“Debo confesar que cuando me dijeron que había sido seleccionado para esta obra, tan importante simbólicamente, me quedé paralizado durante mucho tiempo”, admite el artista Andrea Mastrovito (Bérgamo, 1978). “Las indicaciones que dejó Gaudí eran sencillas –prosigue–. En lo alto de la Torre de Jesús debía haber un ‘Agnus Dei’, que fuera fuente de luz para toda la ciudad. Lo que me ayudó a desbloquearme fue un libro del astrofísico Marco Bersanelli, ‘El gran espectáculo del cielo’, donde hay un capítulo que habla justamente de la Sagrada Familia”.
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Mastrovito debía colocar su Cordero de Dios, a 172,5 metros de altura, en el interior de la gran cruz de cuatro brazos coronándola como símbolo de la dimensión cósmica de la redención. “Bersanelli explica que el perfil de la Torre de Jesucristo y su geometría basada en hiperboloides concuerdan con las teorías sobre la formación de las galaxias y, por tanto, con lo que se conoce hasta ahora de la expansión del universo –relata–. Gaudí hace geometría con las formas naturales. Además, siempre he visto la Sagrada Familia como un bosque que nunca deja de crecer y cambiar. Así que me puse a dibujar”.
Andrea Mastrovito, autor del ‘Agnus Dei’ de la Sagrada Familia. Foto: Gabinete de Prensa de Andrea Mastrovito
Si Bersanelli descubrió que la forma y las líneas de la Torre de Jesús coinciden con la representación matemática de la curva de Friedmann-Lemaître, el modelo que describe la expansión del universo, Mastrovito averiguó que debía recrear un hiperboloide de un plano, como hizo Gaudí para resolver el paso y la difusión de la luz en el resto de la basílica: “Para mí, el punto de partida siempre es el dibujo, que me ayuda a poner las cosas en orden, también los pensamientos. Dibujé un hiperboloide, que es un cilindro con una torsión en el centro, y lo imaginé como un haz de luz con rayos dorados, dejándome llevar por los rayos que descienden sobre el ‘Éxtasis de santa Teresa’ de Bernini”.
Pasajes del Nuevo Testamento
El Cordero de Dios en mosaico, vidrio, grisalla y pan de oro parece que flota en el centro de una compleja estructura geométrica compuesta por 24 tubos dorados que se inspira en la obra maestra de Gian Lorenzo Bernini para la Capilla Cornaro de Santa Maria della Vittoria en Roma. Ese “anillo de rayos dorados” está iluminado desde el interior y en cada tubo figuran pasajes del Nuevo Testamento dedicados al ‘Agnus Dei’, además del ‘Gv 1,29’ (Jn 1,29) que le da título. Más de quinientos fragmentos dorados, suspendidos de hilos muy finos, le aportan también un efecto de movimiento en expansión.
Mastrovito, a ejemplo y semejanza de Gaudí, dotó su obra de transparencia, luminosidad y un fuerte valor simbólico, comenzando con el propio cordero. “Es un poco más grande que un cordero de verdad, tiene la cabeza vuelta hacia atrás y hacia abajo porque quiere representar una mirada a la humanidad cargada de nostalgia de Cristo. Está cubierto por miles de astillas de vidrio que, como solía hacer Gaudí, se han sacado de materiales pobres y reciclados. Se han colocado una por una y representan todos los pecados del mundo que Cristo cargó sobre sí. Al observarlo desde abajo, se percibe también la mancha rosa de una herida”, le contó a Giuseppe Frangi en ‘Comunione e Liberazione’.
Proyecto de iluminación
“Esos miles y miles de astillas de vidrio han sido la apuesta técnica más complicada de esta obra, gracias al trabajo de Lino Reduzzi, que creo que es el mejor vidriero del mundo –añade Mastrovito–. Luego, como indicó Gaudí, el cordero está iluminado de tal modo que él mismo parece fuente de luz, y esto es gracias a la colaboración con un gran estudio londinense, Waldemeyer”. El proyecto de iluminación consigue aunar la luz natural, los led, materiales fosforescentes y, simbólicamente, el brillo del pan de oro de 24 quilates, asociado a la dimensión divina.
Así, el cordero refulge en lo que parece una ascensión hacia los cielos: “El cordero es atraído hacia lo alto, hacia el Padre, como cautivado, pero dirige la cabeza hacia abajo como si le invadiera la nostalgia. Tiene los ojos semicerrados pero son dorados, de tal manera que reflejen la luz. Me gusta pensar que su nostalgia es también la nuestra, por algo que hemos conocido, que sabemos que hemos tenido y en lo que ponemos nuestra mirada”, manifiesta Mastrovito.
