Cuarenta años después, Asís ha vuelto a reunir a religiones, culturas y pueblos distintos alrededor de una convicción que en 1986 resultó revolucionaria y que hoy vuelve a sonar contracultural: la guerra no es inevitable y la religión no puede servir para justificarla. Así, la ciudad de san Francisco ha acogido del 25 al 27 de octubre el encuentro internacional ‘Paz desarmada y desarmante’, promovido por la Comunidad de Sant’Egidio para conmemorar aquella primera Jornada de Oración por la Paz convocada por Juan Pablo II.
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Entonces todavía existía el Muro de Berlín y el mundo vivía bajo la amenaza nuclear de la Guerra Fría. Hoy, Ucrania, Tierra Santa, Sudán, República Democrática del Congo, Siria y otros conflictos han devuelto la guerra al centro de la política internacional. “Entonces todavía estaba el muro, hoy hay una guerra difundida”, ha señalado el cardenal Matteo Zuppi.
León XIV no ha podido viajar a Asís mientras continúa su recuperación tras la reciente intervención quirúrgica, pero ha enviado un videomensaje con una de las afirmaciones más tajantes de los tres días de encuentro: “¡Debemos reconstruir la paz en todas partes, no preparar más guerras! ¡La guerra nunca puede librarse en nombre de Dios!”. “No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!”, ha insistido el pontífice.
Y es que el llamado “Espíritu de Asís” nació precisamente el 27 de octubre de 1986. Por primera vez, un Papa convocó a representantes de las grandes religiones mundiales para rezar por la paz, cada uno desde su propia tradición. No se trataba de crear una oración común ni de diluir las diferencias. La fórmula que ha atravesado estas cuatro décadas fue clara: estar juntos para rezar, no rezar juntos.
De la Guerra Fría a la normalización de la guerra
En aquella jornada de 1986 muchos vieron un gesto excepcional. El presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, lo ha definido ahora como “un acontecimiento profético”. Pero la conmemoración, ha advertido, no puede quedarse en la nostalgia.
Ante unos “conflictos, injusticias, pobrezas y abusos” que “son todos productos humanos”, Mattarella ha lanzado una llamada directa a la responsabilidad, subrayando que “la inercia es injustificable”. Recuperar el derecho, la libertad y la equidad allí donde han sido pisoteados compete a las instituciones, pero también al conjunto de la sociedad: “Nadie está dispensado de hacer su parte”.
Por su parte, Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, ha situado el aniversario ante una paradoja. En 1986 existía el temor real a una guerra atómica, pero la paz seguía funcionando como horizonte de la política internacional. Hoy, en cambio, “la paz, como idea inspiradora, parece haber desaparecido del horizonte, mientras se afirma cada vez más que la guerra es la compañera natural de la historia humana”.
Por eso, cuarenta años después, “no estamos aquí solo para celebrarla”. Riccardi ha denunciado una “rehabilitación ideológica y práctica de la guerra como instrumento de política internacional” frente a la que los creyentes pueden parecer impotentes. “Estamos desarmados”, admite, pero “desarmados no significa resignados al dominio de la violencia y al poder del odio”. “El diálogo puede desarmar el lenguaje, si es belicoso y amenazador. La oración puede obtener esa paz que los hombres no saben darse”, ha aseverado.
Mientras, para el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, Matteo Zuppi, las religiones pueden “mostrar la posibilidad de la paz”, señalar caminos y, sobre todo, “desarmar los corazones, preparar los corazones para el encuentro”. En otro de los foros, dedicado a san Francisco, lo ha llevado al terreno cotidiano: “La dimensión de la paz es, ante todo, una dimensión cotidiana”. “El verdadero modo de afrontar la realidad es estar desarmados”, ha subrayado.
Desarmar las palabras, las religiones y también las Iglesias
El cardenal George Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, ha definido el legado de 1986 como algo más concreto que una fotografía histórica. “El legado más importante es un método: rezar y caminar unos al lado de otros, cada uno fiel a su propia tradición, por una causa común, por la paz”, ha dicho.
Las religiones, admite, “no tienen el poder político para imponer la paz”, pero sí pueden “transformar al ser humano desde dentro, transformar su corazón”, porque “sin esta transformación ningún acuerdo se sostiene”. De ahí que la “paz desarmada y desarmante” implique también renunciar a cualquier complicidad religiosa con la fuerza: “No bendecir las armas ni las guerras; no invocar a Dios para obtener la victoria”.
En el encuentro también ha participado el cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella, quien ha afirmado que “sin la escucha no hay paz”. A su juicio, parte de la crisis contemporánea nace de una herida más profunda que los conflictos geopolíticos: “La humanidad ha olvidado su alma”, y con ella “el sentido de lo sagrado y de la fraternidad”.
