Ante la próxima visita del papa León XIV a la Argentina se suman voces de todo tipo y color. Surge la necesidad de opinar, decir, analizar, mostrar estadísticas y expresar aquello que, seguramente, León ya sabe. De la misma manera, ya asoma la organización en todos sus aspectos. Algunos más ruidosos que otros, pero con la intención de que todo salga en perfección ante los ojos pontificios.
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Muchas personas llegarán a la ciudad de Buenos Aires, Luján y Córdoba desde diferentes destinos, incluyendo a los países limítrofes. Peregrinos y peregrinas que desafiarán sus bolsillos y cansancios para estar en este gran acontecimiento histórico y recibir la bendición papal. Y, sin importar las cantidades y las razones, muchas más serán las que lo verán en un espectáculo televisivo recortado.
Desafíos comunes
Como dijo el anfitrión y arzobispo de Córdoba, cardenal Angel Rossi, “el Papa llega para dar ánimo y ayudarnos a levantar la mirada“. Mostrar la capacidad de encuentro en la esperanza de tiempos mejores es poner la unidad por delante como propone el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva.
El llamado es a vivir un tiempo de comunión en conjunto y especialmente mostrar coherencia evangélica para que el inolvidable “nadie se salva solo” sea una realidad.
“Nadie se salva solo”, las palabras de Francisco en la plaza San Pedro el 27 de marzo de 2020. Foto: Vatican Media
El desafío es de todas las diócesis del país, no solamente de las que reciben al Santo Padre en tierra propia. En este tiempo propicio, hay un llamado: salir del territorio para apostar a que un país entero reciba la gracia de esta visita especial.
Salir de cada espacio del país con misericordia como si se realizara la mayor peregrinación de corazones sedientos, afligidos y agobiados. Salir hacia el camino del bien común.
Cuestionar el deber ser
Por encima de cualquier acontecimiento, Jesús toma la iniciativa. Salir es su dinámica constante. Sale a buscar, a orar; sale al encuentro del dolor humano y sale al Padre. Sale de su comodidad en Nazaret y se pone en camino hacia las periferias existenciales y geográficas. Su salida nunca es turística ni distante. Es profundamente entrañable y sanadora.
Es momento de salir de la costumbre de propiciar el “deber ser” de la moralización con modos imperativos. Si hay vacío –material, existencial o espiritual– no se puede pretender que alguien se pregunte qué puede dar. Ningún mandato extemporáneo puede lograr que las personas se sientan amadas para poder ser.
No levantar el índice ni las palabras gastadas a quienes creen o sienten que no tienen nada para dar o aportar. Porque todos, todos, todos, pueden seguir construyendo historia viva sobre las huellas comunes y enfrentando los desafíos que hoy muestra la fragilidad imperante.
Conciencia y comunión
“La Iglesia camina en la historia en medio de las gentes y de las culturas y este entrelazamiento de vida con los pueblos le hace comprender cada vez más que su misión tiene un alcance histórico e implica una responsabilidad respecto a la forma en que se tejen las relaciones sociales”, recordó el papa León XIV en la Audiencia General del miércoles 7 de octubre.
Por todo esto, el único imperativo es salir del pago chico, ese que muchas veces constituyen las diócesis, las prelaturas y las eparquías con templos de ladrillo.
Salir del chiquitaje del corazón apelmazado. Salir al encuentro del abrazo unánime a nuestra tierra toda. Salir para buscar el sentido de comunión profunda y concordia espiritual que estamos necesitando más allá de todo límite.
“Una Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan”, dijo el papa Francisco en Evangelii Gaudium.
Se festeja con quienes pueden y con quienes no pueden. Los cristianos festejan con la alegría del Evangelio, en la conciencia de unidad. Y abrazan a todos los habitantes en la inmensidad de un suelo que sigue pidiendo que la identidad y la pertenencia se escriban sobre un pentagrama de verdad, justicia y paz.
