La frase de Jesús de este domingo, “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21), no es un refrán, sino una tormenta en el modo de comprender la relación entre los poderes del Cielo y de la Tierra en la Historia.
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Se ha utilizado para justificar una separación absoluta entre religión y vida pública, pero también para legitimar espurios matrimonios entre altar y trono.
Niega la pretensión de totalidad
Ante una moneda que lleva la imagen del emperador, Jesús reconoce la legitimidad de la esfera política, pero le niega la pretensión de totalidad. El César puede reclamar su moneda; pero no la conciencia, la dignidad, ni el destino de la persona. Y la religión, que habla de Dios, no tiene potestad para apropiarse de aquello que Dios ha confiado a la libertad y responsabilidad humanas.
La historia muestra un largo proceso para comprenderlo. El constantinismo de la antigüedad, el conflicto medieval de las Investiduras y las guerras de la Reforma ponen al descubierto algunos de los diferentes enfoques por donde chocaron el poder temporal y el espiritual.
Estaba en juego quién debía nombrar obispos, quién controlaba el poder y hasta dónde llegaba cada autoridad. A veces fue el emperador quien intentó dominar la Iglesia; otras, la autoridad eclesiástica extendía su supremacía sobre las decisiones temporales, como cuando el papa Alejandro Borgia “donó” tierras para conquistar a sus reyes amigos.
Cesaropapismo, regalismo, hierocracia, papocesarismo: versiones distintas para un mismo pecado de apropiación. El César quería gobernar también las conciencias y la autoridad religiosa pretendió gobernar al César u obtener injustos privilegios.
Las formas posteriores de nacionalcatolicismo
Las formas posteriores de nacionalcatolicismo prolongaron esa confusión al identificar pertenencia nacional, fidelidad política y ortodoxia religiosa. El clericalismo reprodujo el mismo error dentro de la Iglesia cuando clérigos se atribuyeron una competencia superior para decidir sobre política, economía, ciencia o cultura.
La autoridad religiosa extrapola su ámbito cuando usa la fe como instrumento de control de las personas. Algo semejante sucede cuando el poder político utiliza símbolos o instituciones religiosas para sacralizarse.
Europa tuvo una escuela cruel para comprenderlo. Las guerras de religión de los siglos XVI y XVII fueron también conflictos dinásticos, territoriales y geopolíticos en los que la confesión religiosa “legitimó” intereses de poder. Después de décadas de devastación fue abriéndose paso una convicción decisiva: la convivencia política no podía depender de que todos profesaran la misma fe.
De ese largo proceso surgieron la laicidad moderna y la separación entre Iglesia y Estado, que ya estaban delineadas en la teología católica. No fue una trayectoria siempre respetuosa con la religión; hubo laicismos respetuosos y muy hostiles. Pero se arribó a un consenso tácito: ninguna Iglesia debía gobernar el Estado y ningún Estado debía imponer una religión.
¿La secularización es una derrota?
Se equivocan algunos cristianos cuando ven toda secularización como una derrota. El propio cristianismo había sembrado una intuición decisiva al distinguir entre Dios y César. Si el mundo es creación y no prolongación de la divinidad, posee consistencia propia; si Dios ha dado al ser humano inteligencia y libertad, éste debe investigar, deliberar y organizar responsablemente la convivencia.
La ciencia no necesita que un obispo le explique cómo funciona una célula, ni la política que un sacerdote redacte los presupuestos públicos. Y la fe tampoco necesita que un Gobierno la convierta en religión oficial para ser verdadera, ni que la apoye quemando herejes en la hoguera (“el brazo secular” de la inquisición).
El Vaticano II es el punto de inflexión de la Historia de la Iglesia que expresa claramente esta madurez. ‘Gaudium et spes’ reconoce que las realidades terrestres poseen “propias leyes y valores” que el ser humano debe descubrir y ordenar, y añade que esa autonomía “responde a la voluntad del Creador” (GS 36). No es una concesión resignada a la modernidad. Es la teología de la creación.