Desde Constantinopla, el patriarca ecuménico Bartolomé I ha insistido en que las religiones no pueden acostumbrarse tampoco a sus propias fracturas. “La Iglesia ortodoxa no abandonará la esperanza de la unidad”, ha asegurado, porque las divisiones no pueden asumirse “como algo natural”. Tras la oración compartida con León XIV en Nicea, ha recuperado una certeza: “Lo que nos une es más antiguo que lo que nos separa”.
“La Iglesia que proclama la Resurrección debe proclamar al mismo tiempo la paz”, ha señalado Bartolomé, antes de recordar una convicción formulada ya en la Declaración del Bósforo de 1994: “Un crimen cometido en nombre de la religión es un crimen contra la religión”. Para el patriarca, “invocar el nombre de Dios para justificar un asesinato constituye una blasfemia a los ojos de la Iglesia”.
Por su parte, el patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente, Mar Awa III, ha situado el examen de conciencia dentro del propio cristianismo. “La división de los cristianos no es un mero asunto eclesiástico interno. Compromete la credibilidad del Evangelio que todos anunciamos y su testimonio”, ha advertido.
“La verdadera unidad no es asimilación; es comunión. No es uniformidad; es reconciliación en la verdad”, ha insistido, subrayando que “la verdad sin amor se convierte en un arma; el amor sin verdad se convierte en sentimentalismo”.
“La Iglesia católica, a la que pertenezco, está llena de palabras y acciones violentas. La polarización de la sociedad se encuentra dentro de la Iglesia”, ha reconocido durante su intervención el cardenal dominico Timothy Radcliffe. Por eso, sostiene, “solo podemos predicar la paz si permitimos que Dios desarme nuestras comunidades y cure las heridas dentro de nuestras Iglesias y comunidades religiosas”.
Su intervención ha recuperado la experiencia de los monjes de Tibhirine, asesinados en Argelia, y aquella plegaria que pedía: “Desármalos… desármanos”. Para Radcliffe, el encuentro religioso empieza también por reconocerse mutuamente como personas que rezan: “Si judíos, musulmanes y cristianos saben verse unos a otros como compañeros de oración, caerán las barreras”.
Ucrania: dormir con un silbato al cuello
Las guerras han entrado en las salas del encuentro a través de quienes las viven. El obispo de Kiev-Zhytomyr, Vitaliy Krivitskiy, ha llevado consigo un pequeño silbato. “En mi país, Ucrania, donde está en curso una guerra feroz, algunas personas se lo ponen al cuello cuando van a dormir”, ha explicado. Durante la noche puede caer un misil ruso, derrumbar el edificio y dejar a alguien sepultado bajo toneladas de hormigón, sin teléfono y quizá sin fuerza suficiente para gritar. “Entonces ese pequeño silbato podría convertirse en la última esperanza para indicar a los equipos de rescate dónde se encuentra”, ha explicado.
“¡No calléis!”, ha dicho a los participantes. “Cuando el mundo esté cansado de oír hablar de la guerra, ¡no calléis! Cuando las personas dejen de creer en el poder de la oración, ¡no calléis! Cuando parezca que incluso Dios calla, ¡no calléis!”.
Desde la República Democrática del Congo, el cardenal Fridolin Ambongo ha puesto rostro a otras guerras que rara vez ocupan las mismas portadas. “El extranjero, la viuda, el huérfano son las primeras víctimas de toda guerra”, ha recordado. “Vengo de la República Democrática del Congo, donde desde hace treinta años la guerra produce viudas y huérfanos, y millones de desplazados convertidos en extranjeros en su propia tierra. Como en Sudán, en Ucrania, en Tierra Santa”.
“Escuchemos el grito de las viudas y los huérfanos, de los refugiados, de los pobres. Dios lo escucha”, ha dicho Ambongo, para quien la fórmula elegida por León XIV tiene una traducción muy concreta: “La paz de Francisco es desarmada, porque no tiene nada que defender; y es desarmante, porque cambia el corazón de quien la encuentra”.
El arzobispo de Kigali, Antoine Kambanda, ha hablado desde la memoria del genocidio de Ruanda y desde las preguntas de los niños que nacieron después. Ha recordado una representación escolar en la que participaron huérfanos del genocidio, hijos de condenados por aquellos crímenes, familias regresadas del exilio y niños golpeados por la pobreza. Tras escuchar mutuamente sus historias, “se sintieron movidos a la compasión unos por otros, se abrazaron y decidieron que iban a construir una comunidad sin discriminación, división, conflictos y guerras basadas en las diferencias”.
“Esta es la imagen de la sociedad en la que los niños nos piden vivir”, ha concluido Kambanda. “Como adultos deberíamos intentar construirla para ellos. Deberíamos ser capaces de amarlos, educarlos y conducirlos hacia la paz. Es el único camino de esperanza para el futuro”.
