Bajo la influencia de El Niño, los chilenos y buena parte del continente estamos viviendo fenómenos climáticos que nos resultan extraños. Conocemos los terremotos, incendios y sequías; a fuerza de golpes, hemos aprendido a enfrentarlos y reconstruir.
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Pero, ¿cómo prepararnos para tornados, granizadas violentas en nuestros valles o inundaciones que arrasan casas y sembrados? Parecían propios de otras geografías. En plena primavera, cuando esperamos tibieza y cielos azules, la naturaleza nos desconcierta.
Lo predecible se esfumó
Mucho de lo que vivimos es pura novedad. En 24 horas, el sol puede quemarnos y, poco después, un río atmosférico dejarnos empapados y embarrados. La angustia y el temor se respiran en las calles. Lo predecible se esfumó, nuestros resguardos se hicieron añicos y ningún recurso económico logra detener una naturaleza desbocada.
Algo similar ocurre con los cambios sociales, políticos, económicos y tecnológicos, especialmente con la inteligencia artificial. Solo el presente inmediato parece relativamente seguro. El futuro es un terreno ignoto: líderes desconcertantes, poderes internacionales que operan con reglas desconocidas, masas indignadas contra un sistema difícil de identificar. Cuesta avizorar salidas.
Siempre hemos sido frágiles
Ver las noticias y escuchar los augurios de especialistas sobre la humanidad es casi peor que estar bajo un temporal. La incertidumbre nos está huracaneando el alma, inundando el cerebro y embarrando el corazón con un lodo difícil de limpiar.
Y es que somos frágiles. Siempre lo hemos sido. Somos caducos —hasta ahora, por lo menos— y ninguna tecnología ni inteligencia artificial nos salva de la muerte, de ese final que nos despoja de todo lo material.
Quizás El Niño y esta revoltura mundial han venido a despertarnos del engaño de la seguridad y a obligarnos a valorar lo único que sí podemos llevar al más allá: el amor dado y el recibido. Y ya está.


