos, el papa publica el mensaje para estimular la reflexión en esta jornada. Esta vez, pasado el año de la misericordia y siguiendo el tema que Francisco está desarrollando en sus catequesis semanales, el mensaje lleva el título: “Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos” y va acompañado de la cita bíblica: “No temas, que yo estoy contigo” (Is 43,5).

Dirigido a todos los cristianos –que somos, por definición, anunciadores de la Buena Noticia–, ofreciendo pautas comunicativas más allá de los esquemas en los que se mueven los profesionales y los medios de comunicación, el papa Francisco invita a moverse en los horizontes del Espíritu: “La confianza en la semilla del Reino de Dios y en la lógica de la Pascua configura también nuestra manera de comunicar. Esa confianza nos hace capaces de trabajar –en las múltiples formas en que se lleva a cabo hoy la comunicación– con la convicción de que es posible descubrir e iluminar la buena noticia presente en la realidad de cada historia y en el rostro de cada persona”.

Los obispos de la comisión episcopal del ramo ofrecen también una lectura posible del mensaje papal. En esta ocasión relacionan la comunicación de la esperanza con la comunicación de la verdad, en un tiempo marcado por el relativismo de la llamada “postverdad”.

En esta sociedad en la que manda “la opinión mayoritaria o lo socialmente correcto”, los obispos españoles invitan a moverse por arenas menos movedizas: “En el terreno de la verdad brotan y florecen todas las grandes realidades necesarias para el desarrollo de la humanidad: el amor, el conocimiento, el progreso, la alegría, la esperanza, la confianza. Nada de ello hay en la mentira o en el ocultamiento de la verdad. Estamos a tiempo de permanecer en la verdad como motor imprescindible de la humanidad”.

Una cuenta pendiente

Partiendo del presupuesto de que seremos afortunados si, el próximo domingo, al menos una de las intenciones de las peticiones de la misa se acuerde de los comunicadores, está claro que en la relación Iglesia y medios de comunicación no todo está solucionado.



En la sociedad, en la que cada persona puede ser productora de contenidos que lleguen en cuestiones de segundos a millones de personas solo con un teléfono en mano, la presencia cristiana se diluye en la proliferación del pantallas del ciberespacio.

La confianza y la esperanza que impulsa a transmitir Francisco, más allá de los medios de propiedad confesional, es una tarea para todos. En este sentido, el protagonismo que los cristianos pueden tener pasa por desvincularse por rancias plataformas dudosas que han renunciado a inculturarse en los nuevos leguajes digitales. La responsabilidad en el uso, en el consumo, en la transmisión de mensajes –ya sea la palabra del obispo o cualquiera de los bautizados– no es una piedra arrojadiza que potencia la autocensura, tiene que ser el empeño de quien entiende la fuerza de la ilusión y la esperanza, tanto en el contexto digital como en el analógico.

La comunicación no es más que la expresión de un encuentro –lo repite también Francisco en su mensaje–. La clave son las personas que transmiten emociones, datos, preocupaciones, sentimientos, silencios elocuentes…

Eclesialmente hablando, ¿se ve la comunicación en esta perspectiva? ¿O se piensa, como tantas veces, que por encima de las personas está la institución? ¿La persona o el sábado?, que nos preguntaría Jesús.