Mateo González Alonso, SDB
Redactor de Vida Nueva Digital y de la revista Vida Nueva

¿Son compatibles los santos, los difuntos y las calabazas?


Los santos

Entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre conviven en nuestras calles (y colegios) calabazas, crisantemos, castañas asadas, misas, visitas al cementerio y disfraces de bruja en los escaparates o la mesa del al lado del restaurante. Todo ocurre casi a la vez, y es fácil que se mezcle en la cabeza: ¿no es todo lo mismo?



Ciertamente, no lo es. Detrás de cada fecha hay una historia distinta, con sus propios orígenes y su propio sentido: la fiesta de Todos los Santos (1 de noviembre), la conmemoración de los fieles difuntos (2 de noviembre) y el fenómeno de Halloween, cada vez más presente en Europa y motivo de debate entre muchos cristianos.

La del 1 de noviembre es, ante todo, una fiesta de alegría: la Iglesia celebra a quienes ya han llegado a la meta, a los santos canonizados y también a una multitud de gente sencilla que nunca tuvo altar ni biografía. Esa que no sale en el blog de Alberto Royo. Por eso se la llama a veces “la fiesta de los santos anónimos”, de “la puerta de al lado” como decía el papa Francisco. Los católicos la viven como una expresión de la llamada “comunión de los santos” –que se proclama en el Credo–: la convicción de que los cristianos de todos los tiempos forman una sola familia y se acompañan unos a otros.

Sus raíces son antiguas. Ya en los primeros siglos las comunidades recordaban a los mártires el día de su muerte, y con el tiempo se fijaron celebraciones conjuntas para los que no tenían fecha propia. Una tradición muy citada sitúa un hito en el año 609 o 610, cuando el papa Bonifacio IV consagró en Roma el antiguo Panteón como templo cristiano dedicado a la Virgen y a los mártires. La fecha del 1 de noviembre se asocia con el papa Gregorio IV, en el siglo IX, y desde entonces se extendió por buena parte de Europa.

Hoy, en países como España, el 1 de noviembre es festivo y lo habitual es que se mezcle con otra costumbre muy arraigada: visitar los cementerios y llevar flores. Es comprensible, pero conviene notar que esa visita pertenece, en rigor, a la jornada siguiente. Para los cristianos, el día 1 mira hacia la vida plena de los santos, no hacia el duelo.

El papa León XIV, en el cementerio de Verano

El papa León XIV, en el cementerio de Verano. Foto: Vatican Media

Los difuntos

Si el día 1 es una fiesta, el día 2 es una memoria agradecida y orante. La Iglesia católica conmemora a todos los fieles difuntos: no se celebra a los que ya están en la gloria, sino que se reza ‘por’ quienes han muerto, con la esperanza cristiana de que Dios los acoja. Es otro tono, más íntimo y más sereno, aunque no triste: se recuerda con cariño y se confía.

El origen de esta jornada suele vincularse a san Odilón, abad del monasterio de Cluny (en la actual Francia), que hacia el año 998 pidió a sus comunidades que, al día siguiente de Todos los Santos, se rezara por todos los difuntos. La costumbre se propagó desde los monasterios cluniacenses por buena parte de Europa y terminó incorporándose al calendario de la Iglesia de Roma.

Son, pues, dos jornadas distintas, aunque comparten elementos que las conectan: el mismo mes, el mismo clima otoñal, la visita al cementerio, las flores y una idea común, la de que la muerte no rompe del todo los vínculos entre quienes han vivido y quienes viven. De ahí nacen tradiciones populares muy diversas: los huesos de santo y los buñuelos en España, el pan de muertos en México o las velas en los camposantos de media Europa. Cada lugar ha ido tejiendo su propia forma de recordar.

La vigilia irlandesa

Pero, ¿de dónde viene Halloween? El nombre ya delata una pista: ‘Halloween’ viene de ‘All Hallows’Eve’, es decir, la “víspera de Todos los Santos” (‘hallow’ es una palabra inglesa antigua para “santo”). Nació, por tanto, en un contexto cristiano: la noche anterior a una gran fiesta, igual que la Nochebuena precede a la Navidad.

