Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Aluvión humano


Nuestra primavera ha estado acompañada de lluvias intensas e inusuales en Santiago de Chile. Pero, hace unos días, vivimos una suerte de diluvio comprimido: en apenas media hora, el agua bajó con furia desde la cordillera de los Andes y un violento aluvión arrasó con todo a su paso.



Uno de los sectores más afectados fue San Carlos de Apoquindo, donde viven familias de altos ingresos y se levantan universidades, clínicas y comercios de primer nivel. Barro, piedras y troncos cubrieron calles y viviendas, dejando daños difíciles de reparar.

Somos vulnerables

Esta tragedia nos enfrenta a una verdad que solemos olvidar: somos vulnerables. Tener más o menos recursos, seguros o metros cuadrados de vivienda no nos libra del miedo, las pérdidas ni de sentir que la muerte nos roza la puerta. Ciertamente, el dinero ayuda a recuperarse, pero nadie puede comprar la certeza de estar a salvo. En esa fragilidad compartida nos descubrimos iguales en dignidad, profundamente humanos y hermanos.

Tormenta Rembrandt

Sin embargo, cuando la desgracia golpea a los más privilegiados, también se desata otro aluvión: el de nuestras reacciones. Por un lado, aparecen voluntarios, vecinos y organizaciones dispuestos a remover el barro, acompañar y aliviar el dolor. La solidaridad, la oración y la empatía muestran lo mejor de nuestra humanidad.

Una penosa satisfacción

Por otro, asoma una penosa satisfacción ante el sufrimiento de los ricos. Como si el barro que entra en una casa acomodada pudiera saldar una deuda histórica. Esa reacción deja ver heridas reales, desigualdades persistentes y resentimientos que hemos sido incapaces de sanar. Podemos cuestionar los privilegios y exigir justicia sin perder la compasión por quien sufre.

La lluvia ha dejado a la vista mucho más que destrucción. Nos ha mostrado nuestra capacidad de amar y también la dificultad de reconocernos hermanos. Cuando terminemos de limpiar las calles y las casas, quedará todavía otro barro por remover: el que se ha acumulado durante años entre nosotros.