Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Todos los Santos: la felicidad que no está tranquila con la injusticia


Las bienaventuranzas nos recuerdan que el camino hacia Dios pasa por quienes sufren. También cuando ese sufrimiento interpela a una Iglesia que necesita escuchar menos sus propias auto-alabanzas y más el clamor de las víctimas propias y del mundo.



La solemnidad de Todos los Santos es memoria de personas transformadas por la Misericordia. Algunas son reconocidas oficialmente, pero la mayoría de estos desmesurados amantes permanecen en el anonimato, las más de las veces entregaron sus vidas sencillamente, “sin pena ni gloria”.

Cuestiona ciertas imágenes de santidad

Pero esta celebración también cuestiona imágenes de santidad identificadas con perfeccionismo individual, superioridad moral o tranquilidad espiritual imperturbable ante el sufrimiento ajeno. En una época disonante de tantos descartados y progreso a la vez, la santidad es una herida abierta que relaciona nuestra cercanía a Dios con la vida de los nadies.

Estos son “ángeles mensajeros” que nos sacuden el alma para recordar que la perfección cristiana es acrecentar los talentos recibidos… para samaritanearlos.

Francisco quiso recuperar el carácter cotidiano y universal de este camino en ‘Gaudete et exsultate’. La santidad no es monopolio de una minoría de personas extraordinarias ni se mide por la acumulación de prácticas religiosas o sucesos extraordinarios, sino por el amor en expansión.

El Papa proclamó a los santos de la puerta de al lado, que sostienen silenciosamente la vida de otros. No basta ser buenos individualmente, porque la caridad evangélica posee también consecuencias sociales y se discierne en las distintas circunstancias históricas.

Las bienaventuranzas como orientación incómoda

Jesús no dejó “guías de bienestar” (checklists) en las redes sociales. Pero nos habló de las bienaventuranzas (Lc 6,20-26) como orientación incómoda para nuestras seguridades. Él proclama felices a los pobres, a quienes tienen hambre, a quienes lloran y a los rechazados. Y añade cuatro “ayes causales” dirigidos a los ricos, los satisfechos, los que ríen despreocupadamente y quienes reciben la aprobación general.

Lucas no separa la consolación espiritual de las desigualdades concretas y Jesús no bendice la miseria ni condena toda prosperidad; pero anuncia un Reino que cuestiona las relaciones sociales donde la abundancia de unos convive tranquilamente con la privación de otros, como la parábola de Lázaro y el rico epulón.

Nuestras satisfacciones también necesitan pasar por el filtro misericordioso de la conversión para no ser cómplices de las desigualdades dañinas de este mundo.

La teología de la liberación comprendió esto desde la experiencia histórica de los pueblos oprimidos. Gustavo Gutiérrez vinculó la fe con los procesos de liberación, mientras Ignacio Ellacuría insistió en la responsabilidad de hacerse cargo de la realidad de los pueblos crucificados.

No se trata de sustituir el Evangelio por ideologías

No se trata de sustituir el Evangelio por ideologías, sino de convertir espiritualidades desentendidas de las condiciones materiales de la existencia. Sin escuchar el clamor de los oprimidos, no hay comunión con el Crucificado.

Hablamos de misericordia estructural. Dar de comer a quien tiene hambre es indispensable, pero también debemos cuestionar el hambre o falta de vivienda en sociedades con tantos recursos. Acompañar a un inmigrante expresa el amor cristiano; trabajar para que las instituciones respeten sus derechos y sus países originarios no sigan esquilmados vilmente prolonga ese mismo amor.

Francisco advirtió en ‘Evangelii gaudium’ que no basta con aliviar ocasionalmente la pobreza mientras permanecen intactas sus causas estructurales. La Doctrina Social de la Iglesia, mediante los principios del bien común, la solidaridad, el destino universal de los bienes y la opción preferencial por los pobres, ofrece fundamentos de una compasión que humaniza instituciones.

Estas exigencias alcanzan también a la propia Iglesia, y esto nos complica, es mi familia. Existe una costumbre santurrona de celebrar la propia excelencia, la grandeza histórica y reivindicar su autoridad moral sin reconocer suficientemente los pecados cometidos, los daños cómplices y las responsabilidades institucionales que los hicieron y hacen posibles.

Triunfalismo religioso alejado de las bienaventuranzas

Cuando la santidad se presenta como superioridad frente al mundo, en lugar de humildad y servicio, se convierte en un triunfalismo religioso alejado de las bienaventuranzas.

No es creíble la comunión de los santos que ignora a quienes han sufrido abusos, encubrimientos, discriminaciones o exclusiones. Tampoco basta con pedir perdón retóricamente si permanecen estructuras actuales poco dispuestas a escuchar, revisar sus procedimientos y compartir responsabilidades.

Comuniones. Catequesis

Primeras comuniones en el colegio Highlands Los Fresnos, de Boadilla del Monte. Foto: Jesús G. Feria/VN

Una Iglesia santa no necesita demostrar constantemente que nunca se equivoca y que ha tenido gente muy perfectita, sino una comunidad capaz de reconocer sus pecados, reparar el daño y dejarse transformar por la verdad. Es un pueblo “peregrino”, en proceso de conversión. La fe que contagia es la del misericordeado que se arriesga a misericordiar a otros.

Las víctimas no son amenaza para la reputación eclesial, sino la ventana al Cristo que no miramos. Es contradictorio que una institución que proclama la dignidad humana escuche con mayor atención las justificaciones de sus jerarcas antes que el sufrimiento de quienes reclaman justicia.

La necesaria protección de las víctimas

La protección de las víctimas, su participación y la reparación debida no son concesiones para mejorar nuestra imagen pública: son la credibilidad del anuncio cristiano.

‘Gaudete et exsultate’ 101 cuestiona una santidad que ignora las injusticias del mundo. La oración y la contemplación son esenciales solo si forman parte de una vida comprometida con los “otros difíciles”. Esto no significa vivir angustiado por todos los males de la humanidad ni que cada comunidad pueda resolverlos por sí sola.

Significa que ninguna paz espiritual es plenamente evangélica si aparta la mirada de quienes sufren para conservar su tranquilidad piadosa.

La santidad no es abstracta, supone un discernimiento permanente de los signos de los tiempos. Las migraciones, las guerras, las pobrezas, la soledad, el deterioro ambiental, las protestas sociales o el lujo obsceno replantean nuestra fidelidad a Jesús.

Reformar prácticas institucionales autorreferenciales

También lo hacen la situación de las mujeres en la Iglesia, las voces de los laicos que no deciden, los sacerdotes casados descartados por el clericalismo y los alejados por experiencias de rechazo. Santidad es escuchar de verdad y reformar prácticas institucionales autorreferenciales.

Celebrar Todos los Santos no es nostalgia por una Iglesia idealizada ni “orgullo” de pertenecer a una institución supuestamente superior. Es gratitud por tantos que, con sus fragilidades, transmitieron la misericordia de Dios y nos enseñaron que la fe crece cuando se comparte la suerte de los demás.

La esperanza cristiana es impulsada por el Espíritu que “hace lío” para construir comunidades más abiertas, instituciones más responsables y relaciones menos crueles. Una santidad que sea “una mística de ojos abiertos” (Metz) para construir una “civilización de la austeridad compartida” (Ellacurría-Sobrino).

Porque la santidad no pasa por creerse mejores que los demás, sino por trabajar por quienes se quedaron atrás, y nos enseñan que Jesús y la felicidad están junto a ellos.