La historia popular suele añadir que Halloween es la versión moderna del ‘Samhain’, la fiesta con la que los antiguos celtas habrían marcado el final del verano y el paso entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Aquí hay que ser prudentes en cuanto a esto. Es verdad que en Irlanda y Escocia existían costumbres de otoño con disfraces, hogueras y ofrendas, y que el Samhain aparece en fuentes medievales irlandesas. Pero varios historiadores, como Ronald Hutton, advierten de que la línea recta entre lo celtas paganos y el Halloween es más sencilla de contar que de demostrar, y que muchas de esas tradiciones se fueron entrelazando con el calendario cristiano durante siglos.

Lo que sí está bien documentado es el viaje posterior. Los emigrantes irlandeses llevaron la costumbre a Estados Unidos en el siglo XIX, allí se transformó (la calabaza tallada sustituyó al nabo, llegó el “truco o trato”) y, ya convertida en fenómeno comercial y audiovisual, regresó a Europa. En España y en buena parte del continente su presencia ha ido creciendo desde los años noventa: fiestas escolares, decoración en comercios, disfraces, series y películas. Para muchos es simplemente una fiesta lúdica, sobre todo infantil. Para otros, una moda importada que desplaza tradiciones propias como la castañada o las visitas al cementerio.

Esta presencia y crecimiento –especialmente comercial–, ha suscitado movimientos de rechazo en ambientes cristianos. Ahora bien, este no es uniforme ni responde a una sola razón. Entre los motivos que se escuchan con más frecuencia están estos:

  • Banalizar lo macabro. Les inquieta que la muerte, la brujería o lo sangriento se conviertan en entretenimiento, justo cuando el cristianismo habla de la muerte con respeto y esperanza.
  • Riesgo espiritual. Algunos grupos, sobre todo evangélicos y ciertos sectores católicos, ven en el ocultismo, las invocaciones o los juegos con lo esotérico una puerta que prefieren no abrir, ni siquiera “de broma”. Con razón los exorcistas siempre sacan su comunicado demoniaco por estas fechas.
  • Sustitución cultural. Otros señalan que una fiesta comercial importada desplaza la memoria propia de los difuntos y el sentido de Todos los Santos por la deriva que ha tomado.
  • Hay quien critica sobre todo el negocio que rodea a la fecha, más que su contenido simbólico.

Frente a esto, otras voces cristianas piden matices. Muchos colegios religiosos lo celebran ya más allá de los muros del aula de inglés. Recuerdan que Halloween nació como víspera de una fiesta cristiana, que para la mayoría de los niños es un juego sin intención religiosa alguna, y que reírse del miedo, e incluso de la muerte, tiene una larga tradición en la cultura popular europea, incluida la cristiana (las danzas macabras medievales, por ejemplo).

Por eso hay parroquias y colegios que han optado por una vía intermedia de serenidad. Otros han creado su alternativa, aprovechando el interés de los niños proponen disfraces de santos, vigilias o fiestas alternativas. Es el espíritu de iniciativas como ‘Holywins’ (“la santidad gana”), nacidas en ámbitos católicos –aunque es un poco parecido disfrazarse de santa Lucía con los ojos en un plato…–. Y no hay que olvidar que el 31 de octubre es también, para muchas iglesias protestantes, el día de la Reforma, con su propio significado.

Es difícil encontrar un consenso en este punto. Más bien aparecen varias preguntas que cada comunidad y cada familia puede responderse: ¿Qué mensaje recibe un niño sobre la muerte en estas fechas: miedo, juego, esperanza, silencio? ¿Se puede disfrutar de la fiesta sin que sustituya a las otras dos jornadas, o hace falta marcar distancia? ¿Es mejor oponerse, ofrecer una alternativa o acompañar lo que ya ocurre y darle sentido? ¿Qué dice de nosotros que una fecha comercial llene más calles que el recuerdo de nuestros difuntos?

Quizá lo más valioso de estos días sea precisamente poner nombre a cada cosa. Hay quien ha tenido este año un sábado de calabazas o de castañas, un domingo de los santos con misas incluidas y, si ha tenido la suerte de contar con un festivo, el lunes de los difuntos con visita al cementerio u oración por sus difuntos. Cada uno tiene su lugar y su sentido, y todos nos hablan, a su manera, de cómo miramos la vida y la muerte.

Calabaza Halloween

Calabaza de Halloween