Anoche soñé que me moría. Vaya mal rato. Y lo peor vino después. Llegué al cielo y me encontré con una puerta cerrada. Al lado había uno de esos aparatos: un botón, un altavoz, qué sé yo. Apreté y una voz preguntó: “¿Quién es?”. Se me cayó el alma a los pies.
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Yo me había imaginado otra cosa. Después de tanto vivir, de intentar acertar y equivocarme, esperaba encontrar al Padre. El de aquel hijo que volvía a casa, al que vio venir desde lejos y salió a abrazar. Ese detalle siempre me dio esperanza: desde lejos. Antes de que el muchacho de la parábola pudiera explicarse.
Había que tocar un timbre
Me conmueve esa distancia que el padre no le dejó recorrer solo. Y ahora resultaba que había que tocar un timbre. Yo, que en la Casa Sacerdotal de Almería hago de portero por las tardes, hasta en el cielo había terminado delante de un telefonillo. Menos mal que me desperté.
No sé por qué soñé aquello. Los sueños mezclan cualquier cosa… Pero me quedó dando vueltas esa puerta. Quizá porque podés hablar mucho del amor de Dios y, cuando te toca confiar en que también te quieren a vos, te quedás con el dedo temblando frente a un botón.
Sin reservarme nada para después
A mis ochenta años, Padre, todavía me pasa. Yo te busco. A veces con todo. Hubo momentos en que me entregué entero, sin reservarme nada para después. Vos lo sabés mejor que nadie.
También hubo otros en los que me quedé quieto, me distraje o hice menos de lo que podía. Pero tampoco voy a inventarme ahora una vida de malvado que no tuve. He cometido errores, sí. No tengo a nadie delante reclamándome cuentas. Muchas me las reclamo yo solo.
Espero que las mires con ojos de Padre
Y supongo que vos verás cosas que a mí se me escapan, aunque espero que las mires con ojos de Padre. Eso es lo que necesito. Que puedas mirar mi vida entera, con lo bueno que a veces olvido cuando me reprocho lo malo. Hubo amor en ella. Hubo personas que me sostuvieron cuando yo no podía.
Y ahora, en la Casa, canto y silbo por los pasillos para que los mayores salgan un rato de su silencio. En los cumpleaños me trago la vergüenza, me hago un poco el loco y se ríen. Por un momento, toda la casa está bien. No es ningún mérito; me gusta hacerlo.
Así me acepto mejor
Quizá lo hago más por mí que por ellos, porque así me acepto mejor. Vos lo sabrás. Algo de todo eso habrá quedado conmigo. Me creo digno de tu abrazo porque soy tu hijo y, además, porque cada día repito que solo una palabra tuya basta.
Me cuesta decirlo sin sentir que pido demasiado. Sin embargo, cuando rezo “Padre nuestro”, también hablo de mí. Tengo un lugar en esas palabras, aunque algunos días me olvide.
Quizá te pida un bono, Padre
Y, si después del abrazo me animo, quizá te pida un bono, Padre. Algún encarguito, un rincón donde todavía pueda servir. Me gustaría que siguieras contando conmigo. Donde me mandes, voy a tratar de hacer lo mejor. Por ahora sigo acá. Tengo este día y gente cerca. Hoy procuraré estar un poco más atento.
A lo mejor hay alguien esperando que me acerque, mientras yo sigo preocupado por cómo vas a recibirme. Cuando llegue de verdad, quizá no me acuerde de ninguna de estas palabras. A lo mejor te busco con los ojos, como un chico entre la gente, hasta reconocerte.
Y entonces me saldrá lo que llevo toda la vida tratando de decirte: “Padre, acá estoy”.
