Luis Antonio Rodríguez Huertas
Militante del partido Por Un Mundo Más Justo y bachiller en Teología

A.A.R.


Me está costando más de lo habitual escribir estas líneas. Y tiene su explicación.

Quieren ser mi manera de honrar la memoria de un amigo fallecido inesperadamente el pasado domingo, 12 de julio. De repente y en medio de una soledad infinita. Tanto que en su nicho solo colocaron las siglas de su nombre, a la espera de que alguien de la familia apareciera para costear una lápida.



Necesito una mano amiga

Le conocí hace unos años en Granada, aunque la mayor parte de mi relación con él se fue tejiendo en el centro penitenciario de Albolote, donde había vuelto a cumplir una pena por un delito pendiente.

Desde allí me escribió una carta en la que me confesaba que su mayor problema era la soledad. Y añadía: “por ello necesito una mano amiga que me guíe, que me apoye, y que me ponga las cosas claras para coger el buen camino”.

Recogí el guante y, desde entonces no dejé de visitarlo y pasar con él largos ratos de conversación y confidencias.

Construir una relación de amistad con alguien que está en prisión no es fácil. Crees que siempre será asimétrica, te asaltan dudas de hasta donde lo que media es sinceridad y, sobre todo, cada vez que sales de allí y vuelves a tu casa te nubla un dolor difícil de describir.

Al menos así lo vivo yo.

Pero con A.A.R. pudo más la autenticidad y la complicidad que cualquier otra circunstancia. Llegué a sentirlo amigo de verdad. Nos despedíamos cada día con un abrazo y un “te quiero”. También llegué a creer que realmente mi presencia en su vida podría ser el apoyo que él necesitaba para ese “nuevo camino” que deseaba transitar.

El fracaso de la sociedad

Ya en otra entrada en este blog  profundizaba en el doble sentido en el que yo he llegado a entender la expresión “la cárcel representa el fracaso de la sociedad”. Por una parte, referido al de las personas que ingresan en prisión o de la propia sociedad a la hora de prevenir que ello pase; por otra, referido al de la “reeducación y reinserción social” que se declaran como objetivos prioritarios en la política penitenciaria española.

Con A.A.R. creo que esto segundo ha tenido mucho que ver con su muerte.

A. salió de prisión –soy testigo de ello– con el miedo metido en el cuerpo. Miedo a no encontrar un sitio donde sentirse parte de algo bueno y para bien, y a no tener unas condiciones de vida suficientes y dignas (una vivienda para no verse abocado a la calle como otras veces, un trabajo con el que sentirse aportando a la sociedad como uno más..). Miedo a sentirse solo en los momentos de crisis y volver a caer en conductas autodestructivas.

Nicho. Entierro

Nicho donde descansa A. A. R. Foto: Luis A. Rodríguez

Y también doy fe de que para todo ello A. se estuvo preparando. No dejó de moverse dentro y fuera de la cárcel, tocando puertas, tratando de hacer círculos de amistad, haciendo papeles para conseguir su ansiado carnet de entrenador de fútbol, buscando acompañamiento… De hecho, en los apenas 4 meses que gozó de libertad antes del fatal desenlace, me consta que se cruzó con instituciones y personas que remaban en la misma dirección.

Pero no fueron suficientes.

Un grito en nuestras conciencias

Es cierto que A. tenía una enfermedad respiratoria –estaba a la espera de un inminente transplante de pulmón– y que ello habrá sido el responsable último de su deceso. Pero también, como he ido comprobando, a medida que iban pasando las semanas y se le iban cruzando dificultades en el camino –sin eximirle de su parte de responsabilidad, por supuesto–, su tono de voz y su ánimo se fueron haciendo más grises.

¿Se lo ha llevado la soledad? ¿Sus miedos? ¿Sus decepciones no asumidas?

Fuere como fuere, la muerte de A.A.R. debería ser un aldabonazo más en la conciencia de nuestra sociedad y de sus gobernantes, para que se habiliten todos los medios posibles y necesarios para que las personas puedan gozar de segundas oportunidades con garantías. Y para ello, es imprescindible diseñar e invertir en mejores procesos de acompañamiento individualizados. Quizá la muerte de A. ya era inevitable y lo que aquí expreso no son sino las pataletas normales de a quien le pilla por sorpresa algo así. Pero tengo la intuición de que las cosas podrían haber sido de otra manera.

Proteger ese derecho, al fin y al cabo, es protegernos a todas las personas ante nuestros más que posibles errores pues, como bien dijo León XIV en su reciente visita al Centro Penitenciario de Sant Feliú de Llobregat “ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar”.

Que la trágica y prematura muerte de A.A.R. haya merecido la pena.

Un abrazo, amigo.

D.E.P.