Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

El aceite de la esperanza


La parábola de las diez vírgenes nos pregunta qué esperamos realmente y cuánto estamos dispuestos a hacer para alcanzarlo. Porque la esperanza cristiana no consiste en aguardar pasivamente el Reino, sino en vivir desde ahora conforme al amor que esperamos encontrar en él.



Hay una forma de cansancio que no procede de las dificultades de la vida, sino de haber perdido la esperanza. Es ese cinismo que desacredita cualquier intento de cambiar las cosas, una resignación que se disfraza de realismo y se burla de quienes todavía creen posible una humanidad más fraterna.

Demasiadas veces nos han engañado

Desconfiamos de las promesas, quizá porque demasiadas veces nos han engañado. Pero una cosa es desconfiar de las falsas promesas y, otra más triste, dejar de esperar algo por lo que vivir.

El Evangelio de este domingo (Mt 25,1-13) nos presenta diez jóvenes invitadas a una boda. Todas esperan al esposo, llevan sus lámparas y terminan durmiéndose porque tarda en llegar. El drama surge cuando cinco descubren que no tienen aceite suficiente. Habían acudido a la celebración, pero no se prepararon para esperar mucho.

Querían participar de la fiesta, aunque no habían puesto los medios necesarios para llegar a ella; medios que solamente ellas podían preparar.

También nosotros postergamos muchas veces lo importante, cumplimos por costumbre o porque los los demás cumplen. Nos autoengañamos diciendo estar presentes cuando en realidad nuestro corazón está en otro lado (“donde esté tu tesoro estará tu corazón”).

Intereses que contradicen los ideales

Las muchachas desprevenidas no habían rechazado la invitación; pero no habían tomado suficientemente en serio lo que significaba aceptarla. Algo parecido nos pasa cuando proclamamos grandes ideales, pero organizamos la vida alrededor de intereses que los contradicen.

Los medios que elegimos revelan, mejor que nuestros discursos, aquello que realmente esperamos. Reconciliarse implica abandonar el resentimiento; esperar una sociedad justa no es desentenderse de las injusticias cotidianas, abrazar la causa de los pobres es compartir una vida austera.

Cuando algo nos importa de verdad, buscamos caminos, aceptamos esfuerzos y perseveramos, aunque los resultados tarden. Si nuestra esperanza no modifica nuestro presente, tal vez no estamos esperando de verdad.

San Agustín, según Benedicto XVI

Benedicto XVI, comentó esta parábola inspirándose en san Agustín: el aceite de las lámparas representa el amor, recibido como don de Dios, conservado en el corazón y acrecentado con obras. Podemos llevar una lámpara, participar en celebraciones religiosas y repetir palabras hermosas sin haber cultivado el amor que la enciende.

La apariencia de una espera no garantiza que estemos interiormente preparados para el encuentro. El aceite no se improvisa cuando llega el esposo, porque una vida orientada hacia el amor requiere un largo caminar.

¿Y qué esperamos los cristianos? El Reino de los Cielos, plenitud de comunión con Dios y entre nosotros, que Jesús anunció y comenzó a hacer presente. Esperamos al Amado, cuya llegada da sentido a nuestra historia y cuyo amor nos permite descubrir que la vida merece ser vivida incluso en sus noches más oscuras.

No nos aleja del mundo

Esta esperanza no nos aleja del mundo, sino que nos invita a disfrutar agradecidamente sus bienes, resistir aquello que los destruye y trabajar para que otros también puedan disfrutarlos.

Esperar el Reino es construir una civilización del amor allí donde el amor falta. Es una tarea inmensa que empieza en el secreto del corazón: en las motivaciones que alimentamos, los prejuicios que corregimos, el tiempo que ofrecemos y la responsabilidad con que tratamos a los demás.

Desde allí alcanza nuestras familias, trabajos, comunidades e instituciones. El Reino definitivo es un don, pero nos mueve para anticipar algo de su fraternidad en medio de las heridas de la historia.

Nuestras contradicciones colectivas

Esto reorienta nuestras contradicciones colectivas: deseamos seguridad y justificamos guerras que destruyen vidas; reclamamos convivencia mientras alimentamos polarizaciones; hablamos del bien común y terminamos defendiendo intereses sectarios.

Muchas veces perseguimos bienes legítimos mediante procedimientos que los desfiguran. Allí donde deberían encontrarse justicia, verdad y fraternidad, hemos permitido que crezcan la violencia, la manipulación, la imposición o la indiferencia.

Velas

Algo semejante sucede en nuestra Iglesia cuando proclamamos el Reino de Dios mientras dedicamos demasiadas energías a preservar estructuras perimidas. El clericalismo convierte un ministerio destinado al servicio en una posición de superioridad y poder.

El riesgo de descafeinarse

Confundir el Reino de los Cielos con el reino de los clérigos es otra manera de sostener la lámpara mientras descuidamos el aceite. Incluso la sinodalidad, concebida como una forma de caminar y esperar juntos, corre el riesgo de descafeinarse cuando queda en palabras que se lleva el viento.

El Evangelio nos invita a superar estas incoherencias sin perder la esperanza. La conversión es cambiar medios y estructuras que no corresponden a los fines que proclamamos. No bastan las buenas intenciones, como tampoco basta lamentar las injusticias sin procurar corregir aquello que las produce.

La espera del Amado es un proceso de identificación con sus preferidos: los pobres, quienes tienen hambre, los que lloran y padecen persecución. Proclamados bienaventurados por Jesús, ellos son las víctimas de falsas esperanzas: las del dinero convertido en prestigio, el poder confundido con la grandeza y la seguridad buscada mediante la exclusión.

Mientras permanecemos indiferentes

En Mateo 25, quienes necesitan alimento, acogida y cuidado son como Cristo. No podemos preparar el encuentro con el Amado mientras permanecemos indiferentes ante aquellos con quienes él se identificó para siempre.

Recordemos que Jesús habla de una fiesta, de un encuentro deseado, de una alegría que justifica la espera. La esperanza cristiana no es obsesión por resultados inmediatos, casi siempre provisionales. Podemos experimentar decepciones, cansancio y fracasos sin que pierda sentido el amor que hemos puesto en nuestros esfuerzos. Su valor no depende únicamente de aquello que conseguimos.

Tal vez necesitemos recuperar esa alegría de esperar algo verdaderamente grande. No una recompensa que nos dispense de amar, sino la plenitud de un amor que ya podemos comenzar a experimentar. La lámpara permanece encendida cuando la espera del Amado anima nuestra existencia y nos mueve a hacer más humana la vida de los demás.

Porque, al final, la pregunta decisiva no es solamente si todavía esperamos algo, sino si estamos viviendo de tal manera que pueda reconocerse aquello que esperamos.