Alberto Lorenzelli: “Educar es sembrar esperanza”

El obispo auxiliar de Santiago, recientemente elegido presidente de la OIEC, aborda los desafíos de la educación católica en un mundo en transformación

Alberto Lorenzelli: “Educar es sembrar esperanza”
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La XXII Asamblea General de la Organización Internacional de Educación Católica (OIEC), en Roma a fines de octubre, eligió al obispo auxiliar de Santiago de Chile, Alberto Lorenzelli Rossi, sdb, como su nuevo presidente por los próximos 4 años.



Nació en Buenos Aires (Argentina) en 1953. Ingresó al noviciado salesiano en 1972 en Pinerolo (Italia). Fue ordenado sacerdote en 1981 en Génova (Italia). Entre 2012 y 2018 fue superior provincial de la Provincia Salesiana de Chile. En el Vaticano fue director de la Comunidad Salesiana y capellán de la Dirección de Servicios de Seguridad y Protección Civil del Estado.

En 2019, el papa Francisco lo nombró obispo auxiliar de Santiago de Chile y fue consagrado en junio de ese año. Es vicario general del arzobispado de Santiago y preside el área de Educación de la Conferencia Episcopal chilena.

Un acto de confianza

“La educación es, ante todo, un acto de confianza en la persona y en su capacidad de crecer, descubrir su vocación y transformar el mundo”, afirma para iniciar su conversación con Vida Nueva. “Educamos para que cada ser humano pueda desarrollarse plenamente como persona”.

Continúa: “La educación es el camino mediante el cual cada generación recibe una herencia cultural, humana y espiritual, pero también adquiere la capacidad de transformarla y enriquecerla”. “Es una de las expresiones más profundas de la esperanza. Cuando un educador acompaña a un niño, abre posibilidades de futuro; cuando una escuela acoge a quien ha sido excluido, se convierte en signo de justicia; cuando un joven descubre que su vida tiene valor y una misión, contribuimos a transformar el mundo. Defender la educación es defender la humanidad”.

Pregunta: ¿Cuáles son los desafíos que enfrenta hoy la educación?

Respuesta: No son solo pedagógicos o tecnológicos: también son antropológicos, sociales, culturales, políticos y espirituales. En primer lugar, la desigualdad educativa. Millones de niños y jóvenes siguen sin tener acceso a una educación de calidad. Segundo: enfrentamos una crisis de sentido. Tenemos cada vez más información y herramientas para acceder al conocimiento, pero no necesariamente más sabiduría para comprender la vida. Tercero: la revolución tecnológica y de la inteligencia artificial. No podemos tener miedo a la tecnología, pero tampoco podemos convertirnos en sus servidores. Necesitamos educar para comprenderla, utilizarla críticamente y ponerla al servicio de la dignidad humana. Cuarto: la formación de los educadores. No habrá renovación educativa sin maestros valorados, preparados, acompañados y reconocidos socialmente. Necesitamos recuperar la grandeza de su vocación.

Hay un desafío decisivo: reconstruir la capacidad de vivir juntos. La polarización, los discursos de odio, los nacionalismos excluyentes, la violencia y la pérdida de confianza están debilitando nuestras sociedades. La escuela debe convertirse en un laboratorio de fraternidad, diálogo, paz y reconciliación.

P.: ¿Qué efecto tiene el aumento del individualismo en la formación de los niños y jóvenes?

R.: Es uno de los grandes desafíos antropológicos y educativos de nuestro tiempo. Cuando enseñamos a los niños y jóvenes que el éxito consiste exclusivamente en alcanzar sus objetivos personales, competir, destacar y satisfacer sus propios deseos, corremos el riesgo de formar personas muy preparadas para triunfar individualmente, pero poco preparadas para vivir con los demás. El individualismo debilita la empatía, la solidaridad, la capacidad de escuchar y la disposición a asumir responsabilidades compartidas. Puede generar una cultura en la que el otro deja de ser un compañero de camino y comienza a ser visto como un competidor, un obstáculo o alguien indiferente a nuestra propia historia. La hiperconectividad no siempre significa mayor comunicación: podemos estar permanentemente conectados y, sin embargo, experimentar una profunda soledad.

Educar para la comunión

P.: ¿Qué puede hacer la educación católica?

R.: Tenemos una propuesta muy clara: educar para la comunión. Comprender que nadie se realiza plenamente en soledad. Nuestra identidad se construye también en el encuentro, en el reconocimiento del otro y en la capacidad de amar. Necesitamos escuelas donde se aprenda a cooperar más que a competir, a dialogar más que a descalificar, a compartir más que a acumular y a servir más que a buscar exclusivamente el reconocimiento personal. Nuestra tarea no es formar individuos exitosos que vivan de espaldas a los demás, sino personas libres, responsables y solidarias, capaces de poner sus talentos al servicio de la comunidad.

P.: ¿Y qué efecto tiene en la cultura como contexto de la vida social humana?

R.: El desarrollo material no es suficiente para medir la calidad humana de una cultura. Necesitamos recuperar una cultura del encuentro, como tantas veces nos pidió el papa Francisco, que reconozca que las diferencias no tienen por qué convertirse en amenazas y que el diálogo no es una debilidad, sino una condición indispensable para la convivencia democrática y la paz. La educación católica no puede limitarse a reproducir los valores dominantes de cada época. Está llamada a discernirlos, dialogar con ellos y, cuando sea necesario, cuestionarlos desde el Evangelio.