‘Dignitatis humanae’ completó esta perspectiva situando la libertad religiosa en la dignidad de la persona: nadie debe ser obligado a creer ni impedido de actuar conforme a su conciencia dentro de los límites del bien común. La fe impuesta puede disciplinar exteriormente; pero no produce fe.
Los creyentes son parte de la sociedad
Pero la sana secularidad tampoco encierra el Evangelio en la sacristía. Sería la deformación opuesta. Los creyentes son parte de la sociedad y pueden contribuir al bien común desde sus convicciones. Las religiones pueden denunciar injusticias, defender a quienes carecen de poder, inspirar compromisos y ofrecer horizontes de sentido.
Deben hacerlo mediante la palabra, el testimonio, la argumentación y el servicio, no mediante privilegios ni jurisdicción sobre las conciencias. También ha de escuchar los reclamos del mundo y los Signos de los Tiempos.
Francisco, comentando este Evangelio, advertía: en la moneda está grabada la imagen del César; en la persona está grabada la imagen de Dios. Allí aparece el verdadero límite. Ningún Estado, partido, mercado, nación, gobernante ni institución religiosa posee enteramente al ser humano.
Hace apenas unas semanas, León XIV recordaba en Francia que una auténtica secularidad no consiste en excluir la religión del espacio público, sino en mantener el diálogo y la colaboración entre el Estado y las instituciones religiosas al servicio del bien común.
Hoy reaparecen ciertas nostalgias
La cuestión es actual cuando reaparecen nostalgias de una supuesta edad dorada en la que religión, patria y autoridad habrían formado una unidad sin fisuras. Son retrotopías que seleccionan recuerdos gloriosos: conservan la sensación de orden y olvidan las exclusiones, silencios y coacciones de los que se valieron.
En otros extremos aparecen secularismos que consideran sospechosa cualquier presencia pública de la religión y silencian la experiencia religiosa de los ciudadanos. Unos quieren conquistar el Estado para Dios; otros buscan protegerlo de cualquier palabra sobre Dios. Ambos empobrecen el espacio común.
Por eso la democracia es mucho más que elecciones. Es una civilización del límite y del diálogo. Ninguna mayoría lo puede todo; ningún gobernante posee la conciencia de sus ciudadanos; ninguna Iglesia puede exigir obediencia política en nombre de Dios; ninguna ideología tiene el monopolio del diseño social.
En ese espacio común pueden convivir creyentes y no creyentes, religiones distintas, ciencias, culturas y concepciones diferentes de la vida. La democracia no nos exige abandonar nuestras convicciones, sino renunciar a imponerlas sobre los demás. Francisco hablaba de “contagio” de la fe, no de imposición o proselitismo.
La síntesis histórica que hizo surgir Occidente
Una de las intuiciones más fecundas del cristianismo ha sido “distinguir para unir”, según Maritain, los ámbitos espiritual y temporal. De ese proceso surgió un Occidente entendido no como bloque homogéneo, sino como síntesis histórica de herencia bíblica, filosofía griega, derecho romano, cristianismo, humanismo, Ilustración y democracia.
Además, estamos ante un movimiento capaz de criticar las teocracias y los autoritarismos y de reconocer la autonomía de la conciencia, la ciencia, la política y el derecho. Ese patrimonio, enriquecido por las culturas, sigue en proceso.
Dar al César lo suyo es construir responsablemente la ciudad democrática; dar a Dios lo suyo es recordar que ningún poder puede apropiarse de la dignidad humana. Frente a fundamentalismos y nostalgias autoritarias, el cristianismo puede seguir ofreciendo libertad, diálogo, fraternidad y esperanza a quienes creemos que el camino hacia el Reino de los Cielos pasa por el compromiso con “los gozos y esperanzas” de este mundo.