También Ibrahim Faltas, director de las escuelas de la Custodia de Tierra Santa, ha puesto a los niños en el centro. Cuarenta años después de aquel 1986, recuerda, las religiones siguen llamadas a reunirse “no para borrar las diferencias, sino para reconocerse hermanos y hermanas y testimoniar al mundo que la paz es responsabilidad de todos”.
Desde una Tierra Santa marcada por años de violencia, Faltas ha resumido lo que las preguntas de los niños exigen a los adultos: “No limitarnos a hablar de paz, sino hacerla posible, concreta y cotidiana”. Porque “la paz no es solamente un deseo, sino una elección que hay que hacer juntos; no es un sueño lejano, sino un compromiso que nace de la escucha, del respeto y del valor de encontrarse”.
Las fronteras, los pobres y una África que pregunta por las armas
Los 24 foros del encuentro han abordado también migraciones, pobreza, democracia, crisis climática, tecnología y desigualdad. La periodista y activista española Helena Maleno, fundadora de Caminando Fronteras, ha participado en el foro titulado ‘Antes que las fronteras, las personas’, dedicado a las políticas migratorias y a la protección de quienes arriesgan la vida en las rutas hacia Europa.
El arzobispo de París, Laurent Ulrich, ha planteado la tarea con una imagen de san Francisco: reparar el mundo. “La paz es uno de los bienes comunes más preciosos”, ha afirmado, y esa reparación no puede hacerse en solitario: “No se repara el mundo juntos, no se edifica nada bueno sin ponerse de acuerdo, sin coordinarse”.
Para Ulrich, cuanto mayor sea la fractura, mayor debe ser la insistencia: “Cuanto más compleja es la situación, más debe redoblarse el diálogo”. Y reparar el mundo significa asimismo “reparar a los hombres y mujeres heridos por la vida”: migrantes, personas sin hogar, familias vulnerables o quienes viven con discapacidad.
Desde Nigeria, el arzobispo Ignatius Ayau Kaigama ha cuestionado las prioridades internacionales con dos preguntas: “¿Por qué, a veces, las armas se movilizan con mayor facilidad que los recursos destinados a la educación, la asistencia sanitaria y la promoción de los jóvenes? ¿Por qué algunos conflictos reciben una atención internacional constante, mientras otros son olvidados?”.
Kaigama ha rechazado tanto presentar África únicamente como víctima como eludir las responsabilidades internas por la corrupción, la mala gobernanza o las divisiones étnicas y religiosas. “La autoridad religiosa no debe legitimar nunca el odio o la violencia”, ha advertido.
“Es necesario pasar del paternalismo a una auténtica asociación, de la explotación a la solidaridad y de la dependencia de las ayudas al desarrollo sostenible”. Y ha recuperado la filosofía africana del Ubuntu: “Yo soy porque nosotros somos”.
En otro de los encuentros, el cardenal Gualtiero Bassetti ha participado en el foro ‘Los pobres: recurso de humanidad’, que ha situado la pobreza no como un asunto periférico a la paz, sino como uno de los lugares desde los que medir la cohesión de las sociedades.
“Quizá Siria necesita hoy un Asís sirio”
El final de estos cuarenta años conduce inevitablemente de nuevo a Oriente Medio. Jacques Mourad, arzobispo siro-católico de Homs, secuestrado durante cinco meses por el Daesh en 2015, ha formulado una de las preguntas que mejor resumen el aniversario: “A cuarenta años de distancia, la pregunta no es solamente qué ha quedado de Asís, sino si hemos conseguido convertirnos nosotros mismos en un Asís”.
Para Mourad, “Asís no es solamente un lugar o un acontecimiento histórico: es una manera de mirar al ser humano y al otro”. Su experiencia en Siria le ha enseñado que “la paz no nace de la eliminación de las diferencias, sino del valor de encontrarse a través de ellas”. “El diálogo en Siria no es un lujo intelectual ni una actividad diplomática: es una necesidad vital”, ha asegurado.
Mourad estuvo cinco meses frente a personas cuyas ideas rechazaba y algunas de las cuales ejercieron violencia contra él. De aquella experiencia extrajo una conclusión: “El diálogo no se vuelve menos necesario cuando el otro se equivoca; se vuelve todavía más necesario. Dialogar no significa negar el mal, sino impedir que el mal se transforme en odio permanente entre los seres humanos”.
“Quizá hoy Siria necesita un ‘Asís sirio'”. No necesariamente un gran evento ante las cámaras, precisa, sino un espíritu que nazca en los barrios y pueblos donde cristianos y musulmanes han compartido durante siglos la vida cotidiana. El objetivo, cuarenta años después, sería pasar “del diálogo sobre el otro al diálogo con el otro; del hablar de paz al construir la paz; del miedo a la diferencia al descubrimiento de su riqueza; de la memoria que divide a la memoria que cura; de las heridas a la misericordia, de la misericordia a la reconciliación y de la reconciliación a la paz”.