P.: Entonces, ¿qué proponer?

R.: Una cultura de la fraternidad, de la solidaridad, del cuidado de la casa común, de la justicia y de la paz. Donde el éxito no se mida únicamente por lo que cada uno consigue, sino también por lo que somos capaces de construir juntos. La diversidad cultural del mundo no es un problema que debamos resolver, sino una riqueza que debemos aprender a compartir. Nuestra presencia universal nos permite ser constructores de puentes entre culturas, religiones y generaciones. La verdadera transformación cultural comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente qué sociedad queremos para nosotros y empezamos a preguntarnos qué mundo queremos dejar a las próximas generaciones.

Lorenzelli Y Leon XIV

El obispo auxiliar de Santiago de Chile y su encuentro con el papa León XIV en el Vaticano

Iglesia y educación

P.: ¿Cuál es el aporte que la OIEC puede hacer hoy al mundo?

R.: Está llamada a ser una voz de la educación católica en el mundo y un espacio de comunión, colaboración y compromiso con la humanidad. Su primera contribución debe ser fortalecer la convicción de que la educación es un derecho fundamental y un bien público al alcance de todos. Debe ser también una plataforma de encuentro entre las distintas realidades educativas de la Iglesia. Contamos con una extraordinaria diversidad de experiencias, carismas, metodologías y proyectos en todos los continentes; necesitamos conocernos, escucharnos, compartir recursos y aprender unos de otros.

Debemos participar activamente en la reflexión sobre inteligencia artificial, educación digital, formación docente, derechos de la infancia, sostenibilidad, ciudadanía global y políticas públicas educativas. Esto exige producir y difundir conocimiento, construir alianzas y dialogar con organismos internacionales y autoridades educativas. Tenemos que llevar a esos espacios una convicción irrenunciable: la persona está por encima de cualquier sistema, indicador, algoritmo o interés económico.

P.: Desde su mirada, ¿cómo considera la renovación de la educación católica ante los cambios tecnológicos, culturales y científicos?

R.: No podemos enfrentar los cambios de nuestro tiempo con nostalgia o miedo, ni limitarnos a conservar lo que hemos hecho hasta ahora. La fidelidad a nuestra identidad cristiana significa tener raíces suficientemente profundas para atrevernos a abrir caminos nuevos. Necesitamos una renovación pedagógica, cultural, institucional y espiritual, que parta de una pregunta fundamental: ¿qué necesita hoy una persona para vivir plenamente su humanidad en un mundo que cambia tan rápidamente? Debemos educar para que sean capaces de discernir, cuestionar, tomar decisiones éticas y utilizar el conocimiento al servicio de la vida.

P.: Y ¿en el ámbito espiritual?

R.: Destaco cuatro dimensiones que considero fundamentales, inspiradas en el magisterio del papa León XIV.

  • La interioridad. En una sociedad marcada por la velocidad, la hiperconectividad y la superficialidad, necesitamos enseñar a detenernos, escuchar, reflexionar y buscar. La educación cristiana no puede renunciar a formar la conciencia, cultivar el silencio y abrir espacios para la búsqueda de Dios.
  • La unidad. La educación católica debe ser una experiencia de comunión. Nuestra presencia en todos los continentes nos invita a reconocer que tenemos distintas culturas, lenguas y tradiciones, pero compartimos una misma misión. La unidad no significa uniformidad: significa caminar juntos, respetándonos y enriqueciéndonos mutuamente.
  • El amor. Recuperar el amor como fundamento de toda relación educativa. Ninguna metodología, plataforma tecnológica o sistema de evaluación podrá sustituir la mirada de un educador que reconoce la dignidad y las posibilidades de cada estudiante.
  • La alegría. Nuestras escuelas deben ser lugares donde se aprende con entusiasmo, donde se descubre la belleza del conocimiento y del Evangelio, donde se experimenta la fraternidad y donde cada niño y cada joven pueda sentirse acogido, valorado y amado por Dios.

P.: ¿Cómo espera que sean reconocidas las escuelas católicas?

R.: No solo por su calidad académica, sino también por su capacidad de acoger, integrar, cuidar, generar pensamiento crítico, formar ciudadanos comprometidos y construir paz. Que ofrezca al mundo algo que hoy resulta especialmente necesario: una visión integral de la persona, capaz de unir conocimiento y sabiduría, ciencia y conciencia, libertad y responsabilidad, desarrollo y solidaridad, fe y vida. No tenemos que elegir entre tradición e innovación. Nuestra tradición evangélica es precisamente la que nos impulsa a innovar, a salir al encuentro de las nuevas realidades y a ofrecer respuestas nuevas a las preguntas de cada generación.

P.: Una reflexión final…

R.: Tenemos una convicción: no podemos educar solos. Necesitamos familias, docentes, comunidades, instituciones, gobiernos y organizaciones internacionales comprometidos con reconstruir el pacto educativo. Y necesitamos volver a creer que cada niño y cada joven es un don, una promesa y una posibilidad de futuro.

La educación católica está llamada a construir el mundo que todavía necesitamos; tiene la responsabilidad de ofrecer una certeza fundamental: cada persona tiene una dignidad infinita, cada vida tiene un sentido y cada generación merece una oportunidad para construir un mundo más humano y fraterno.

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